Desencadenado

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    Desencadenado en los medios: 

Opá, Mariano va a hacé un corrá

Más de un lector me ha preguntado por la idea del gobierno de obligar a declarar las cuentas en el extranjero. No solo las que sean propiedad de un individuo, sino incluso aquéllas en las que simplemente tenga poderes. Por ejemplo, las cuentas de una empresa extranjera en las que un directivo español pueda realizar operaciones.

Como he repetido más de una vez, mi idea al crear una empresa en Inglaterra no es evadir impuestos, sino aprovechar el arbitraje geográfico para crear la empresa allí donde yo creo que puede ser más ventajoso. Mi intención siempre ha sido declarar los beneficios que me diera mi empresa británica, si es que la fortuna me sonríe y en algún momento tengo beneficios. Así que esta medida, en este aspecto concreto, no me preocupa.

Lo que sí me preocupa, y mucho, es el conjunto de medidas que anunció el gobierno el viernes. Y más teniendo en cuenta lo que ha hecho desde enero. Cuando uno va recorriendo los números con el lápiz, uniendo el 1 con el 2, el 2 con el 3… el dibujo que aparece es terrorífico. No suelo hablar de política aquí, pero creo que de vez en cuando merece la pena meterse en algún charco.

Qué está pasando

El gobierno se ha encontrado con una situación muy difícil. Entre otros muchos problemas, ninguno de nuestros gobiernos ha sido austero, y en especial desde que comenzó la crisis Zapatero intentó aplicar las recetas keynesianas de estímulo de la economía a través del incremento del gasto público con el resultado por todos conocido: más paro y mucha más deuda.

Y el problema no es tener deuda, sino que tus acreedores confíen en que puedes pagarla. Si debes un millón de euros al banco pero ganas 500.000 al año y tienes propiedades por valor de 10 millones, el banco estará encantado de que le debas ese millón, e incluso te sugerirá que puede prestarte otros dos o tres si te hace falta. Si debes 10.000€, estás en paro y cobras una ayuda de 500€, no tienes dónde caerte muerto y te has retrasado en pagar cuatro cuotas, el banco no te va a dejar ni un céntimo más.

España en diciembre no tenía credibilidad. Y ahora tiene menos todavía, porque el PP lleva gobernando un trimestre y no se ven los resultados. Entre otras cosas, porque uno de los problemas más graves es el que genera el gasto descontrolado de las autonomías. Gasto que, por otro lado, es inevitable. No porque los mandamases de las comunidades autónomas sean unos irresponsables, sino porque todos los incentivos les conducen a ello. Si recauda el Estado (y por tanto sufre la mala imagen ante el ciudadano cuando hace la declaración del IRPF) pero gasta la autonomía (y por tanto son sus políticos quienes se llevan el mérito de lo conseguido con ese gasto) y los votantes premian a quien gasta y castigan a quien ahorra, hay que ser muy tonto para ser el presidente de una comunidad autónoma y no derrochar a manos llenas.

Rajoy podría haber aprovechado su mayoría absoluta y el gobierno del PP en la inmensa mayoría de las autonomías y los ayuntamientos para reformar la estructura administrativa. O al menos el reparto de gastos e ingresos. No lo ha hecho, porque Rajoy también tiene sus incentivos, sabe muchas personas en su partido tienen trabajo gracias a nuestra elefantiásica y redundante administración, y sabe que se enfrentaría a una auténtica rebelión interna si dejara en la calle a miles de conmilitones.

El PP, que en algún momento del pasado se autodefinía como liberal, podía haber recortado el descabellado gasto de un estado omnipresente. Juan Ramón Rallo dio algunas ideas en Libertad Digital. Pero hay también muchos intereses en esas subvenciones y ayudas de todo tipo. Y el gobierno tiene más poder si tiene miles de millones de euros para repartir a sindicatos, empresarios, organizaciones no gubernamentales que morirían inmediatamente sin dinero gubernamental y presupuestívoros de toda índole.

De modo que, como no está dispuesto a recortar el gasto de manera significativa, y no puede pedir mucho más dinero para aumentar la deuda, al gobierno no le queda más remedio que aumentar los ingresos. La economía española no va a crecer en el futuro previsible, así que ese aumento solo puede venir por dos vías: subir los impuestos o hacer que paguen los que ahora no pagan.

Por este motivo lo primero que hizo el gobierno fue subir el IRPF. El IRPF es un impuesto muy conveniente para el Estado, porque es muy difícil librarse de él. Las empresas hacen (gratis) de recaudadores de impuestos y nos quitan el dinero para entregárselo a Hacienda antes de que llegue a nuestro poder. Así que un aumento del IRPF es un aumento seguro de ingresos, al menos durante un tiempo. Sube también el impuesto de sociedades, y es probable que vuelvan a subir el IVA.

Pero subir impuestos tiene una consecuencia inevitable: una transacción económica puede verse tan lastrada por ellos que ya no merezca la pena a uno de los actores. Si uno está dispuesto a pagar hasta 10€ por un producto, y por culpa de los impuestos el precio sube hasta los 12, simplemente dejará de comprar ese producto. Tal vez busque una alternativa más barata, tal vez simplemente se guarde el dinero para dedicarlo a un fin diferente. Y lo mismo pasa por el otro lado, por el de la empresa: si los costes asociados a impuestos son tan altos que el margen de beneficio se reduce tanto que no compensan el esfuerzo y la inversión, se abandonará el negocio.

Por supuesto, algunas de estas personas que ven dificultada su transacción, en lugar de abandonarla, optarán por no pagar estos impuestos. Se asume un riesgo, pero la transacción vuelve a tener sentido económicamente. Así, cuanto más altos sean los impuestos, más personas se verán tentadas a no pagarlos para poder realizar la transacción de todas maneras. Dónde esté el nivel que hace tentador el paso a la economía sumergida dependerá de la cultura, de las convenciones sociales, de las alternativas, de un montón de factores. Pero el hecho es tan inexorable como la ley de la gravedad.

El gobierno, que sabe esto, reacciona imponiendo incentivos negativos a estas transacciones “sumergidas”: si el castigo es más alto, si la probabilidad de que te pillen es más alta, de nuevo ya no compensa dejar de pagar impuestos. La esperanza del gobierno es que en ese caso la transacción se haga legalmente, al no haber otra alternativa. Pero la realidad es tozuda, y aunque sin duda para un porcentaje merecerá la pena realizar una transacción con poco beneficio, en otros casos simplemente no habrá transacción y por tanto tampoco se pagarán impuestos.

Las cifras de recaudación de IVA e IRPF no han dejado de caer a pesar de las subidas. Cosa que algunos ya anunciamos en su momento. Y es que al final, las cosas caen o por su propio peso o por la ley de la gravedad.

De modo que el gobierno ha entrado en modo pánico, es como la familia que se gasta los ingresos el día 15 y para acabar el mes se pone a buscar dinero entre los cojines del sofá, a ver si encuentra algunas monedas que se hubieran caído del bolsillo. Eso y no otra cosa es la “amnistía fiscal” del 10%.

Cuando solo queda lo inevitable

Si no podemos endeudarnos más porque no tenemos credibilidad, si no podemos reducir el gasto porque el gobierno caería “ayudado” por los suyos, si no podemos aumentar los ingresos porque la economía no crece y subir los impuestos ya solo empuja al cierre o a la economía sumergida, en una palabra, si no podemos tomar ninguna medida razonable, solo quedan las medidas desesperadas.

Apretar sobre la economía sumergida es una medida desesperada, porque como hemos dicho, si los números no salen, por mucho que te empeñes solo vas a conseguir que la transacción no se efectúe, no que se haga de forma legal. Yo lo veo todos los días en las preguntas que me hacen relativas a crear la empresa en Inglaterra: la cuota de autónomos bloquea muchas iniciativas. No es que la gente elija crear su empresa en negro (que hay algunos que sí), sino que la mayoría, simplemente, abandona su idea.

Por otro lado, hay una parte de la economía sumergida que proviene de negocios ilegales, como la prostitución o el tráfico de drogas. Una posibilidad para aumentar los ingresos del estado sería legalizar estas actividades y que pasaran a cotizar como cualquier otro negocio. Pero me temo que esto tampoco va a suceder. Y aunque desconfío de estudios de este tipo, hay quien dice que tenemos tasas más altas de prostitución y tráfico de drogas que otros países de nuestro entorno, así que parte de la razón de que nuestro porcentaje de “economía sumergida” sea mayor que en otros países tal vez se deba a que tenemos más porcentaje de actividad “indeclarable”.

En cualquier caso, como también el control de la economía sumergida está condenado al fracaso, lo que queda cuando eliminas todas las demás opciones es básicamente que nos rescaten o que nos echen. Y por eso las medidas anunciadas el viernes tienen que ver en parte con un intento desesperado de conseguir esas monedas perdidas en el dobladillo del pantalón, pero también con la posibilidad de vernos fuera del euro.

Si tenemos billetes con los que podemos viajar a Francia y comprar lo que queramos, o tenemos cuentas (perfectamente legales) en Inglaterra o Alemania en libras o en euros, el paso a la neopeseta va a ser menos eficaz. Cuando Argentina planteó el corralito, mucho dinero escapó por el procedimiento de comprar acciones en la bolsa de Nueva York desde una cuenta argentina y venderlas allí en una cuenta estadounidense. En una economía globalizada es difícil controlar todo el movimiento de dinero. Y más difícil aún si partimos de una situación en la que tenemos la misma moneda que un montón de países y podemos mover bienes y dinero libremente entre ellos.

Así que por todo esto, lo que me preocupa de medidas como la obligación de declarar las cuentas en el extranjero, o de prohibir determinados pagos con billetes de curso legal, no es la dificultad para evadir impuestos, sino el futuro que anuncian.

¿Y qué puedo hacer yo?

Está claro que el gobierno está actuando en contra de los más débiles. De los que tienen un sueldo fijo, de los autónomos, de los que tienen una pequeña empresa. Los que cazan elefantes con el Rey no tienen que preocuparse de nada. No irán a la cárcel ni aunque haya una condena en firme ratificada por el Supremo. Los ricos no es ya que no paguen impuestos, sino que mientras no den un paso en falso y caigan en desgracia (como le pasó a Mario Conde) pueden ignorar olímpicamente la ley, estafar y defraudar y podrán seguir cazando elefantes con quien hay que cazar elefantes. Las leyes son para los mindundis como tú y como yo. No es que “subir los impuestos a los ricos” sea una solución, pero vivir en un país en el que la ley fuera igual para todos ayudaría.

Sabiendo esto ¿qué hacemos entonces?

Si yo tuviera dinero, tendría la precaución de sacar una parte del país. Por ser más cauto, probablemente llevaría al menos una parte a países fuera de la zona euro. Si no tuviera dinero (que no lo tengo) haría lo que estoy haciendo: crear una fuente alternativa de ingresos. A ser posible, una fuente de ingresos que dependa lo menos posible de la situación económica de España en particular y de Europa en general.

Porque el sueldo fijo, ese dinero con el que cuentas a final de mes y que ya se está acabando por el cambio de modelo, va a quedarse tiritando si al final hay que llegar al corralito. Y si sucede la otra alternativa, que Europa nos imponga los recortes, vamos a tener que empezar a pagar por muchas cosas que ahora son “gratis total”.

Si no tuviera ni dinero ni sueldo fijo, lo que haría serían las maletas. A un país civilizado y donde tengas oportunidades para prosperar, como Singapur o Australia, por ejemplo.

Ahora que también puedes optar por ponerte los dedos en las orejas y cantar fuerte. O ir a manifestarte contra los recortes. O escribir indignadísimo en Internet contra los evasores fiscales o los mercados o los especuladores o quien creas que tiene la culpa de tu situación. Tú decides.

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Quién tiene la culpa de la crisis

Comento la última encuesta, que ya va siendo hora. A la pregunta de ¿Quién tiene la culpa de la crisis?, un 45% de los votantes ha respondido que “el afán desmedido de riqueza”, muy por delante de la segunda opción “El sistema neoliberal que no controla al mercado”, que ha tenido el apoyo del 20%.

Hay que apuntar que los resultados han cambiado después de que el post sobre qué hacer si te quedas en paro fuera portada de menéame. Antes, mi opción favorita (La intervención de los gobiernos en la economía) tenía más del 13% en que se ha quedado.

Pero vamos al grano, ¿puede ser el afán de riqueza el causante de la crisis? Eso implicaría que el afán de riqueza ha crecido en los últimos años. Y necesitaría una justificación ¿somos los seres humanos más avariciosos en el siglo XXI que en el XX? ¿Eran los seres humanos más avariciosos en 1929 que veinte años antes o veinte años después? ¿Y en la crisis de 1973?

La avaricia, o el afán de riqueza, o el deseo de prosperar siempre están ahí. Pretender que no existe, o que los seres humanos deberíamos cambiar y ser mejores, tal vez esté bien como idea para tu grupo religioso/ideológico, pero tiene poco sentido práctico no contar con ello. Si dentro de X años tu religión o tu ideología consiguen cambiar a los seres humanos y hacernos a todos seres altruistas dispuestos a compartir con el que menos tiene, estupendo. Mientras tanto, lo mejor es asumir que esa avaricia lleva algunos milenios acompañándonos, y que cualquier sistema económico debe partir de que existe.

El capitalismo es bueno porque canaliza esa avaricia hacia el servicio a los demás. Como decía Adam Smith: “no es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”. El caso es que gracias al egoísmo y al afán de riqueza del panadero, tenemos pan. Él está contento ganando su dinero, y nosotros somos estamos contentos pagándole por tener pan.

Para que le paguemos, por supuesto, debe proporcionarnos un pan que nos parezca mejor que el dinero que pagamos por él. Si no lo hace así, compraremos en otra panadería, o simplemente dejaremos de comprar pan y acompañaremos la comida con arroz o con tortas de maíz.

Y lo que vale para el pan, vale para los pisos, las hipotecas o los coches. Claro que si te equivocas al comprar una barra de pan, el error que has cometido es muy leve, y no tiene más consecuencia que una comida peor. Si te equivocas al comprar una vivienda, o al contratar una hipoteca, toda tu vida puede verse afectada durante años. De modo que debes tener más cuidado e informarte mejor al comprar una vivienda que al comprar una barra de pan. Parece de Perogrullo, pero la cosa tiene miga.

Mucha gente cree que el Estado le protege de los avariciosos banqueros y empresarios que intentarían sacarle hasta el hígado de no mediar reglas, normas y vigilancia. De este modo, “cede” la responsabilidad de informarse antes de tomar una decisión que comprometerá toda su vida.

Pero lo cierto es que sucede más bien al contrario. Los Estados han contribuido más que nadie a la crisis, y desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, muchos piensan que la crisis de las subprime se debe a que la avaricia de los bancos les llevó a prestar dinero a quien no podía devolverlo, creando luego los famosos “paquetes” que endosaban a otros bancos.

Lo cierto es que fue el gobierno de Bill Clinton quien obligó a prestar a los indigentes, bajo la amenaza de denuncias por racismo. Leed este artículo del NYT, de 1.999, en el que se anunciaba que si se producían un cambio negativo en la economía, esas medidas obligarían a un rescate de las entidades financieras por parte del gobierno. Yo tengo muy poco respeto por los economistas que son prefectamente capaces de explicar a toro pasado cualquier situación económica, pero mucho por quien es capaz de predecir algo con casi diez años de antelación.

De modo que el gobierno estadounidense sí tuvo que ver con la crisis de las subprimes, pero no por vigilar poco, sino por obligar a prestar a insolventes solo porque tenían el color de piel adecuado. Y por enviar además un mensaje envenenado: “si el gobierno me obliga a prestar a un individuo que ni siquiera tiene un trabajo decente, no ve a a dejar luego en la estacada si el susodicho no paga el crédito”. Por supuesto que el afán de riqueza hizo que los bancos americanos, además de conceder préstamos basura los “empaquetaran” y se los colocaran a otros, pero ese mismo afán de riqueza les habría hecho ser mucho más prudentes si el Estado no hubiera intervenido.

Por nuestra parte, la burbuja inmobiliaria ha tenido mucho que ver con la financiación de los Ayuntamientos. ¿Que hay mucho chorizo en la construcción? Pues claro. Más o menos la misma cantidad que concejales de urbanismo corruptos. Cuando de la decisión de un cargo público depende que tu terreno valga 5 o 100, hay una gran ventana de oportunidad para que la avaricia se dirija no a satisfacer las necesidades de tus clientes, sino a conseguir el favor del cargo público.

Hay más: el Estado tiene el monopolio del dinero, y maneja los tipos de interés. Durante muchos años, los bancos centrales han estado manteniendo unos tipos de interés tan bajos que era casi irracional no entramparse. El mensaje que se nos daba desde el Gobierno era: “gasta, gasta, que tienes dinero para lo que quieras”.

El problema de gastar a crédito es que lo haces hoy con el dinero que crees que tendrás mañana. Si en tus cálculos está que tu vivienda valdrá un 20% más cada año, y que la economía siempre va a ir a mejor (al menos en lo que respecta a tus ingresos), lo más probable es que te equivoques. Y nuevamente el Gobierno, con sus mensajes de “somos la leche, la economía va a tope, y quien diga lo contrario miente”, ha contribuido a que muchas personas tardaran demasiado en darse cuenta de que sus cálculos estaban fatalmente equivocados.

Por si sirve de consuelo, hay que tener en cuenta que también los “expertos” de los bancos se equivocaron. Demasiados créditos se concedieron con criterios irresponsables, y demasiadas inversiones se hicieron sin mirar la solvencia real de los activos en que se basaban. Nuevamente el afán de riqueza, pero en un entorno en el que las relaciones no son transparentes, sino que están envenenadas por la intervención del gobierno.

La puntilla la ponen los planes de rescate. Los de Obama, los de Zapatero y los de sus colegas. En una economía sana y libre, las empresas que han cometido errores (como los bancos) y las que nos son competitivas (como la industria del automóvil) se ven obligadas a reconocer sus pérdidas, reconvertirse si están a tiempo, y cerrar o ser vendidas si ya no lo están. El dinero (por avaricia, por afán de riqueza) fluye a empresas más competitivas y más rentables, y aunque hay un periodo en el que los implicados en las empresas fracasadas (propietarios y trabajadores) sufren, al cabo la economía se sanea y la gente encuentra nuevos trabajos.

Nuevamente, el afán de riqueza es el que hace que esas otras empresas prueben suerte, intenten atender necesidades insatisfechas de los consumidores, y ganen dinero con ello.

Pero los planes de rescate retiran el dinero de las empresas solventes y de los ciudadanos que pagan sus impuestos, y se lo entregan a las empresas insolventes. Con esto, además de apuntalar empresas que deberían reconvertirse o cerrar, envían un mensaje a los avariciosos: “no arriesgues tu dinero en empresas innovadoras. Yo, que para eso soy el Estado, te garantizo que nunca perderás si lo colocas en las empresas que yo elija”.

Y envían también un mensaje a los avariciosos directivos de los bancos y empresas insolventes pero grandes: “no importa lo mal que gestiones tu empresa, yo siempre estaré aquí para apoyarte. No importa que arriesgues irresponsablemente, o que no innoves, sabes que siempre puedes contar conmigo.”

El Estado acaba siempre comportándose como el protagonista de una comedia de enredo, que para disimular que tiene una amante debe aportar cada vez explicaciones y justificaciones más alambicadas, y cada solución a un problemilla desencadena otro mayor, hasta que la situación se hace insostenible.

El problema es que mucha gente aún no ha llegado al punto en el que descubre que el gobierno le ha estado engañando con otra mientras le juraba amor eterno.

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