Uno de los efectos de la depresión post-vacacional es ese empeño porque este curso sea más productivo que el anterior. Como en Año Nuevo, nos prometemos hacer deporte, aprender inglés, sacar más provecho a nuestro tiempo…
Normalmente las intenciones se olvidan tan pronto como desaparece el color moreno de nuestra piel. Y la primera señal de que no te tomas en serio tus objetivos es comprar una Moleskine.
El razonamiento viene a ser algo así como “si otros años no he conseguido -ponga aquí su objetivo favorito- es porque no tenía las herramientas adecuadas. Pero este año va a ser diferente”. Así que uno se compra una libreta que cuesta 10 veces más, “pero es la que usaba Hemingway, y si quiero escribir por fin mi novela necesito herramientas profesionales”.
En realidad, lo único que consigues con la Moleskine, o cualquiera de esas otras herramientas “que esta vez sí te van a ayudar a lograr tu objetivo” es perder el dinero que cuestan. Si de verdad tienes como objetivo de este año ser mas organizado y apuntar todo, compra una libretita de 1 euro. En noviembre, si la sigues usando, regálate la Moleskine como premio.
Si tu objetivo es hacer deporte, puedes salir a correr o montar en bici con una camiseta vieja. Si no lo haces, no es porque no tengas ese equipamiento multicolor de última generación. Es porque, también este año, tus objetivos parecían muy reales en la playa, pero en el día a día tus auténticas preferencias son otras.
En esta última entrega de la serie, vamos a ver algunas herramientas que pueden ser útiles para poner en práctica todo lo que hemos visto. No se trata de una lista cerrada, son simplemente cosas que a mi me funcionan y que cumplen con los criterios que deben tener las herramientas que uso habitualmente:
No dependientes de un dispositivo. Idealmente, deben estar disponibles para cualquier plataforma: windows, linex, mac, iOS, Android. No quiero tener que cambiar de herramienta porque cambio un ordenador o un teléfono.
Herramientas online. Aunque tengan un cliente que mejore la usabilidad o la potencia, deben ser accesibles desde cualquier ordenador que tenga un navegador.
Gratuitas o muy baratas. A lo mejor cuando sea multimillonario esto no es un requisito, pero de momento el precio es importante.
Sencillas e intuitivas. No quiero leer un manual, ni perder el tiempo probando decenas de opciones en menús intrincados.
Fáciles de poner en marcha. Que funcionen con la mínima configuración, aunque pueda después afinar alguna cosa.
Abierta. Idealmente, que sea software libre. Si no es así, al menos que pueda sacar mis datos de la herramienta y llevarlos a otra cuando decida hacerlo.
Como digo, estos criterios no los aplico solo para las herramientas de productividad, pero para esta misión son especialmente importantes.
Herramientas
Evernote
Con Evernote gestiono toda la documentación e ideas para mis proyectos. Es intuitivo, fácil, funciona en ordenadores y teléfonos móviles, tiene plugins para que capturar una página que estás viendo sea cuestión de un par de “clicks”, puedes capturar imágenes o audio desde el móvil, se sincroniza solo…
Lo mejor es que no hay que organizar lo que capturas (aunque etiquetarlo ayuda). Simplemente lo guardas en Evernote y cuando lo necesitas lo buscas. Es como una especie de “cajón de sastre” con un gnomo que mágicamente encuentra lo que necesitas entre el maremágnum de cosas.
Gmail/Google Calendar
Las cuentas de Gmail, junto a su motor de búsqueda, han conseguido que no me tenga que preocupar por organizar el correo, ni por apuntar datos o direcciones. Todo está allí, y es fácil de encontrar.
Respecto a Calendar, es la primera “agenda” que uso de verdad. De nuevo, poder usarla desde el móvil o desde cualquier navegador, y que siempre esté sincronizada, es lo que me animó en primer lugar a empezar a apuntar ahí todas las citas. Hace poco me recordó que tenía que llevar a mi hijo a una revisión médica que tenía concertada desde hacía un año. No está mal, sobre todo teniendo en cuenta que en casos similares he perdido la cita por no recordarla en el momento. La guinda son los avisos por SMS y correo electrónico.
Una asignatura pendiente es organizar los contactos. Google automatiza ciertas cosas, pero hay veces que tiene datos parciales y hay que decirle que esos dos o tres correos electrónicos y esos dos o tres números de teléfono pertenecen a la misma persona.
Google Docs
Soy un fan de Google Docs. Llevo usando el producto desde que era Writely, antes de que lo comprara Google, y no ha dejado de mejorar. Docs es perfecto para documentos en los que tienes que trabajar con otras personas (por ejemplo, el curso lo preparé así con Lucas y Franck). Pero también lo uso para organizar mis proyectos.
Cuando me planteo un proyecto siempre tengo una hoja de cálculo con unas cuentas en la que voy apuntando ingresos y gastos potenciales, para saber si hay negocio. Un documento de texto en el que escribo en formato libre todas las ideas que se me ocurren. Si se lo tengo que explicar a alguien, preparo una presentación sencilla, sin florituras, que me sirve como guión para hablar (algo parecido a hacer garabatos en la servilleta de un bar). Y si veo que la cosa tiene sentido y me decido a llevarlo a cabo, uso un par de hojas de cálculo para aplicar mi versión particular de scrum.
Además de las ventajas obvias de tener los documentos disponibles en cualquier parte, la sencillez de Docs te permite concentrarte en el contenido, y no en las funciones de la aplicación. Y no necesitas preocuparte de dónde guardas un fichero, ni de la estructura de carpetas, ni de nada. Todo está ahí, siempre disponible.
Dropbox
Dropbox es un servicio de almacenamiento “en la nube”. Te permite guardar un par de gigas de información y sincronizarla en tantos ordenadores como quieras. Para mi esto es importante, porque en casa uso dos o tres ordenadores, y es un placer no tener que ir llevando documentos en llaves USB de una lado para otro. Uso Dropbox para los documentos más “pesados”, que requieren tratamiento con OpenOffice o Gimp, código en PHP o scripts SQL, etc., con lo que entre Docs y Dropbox tengo los documentos más importantes con los que estoy trabajando disponibles desde cualquier ordenador que tenga conexión a Internet.
Ahora mismo estoy experimentando con la idea de escanear todos los papeles importantes que me llegan (facturas, recibos, documentos oficiales…) y subirlos a Dropbox, de manera que pueda guardarlos en una caja y no tener que volver a buscarlos prácticamente nunca. Veremos si la facilidad para encontrar los documentos cuando los necesito compensa la disciplina de escanear las cosas según llegan.
Si no estáis dados de alta en Dropbox y os interesa hacerlo, usad por favor el enlace siguiente, y así aumenta un poco la cuota disponible:
No uso ninguna aplicación de “to-do”. Después de probar decenas, lo cierto es que no llego a usar ninguna. Me falta la disciplina de anotar las tareas, clasificarlas, gestionarlas… Con este tipo de herramientas lo único que hago es perder el tiempo instalando, probando y desinstalando.
Es posible que no haya encontrado la herramienta adecuada, pero de momento lo que mejor me funciona es la hoja de cálculo de Docs que uso para cada proyecto. Entre eso y anotar las tareas que tienen fecha fija en Google Calendar he conseguido apañarme bastante bien.
¿Alguna sugerencia?
Eso es todo. No hay recetas mágicas, solo herramientas que a mi me sirven para encontrar más fácilmente lo que busco, para no perder el tiempo ordenado, para recordar las citas más importantes…
¿Alguna sugerencia para añadir a las que acabo de presentar? ¿algún uso alternativo o ingenioso de estas herramientas?
He escrito sobre scrum y su aplicación al emprendimiento varias veces, por ejemplo aquí. Soy un entusiasta de Scrum porque en mi experiencia es lo mejor que he encontrado para conseguir que progresen proyectos complejos, con gran incertidumbre y con riesgo elevado. Y si estas características son comunes en muchos proyectos informáticos, también lo son en cualquier proyecto de emprendimiento.
Scrum no es una metodología para la gestión del tiempo, ni para la productividad personal. Y sin embargo, si tu problema es que tienes varios proyectos a la vez entre manos, no tienes tiempo para todo y te cuesta saber a qué tienes que dedicar tus esfuerzos en cada momento, hay elementos de scrum que pueden ser muy útiles.
Sprints
Un proyecto es scrum avanza en ciclos o sprints, generalmente de entre 1 y 4 semanas de duración. Esto permite verificar con frecuencia el grado de avance del proyecto, y así detectar desviaciones y corregir sus causas.
Tú puedes hacer lo mismo. Te recomiendo empezar con ciclos de una semana, y después ir ampliando el tiempo según te vayas viendo más cómodo y si lo ves necesario.
La idea es plantear objetivos para el sprint, que sean medibles, y después verificar si se han cumplido. ¿Y qué objetivos? Pues los que estén en tu pila de objetivos.
Pila de objetivos
Se trata simplemente de una lista priorizada de objetivos. Priorizada quiere decir que están ordenados en función de su importancia en el momento actual.
¿Qué tipo de objetivos? Tienen que ser expresables en una o dos frases y tienen que ser verificables (medibles). Es decir, no vale algo como “hacer un sitio web que refleje la personalidad de mi empresa”. En cambio sí es adecuado “hacer una página con 4 referencias de clientes, de un párrafo cada una”. Cada elemento de la lista debe tener un nombre, una descripción (dos o tres frases) y (muy importante) cómo se verifica que está hecho.
Pila del sprint
Es la selección de objetivos que vas a llevar a cabo en el sprint. Es sencillo: al principio de cada sprint analizas el tiempo que tienes disponible y vas cogiendo los elementos más prioritarios de la “pila de objetivos”, analizando cuanto tiempo te van a llevar y añadiéndolos a la pila del sprint hasta que hayas agotado el tiempo disponible.
Es probable que esos elementos tengas que dividirlos en tareas más sencillas para ser más preciso en la previsión del esfuerzo necesario.
Es muy importante recordar que esta pila de sprint es “sagrada”: no puedes cambiarla en mitad de un ciclo. Pase lo que pase, aunque se te ocurra que tal vez te interesaría hacer otra cosa antes, debes ser disciplinado y esperar al final del sprint. Si el sprint es de una semana, tampoco pasa nada por esperar unos días a esto que se te acaba de ocurrir. La mejor manera de no terminar nada es dejar que otras actividades se metan en medio y te impidan terminar lo que tenías previsto.
Planificación
Antes de empezar un sprint, lo que tienes que hacer es crear la pila del sprint. Es importante ser realista en cuanto al tiempo disponible. Si trabajas oficialmente ocho horas al día, es prácticamente imposible ser productivo más de seis. Y probablemente a esas seis le tienes que quitar el tiempo dedicado a reuniones, imprevistos, etc. Así que planifica el sprint según las horas de trabajo eficaz que realmente vas a tener.
Scrum diario
Esto es fundamental. Cada día, a la misma hora, debes responder a tres preguntas: ¿qué hice ayer? ¿qué voy a hacer hoy? ¿qué problemas tengo que me impiden hacer lo previsto?. Prueba a escribir las respuestas, porque sobre todo al principio te ayudarán a ver tu evolución.
Es importante que esto lo hagas cada día a la misma hora (idealmente, nada más empezar a trabajar), pase lo que pase. Tiene que convertirse en un hábito más difícil de romper que lavarse los dientes, porque de lo contrario empezarás a saltártelo un día y otro y al final se habrá pasado el sprint sin saber a qué has dedicado tu tiempo.
La otra cosa que debes hacer en el scrum diario es anotar tu progreso con la pila del sprint. Según vayas avanzando en las tareas, debes reflejar el estado. Al menos saber si están sin empezar, en progreso o terminadas. Si quieres ser más preciso, por ejemplo anotando cuántas horas faltan, puedes hacerlo.
Observa que la medida es cuánto esfuerzo falta, no cuánto has hecho ya. Lo previsto menos lo que llevas hecho rara vez da como resultado lo que falta. Y a ti te interesa saber cómo vas, no cuánto esfuerzo has dedicado hasta el momento.
Retrospectiva
Una vez terminado el plazo que marcaste para el sprint, debes hacer análisis de lo conseguido. El objetivo es detectar problemas e ineficacias y o bien corregirlos o bien acostumbrarte a vivir con ellos y tenerlos en cuenta para la próxima vez.
Nunca, haya pasado lo que haya pasado, aplaces el final del sprint. Aunque hayas cogido una gripe que te ha dejado en la cama tres días. Simplemente, lo tienes en cuenta en la retrospectiva y si se puede arreglar lo arreglas y si no lo asumes. En el momento en el que te permites a ti mismo cambiar la duración del sprint te has dado permiso para incumplir tus objetivos. Los sprints que deberían durar una semana duran 10 días, y luego 15… y luego ya no acaban nunca.
Resumiendo
La ventaja de scrum es que no impone una forma de trabajar. Los elementos son pocos y fáciles de comprender y manejar. Y las ventajas son evidentes:
Conocer objetiva y documentadamente cual es tu “velocidad” de trabajo.Detectar problemas y corregirlos lo antes posible.Dedicar tus esfuerzos a lo prioritario, posponiendo lo que no contribuye al progreso del proyecto. ¿recuerdas lo que escribí sobre deberes y metas?
En una de las primeras entradas de esta serie expliqué lo que es la procrastinación: hacer algo que no es lo más importante que deberías estar haciendo. Esta es una tendencia que tenemos algunos, y es muy difícil de evitar.
Somos muy buenos engañándonos a nosotros mismos, y aunque sabemos que hay otras cosas que deberíamos hacer, podemos justificar fácilmente incluso dos horas perdidas navegando sin rumbo por Internet (necesito despejarme un poco y no va a ser tanto tiempo y además lo que me falta puedo hacerlo en media hora y seguro que en este sitio descubro nuevas ideas y…).
Si fuéramos seres racionales, usaríamos una lista de tareas priorizadas con estimaciones de tiempo y haríamos lo más importante que pudiéramos hacer en el tiempo disponible, y luego lo siguiente, y lo siguiente… Pero insisto, no somos seres racionales. Al menos, yo no lo soy.
Sin embargo, no todo está perdido para los procrastinadores. Si no vas a dejar de procrastinar, al menos puedes hacerlo de manera inteligente. Hay dos maneras en las que puedes aprovechar tu capacidad de autoengañarte en tu favor:
Haz otra cosa útil
Os recuerdo que el procrastinador no es perezoso. No deja de hacer lo que debe para tumbarse a la bartola, sino para hacer algo que no debe. Bien, si vas a procrastinar, al menos procura que al final del rato hayas conseguido algo.
Supongamos que tienes que hacer un informe trimestral, preparar una presentación y redactar una propuesta. El informe es para el viernes, pero no te motiva nada así que lo vas dejando. Seguro que acabarás haciéndolo e jueves por la tarde. En ese caso, en lugar de ver vídeos divertidos en YouTube o comprobar si están en Facebook cada uno de tus compañeros del instituto, puedes dedicarte a la presentación o la propuesta. Tu informe sigue sin progresar, pero al menos has avanzado en las otras tareas. Tal vez incluso consigas terminarlas.
Funciona. Aunque parezca increíble, el procrastinador está más que dispuesto a trabajar si eso le permite justificar el por qué no está haciendo lo que debe.
Crea prioridades falsas
Otra manera de engañarte a ti mismo es subir artificialmente la importancia de una tarea poco gratificante, pero que realmente no tienes que hacer en este momento, para procrastinar haciendo lo que sí debes.
Me explico. Supongamos que lo que deberías hacer es preparar el informe trimestral, pero no eres capaz de obligarte a empezar con ello. Plantéate entonces que tu tarea más importante es preparar la presentación. Agóbiate con todo lo que ello conlleva, empieza a pensar que en realidad puedes buscar los datos y las imágenes más tarde, explícate por qué justo ahora no tienes por qué ponerte con la presentación… y verás cómo el informe se hace más atractivo.
Tienes que hacer un pequeño esfuerzo para no caer en otras tareas “equivocadas”, pero la barrera para empezar con la que era tu tarea bloqueante se habrá reducido mucho. Parece increíble que uno se pueda engañar a sí mismo de una manera tan tonta, pero funciona. Ya que eres tan fácilmente manipulable, al menos aprovéchalo en tu beneficio.
Cambia tus hábitos
No todas las cosas que haces mientras procrastinas son igual de perjudiciales. Si te dedicas a jugar al buscaminas o al WOW, no estás haciendo nada bueno para ti. Pero si estás leyendo blogs, al menos hay una posibilidad de que aprendas algo útil.
Por eso una buena práctica es cambiar tus actividades inútiles o perjudiciales por otras más provechosas. Sigues sin hacer lo que debes, pero al menos haces algo que te servirá en el futuro. Algunas ideas: escribir un blog, leer blogs o noticias relacionadas con tu actividad profesional, hacer presentaciones en powerpoint, usar las funciones avanzadas de Office para hacer algo nuevo con un documento o una hoja de cálculo, leer noticias en inglés…
Como ya explicamos en la última entrega, el problema de la productividad con tareas “ingratas” es muy diferente al de las tareas creativas. En este caso el objetivo es obligarte a ti mismo a hacer cosas que no te apetecen.
Y es que, en la mayor parte de los casos, tenemos cosas más tentadoras que las tareas obligatorias. ¿Qué puedes hacer entonces para crear un entorno en el que mejore tu productividad con estas tareas?
Pon música entretenida. Aquí el objetivo no es concentrarte, sino todo lo contrario: ocupar tu mente lo suficiente como para que soporte mejor estar haciendo una actividad aburrida como puntear una lista de apuntes contables, ordenar unos ficheros, reportar las horas imputadas a un proyecto…
Mantén un entorno de trabajo ordenado. Si eres un desastre como yo, al menos compra unas cuantas cajas baratas y archiva con el método “a bulto”. Cuando por fin te has decidido a hacer algo, lo que no puede pasarte es que tengas que buscar un documento y pierdas media hora hasta que decidas que ya lo harás otro día, o cambies de actividad para pasar a la importante tarea de ordenar y clasificar.
Ten todo a mano. Organiza tu entorno de trabajo para que no tengas que estar moviéndote cada vez que necesitas un lápiz o un documento. En un mundo ideal, los documentos están escaneados e indexados en tu ordenador. Pero como no vivimos en un mundo ideal, al menos asegúrate que no puedes poner la excusa de “ahora no puedo hacer esto, porque no tengo X. Ya si eso mañana lo busco y me pongo…” Porque mañana, en el improbable caso de que hayas encontrado X, descubrirás que te falta Y y tendrás otra excusa para no trabajar.
Trabaja en un entorno cómodo. Se trata de no añadir penalidades a las propias de la tarea. Si hace demasiado calor o demasiado frío, si la silla es incómoda, si no hay luz suficiente, vas a tener una buena excusa para abandonar la tarea cuanto antes.
Haz descansos frecuentes. Aquí sí es de utilidad la técnica pomodoro, o algo similar. Se trata de compartimentar los esfuerzos, de manera que tu progreso sea evidente: “en esta media hora he conseguido contabilizar 20 facturas” y esto sirva de motivación para seguir con la tarea en otro intervalo de tiempo similar. Fragmentar los tiempos sirve también para hacer las tareas menos intimidantes: es más fácil empezar si sabes que solo tienes que dedicar 30 minutos a contabilizar facturas que si te enfrentas a toda una mañana de papeleo.
Trabaja en un sitio público. Otra aplicación de lo de engañarte a ti mismo. En lugar de cerrar las puertas, colócate a la vista de otras personas. Es mucho más difícil perder el tiempo viendo vídeos de gatitos en YouTube si sabes que te están mirando. Si trabajas desde casa, te merecerá la pena ir a un café o una biblioteca para trabajar. Verás cómo solo por demostrar que estás ocupado acabarás haciendo ese informe que tenías pendiente.
Usa un calendario o una lista en papel. Si tienes un calendario, o una lista de tareas en papel, puedes coger un rotulador e ir tachando las cosas ya hechas. Puede parecer una simpleza, pero ese acto produce una satisfacción inmediata porque te ayuda a representar de manera gráfica tu avance. Y ya de paso, te recuerda lo que todavía no has hecho.
Como ya dijimos desde el principio de la serie sobre productividad para perezosos, una de las claves para mejorar nuestra productividad es partir de la base de que no somos seres racionales, sino monos un poquito mejorados que nos dejamos engañar con facilidad.
De modo que, ya que somos tan fácilmente manipulables (sí, querido lector, tú también), lo mejor es aprovechar esta circunstancia para engañarnos a nosotros mismos para bien. Al fin y al cabo, nos engañamos continuamente para hacer cosas que no nos convienen, así que esto no deja de ser una mejora.
Cambia tu humor
Estar de buen humor mejora tu rendimiento. Hay estudios que lo demuestran, y seguro que tu propia experiencia lo confirma. De modo que una manera fácil de mejorar tu productividad es mejorar tu humor. Y se puede hacer fácilmente:
Manipúlate con música. Si vas en coche a trabajar, o si puedes ponerte unos auriculares, ponte una selección de canciones que tengan buen ritmo y que sean estimulantes. Compás de dos por dos, marchas, melodías sencillas, letras positivas… Digo lo del coche o los auriculares porque funciona mejor si la música está a un volumen muy alto. Si las gaitas, las trompetas y los tambores conseguían que unos jóvenes marcharan decididos a morir o matar, bien pueden conseguir que tú te enfrentes a tus tareas con energía ¿no?
Pierde unos minutos viendo un vídeo gracioso. Guarda una selección de vídeos que te hagan reír, a ser posible de esos que tienen 2 o 3 golpes por minuto. Y pierde 10-20 minutos riendo antes de ponerte con una tarea difícil. Claro que esto es más fácil si trabajas desde casa que en un cubículo rodeado de colegas, pero puedes probar a ver el vídeo antes de ir a trabajar. El riesgo es quedarte demasiado tiempo con los vídeos, pero si los tienes descargados (no en YouTube) es posible controlarlo. Esos 10-20 minutos que pierdas con el vídeo los recobrarás con creces si tu trabajo requiere esfuerzo intelectual.
Por otro lado, la ira es un buen motivador. Ante tareas desagradables como reclamar facturas pendientes, trabajos de terceros, etc., lo que mejor funciona para evitar la tentación de dejarlo pasar y llamar en otro momento es enfadarte. Puedes hacerlo fácilmente: la música puede ayudarte también (algo de punk o metal), pero basta con que te pongas a escribir todo el perjuicio que te está causando la persona con la que tienes que hablar. Suelta lo que llevas dentro, vete calentándote, demuestra la amplia panoplia de insultos que enriquece tu vocabulario, y pronto estarás preparado para coger ese teléfono y no parar hasta que el interfecto acceda a cumplir con su compromiso.
Sobornos
Una manera clásica de conseguir que alguien haga algo por nosotros es hacer un regalito. Preguntad a constructores y concejales de urbanismo. ¿Por qué no aprovechar esta tendencia a corresponder al soborno para nuestro propio bien?
Uno de los problemas con la productividad es que muchas veces la recompensa a nuestro esfuerzo llega mucho después de realizarlo. Está estudiado que cuanto más tiempo pase entre la realización del esfuerzo y su recompensa, más difícil es conseguirlo. Por eso, lo mejor que puedes hacer es sobornarte a ti mismo: crea recompensas inmediatas, que te proporcionen satisfacción a corto plazo, cuando tengas que hacer tareas cuyo beneficio sea a largo plazo.
Por ejemplo, si estás elaborando un documento que te llevará 20 horas y debes entregar en diez días, puedes crear un premio si has trabajado en él dos horas en un día: comer un dulce, ver un capítulo de tu serie favorita, perder media hora en Facebook… cualquier cosa que te engañe y te acerque el disfrute de la recompensa.
Solo 5 minutos
¿No te ha pasado nunca que alguien te pide solo 5 minutos de tu tiempo y cuando te has dado cuenta le has dedicado varias horas? Seguro que desde el principio sabías no iban a ser solo “5 minutos”, pero esa forma de presentar la petición nos obliga a concederlos. ¿Quién va a ser tan ruin de no dedicar 5 minutos a un colega que necesita ayuda?
Ya que funciona tan bien, practica esta estrategia contigo mismo: cuando tengas que enfrentarte a una tarea que no te apetezca, pídete solo 5 minutos. Prométete que a los 5 minutos lo dejas. Si eres tan duro contigo mismo como para no dar más de esos 5 minutos, al menos has avanzado un poquito. Pero lo más probable es que, una vez rota la inercia, sigas otros 5 minutos más, y otros, hasta que acabes la tarea o al menos hayas avanzado de manera significativa. La inercia funciona en los dos sentidos: cuesta ponerse en marcha, pero una vez que estás también tienes que hacer un esfuerzo para parar.
Esta técnica funciona bien para tareas del tipo ordenar, archivar, clasificar… si te planteas archivar solo los primeros cinco documentos de la pila, una vez que has clasificado esos y el esfuerzo no ha sido tanto, ¿cómo no vas a seguir con otros pocos más?
Yes I can
La mejor manera de trabajar al máximo es creerte mejor de lo que eres. Creer en lo que estás haciendo, y creer que tú eres una persona excepcionalmente preparada para esa tarea. No importa que sea mentira, basta con que te lo creas el tiempo suficiente como para atreverte a dar lo mejor de ti mismo.
Si no lo habéis hecho hasta ahora, mirad este vídeo que Guardiola puso a sus jugadores justo antes de saltar al campo en una final. ¿Gladiadores? ¡qué absurdo! ¿no? Si no son más que futbolistas. Y sin embargo, funciona. Repito, somos muy fáciles de manipular. Si alguien nos dice que somos gladiadores y que nos jugamos el honor y la fama, nos comportaremos como gladiadores.
No hace falta que te hagas un vídeo como el del Barça. Pero háblate bien de ti mismo, créete que puedes y cuando tengas problemas, en lugar de tirar la toalla porque no puedes con ello, busca la manera de resolverlos.
Sobre todo, no seas cínico. El cinismo da la satisfacción a corto plazo de creerte más inteligente que los que te rodean, pero a la larga mina tus posibilidades de éxito, porque te das por derrotado antes de haber empezado la batalla. Ya sabes todo lo que va a ir mal, lo estúpidos y cortoplacistas que son los que te rodean, lo insensato de las peticiones del cliente…
Al contrario, explícate que cada proyecto es una aventura, que cada problema es un desafío, y que tú puedes enfrentarte a la aventura y triunfar sobre los problemas como nadie. Aunque al principio te cueste creértelo. Tú repítelo el tiempo suficiente, el número de veces suficiente, y acabará siendo verdad.
Cada vez que tengas dudas, mira este vídeo, y cree que tú también puedes. Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo.
Motivación
Cuando estamos pelando con el día a día es fácil olvidar el sentido profundo que nos ha llevado a hacer lo que hacemos. Si eres emprendedor y crees en lo que haces, seguro que tienes una motivación importante. Tienes un sueño que alcanzar. Pero la factura, el cliente, el proveedor, el problema técnico… todo eso va minándote y te hace perder fuerzas.
Procura tener a mano alguna cosa que te recuerde por qué te estás esforzando. Una foto de tu hijo, de tu pareja, del Ferrari que te vas a comprar cuando consigas tu objetivo o de la playa paradisíaca a la que te vas a ir de vacaciones… y cada vez que tengas la tentación de ceder, de dejarte llevar, mira esa imagen y recuerda por qué tienes que conseguir tu objetivo.
Si una parte de tu trabajo es creativa, como por ejemplo escribir, programar o diseñar, probablemente sepas ya qué es la zona. Es ese estado en el que estás rindiendo al 100%, con todos los sentidos puestos en el proceso creativo, el resultado de tu trabajo es excelente y las horas pasan sin sentir. Cuando terminas, te das cuenta de que estás muy cansado, aunque cinco minutos antes no fueras consciente de ello.
Si lo has experimentado alguna vez, sabes de qué estoy hablando.
Cuando programaba, no era infrecuente ponerme a trabajar a las 8, entrar en la zona a las 9 y que a las 2 de la tarde tuvieran que decirme que era la hora de comer. Programar es una tarea que requiere una gran concentración. Normalmente estás manejando varias variables a la vez en tu cabeza, tienes presente la lógica de lo que estás programando, a la vez estás teniendo en cuenta otras cuatro o cinco funciones que afectan directamente al resultado de tu trabajo… si eres capaz de manejar todo a la vez, consigues ser muy productivo, y probablemente disfrutes con ello. Si no consigues entrar en la zona, tu trabajo es penoso y el resultado de mala calidad.
Entrar en la zona es difícil. Necesitas al menos 15 o 30 minutos para conseguir ese estado de concentración. Pero salir es muy fácil: basta una interrupción de 10 segundos para que todo se venga abajo. Por eso, si tu entorno de trabajo presenta interrupciones constantes (entendiendo por constantes al menos una interrupción en cada media hora), es imposible que alcances la zona.
También requiere condiciones físicas adecuadas. La juventud influye, pero también la salud: unas horas de sueño adecuadas, evitar las sustancias estimulantes como la cafeína y un puesto de trabajo ergonómico ayudan a entrar y permanecer en la zona.
¿Necesitas trabajar en la zona? Si estás leyendo esto, lo más probable es que sí, al menos en algunos proyectos o algunas fases de los proyectos. No tienes que estar en la zona para revisar unas facturas o hacer un presupuesto, pero sí para cualquier trabajo creativo o que requiera un gran esfuerzo mental.
¿Y qué tiene esto que ver con la productividad? Sencillamente, cada hora de trabajo en la zona puede ser equivalente a un día de trabajo fuera de ella. Y en algunos casos trabajar en la zona puede ser la única manera de conseguir un resultado excelente, y hay algunas cosas que o son excelentes o es preferible no hacerlas.
A partir de la semana que viene, cuando entremos en las técnicas, veremos cómo conseguir entrar en la zona y cómo permanecer en ella. Incluso, si tienes empleados en una oficina, cómo organizar el espacio de trabajo para facilitar que tus empleados creativos trabajen en la zona.
Lo primero que se nos ocurre a todos cuando intentamos organizarnos es redactar una lista de cosas por hacer. Si conseguimos apuntar todo en esa lista, y vamos tachando lo que ya está hecho, siempre sabremos qué tenemos pendiente. Redactar el informe para el jefe, dar de comer al periquito, comer con Pepe, calcular el presupuesto para el siguiente trimestre, comprar harina… enseguida resulta obvio que una sola lista no funciona. Y entonces hacemos una lista para el trabajo, otra para la compra, otra para casa, etc. O aparecen conceptos como las prioridades o los “contextos” (si estoy en el supermercado o delante del ordenador, podré hacer cosas diferentes).
El problema de las listas es que son engañosas: tachar tareas de las listas nos da sensación de actividad, pero ser productivo es otra cosa. Podemos estar ocupados 24 horas al día y no ser productivos en absoluto. La vida de cualquiera de nosotros es suficientemente compleja como para contener docenas de tareas “vivas” en cualquier momento. Así que no se trata solo de identificar esas docenas de tareas, se trata sobre todo de saber a cual de ellas dedicamos nuestro tiempo.
En los cursos que yo he hecho de productividad se manejan dos parámetros: importancia y urgencia. Se supone que debes dedicarte primero a lo que es importante y urgente (obvio), para después manejarte entre lo que es solo urgente o solo importante.
Deberes y metas
Yo os propongo otra clasificación: deberes y metas.
Las metas son las tareas que hacen que nuestra carrera profesional progrese. Entendiendo carrera profesional en sentido amplio, no solo lo relacionado con nuestro empleo: aprender un idioma, estudiar, escribir una novela o efectivamente, ese proyecto que puede suponer un ascenso si sale bien.
Deberes son todas las tareas que simplemente mantienen nuestro estatus o que tenemos asignadas pero que benefician a otros: papeleo, colaboración en proyectos de colegas, tareas del hogar, elaborar informes repetitivos, etc.
Resulta evidente que no puedes tratar igual las tareas que te pueden hacer progresar y las que, en el mejor de los casos, te permiten seguir en la misma situación. Pero hay además otro parámetro que debes considerar, y que pocas veces he visto analizado.
Suficientemente bueno
La chapuza está muy mal vista, pero tiene su sentido. Se trata de optimizar recursos para maximizar el beneficio. O lo que es lo mismo, “pues esto con una manita de pintura ya se disimula”. En un mundo ideal, tal vez podrías realizar todas tus tareas lo mejor que sabes hacerlas. Dedicar todo el tiempo necesario para que el resultado sea perfecto. Pero cuando en tu lista de tareas van entrando cosas a mayor ritmo del que salen, esto es inviable.
Y aquí es donde entra en juego la distinción entre metas y deberes. Para los deberes, basta con cumplir. No es preciso hacer las cosas mal, solo lo suficientemente bien como para que el objetivo de seguir en el mismo sitio esté asegurado. Donde debes echar el resto es en las metas, en aquello que puede hacerte progresar.
Además de regular el grado de perfeccionamiento para cada tarea, esta clasificación sirve también para asegurar que dedicas tu tiempo a lo importante. Todos los días deberías dedicar un tiempo a tus metas. Todos los días. Cuanto más mejor, pero al menos un par de horas. Es muy complicado, porque el mundo exterior está más interesado en que les ayudes con sus metas que en dejarte tranquilo con las tuyas.
Por eso debes resistirte como un gato panza arriba a dedicar tiempo a los deberes. Pásaselos a otros (pagando incluso, si es que te compensa), retrásalos, reduce tu participación, limita el alcance, pon excusas… aquí sí debes procrastinar hasta que las consecuencias negativas hagan inevitable abordarlos. Como bonus, descubrirás con alborozo que si te resistes lo suficiente algunos deberes se desvanecen por si solos, con lo que consigues tacharlos de tu lista sin haberles dedicado ni un minuto.
Antes de empezar a ver qué podemos hacer para mejorar nuestra productividad personal, conviene tener claros algunos conceptos. Hoy definiremos procrastinación y acrasia, que son muy relevantes para lo que queremos tratar.
Acrasia
Acrasia es la actuación en contra de lo que uno mismo cree que es lo mejor. Por poner un ejemplo claro: uno sabe que el tabaco es malo para su salud, y sin embargo fuma. Platón pensaba que esto de ir contra tu propio beneficio solo podía pasar como consecuencia de la ignorancia, pero lo cierto es que se equivocaba.
Platón creía (como creen los economistas clásicos) que las personas actuamos racionalmente. Nada más lejos de la realidad. Piensa en lo que has hecho hoy, desde que te has levantado, y analiza por qué has hecho cada una de esas cosas. Con seguridad, casi todo lo que has hecho ha sido:
Por hábito. Porque es lo que haces todos los días después o antes de hacer otra cosa.
Por defecto. Porque es la opción más a mano y más simple en ese momento.
Porque es lo que otros esperan que hagas.
Porque hacerlo es, en ese momento, la opción con menos consecuencias negativas inmediatas.
Porque tomaste una decisión hace tiempo y sigues siendo coherente con ella.
Apostaría algo a que en cada una de las decisiones que has tenido que tomar hoy, pequeñas o grandes, no has cogido un papel y has hecho una lista de pros y contras, o una análisis de Debilidades, Amenazas, , Fortalezas y Oportunidades.
Eso sí, si después alguien te pregunta, seguro que tienes una respuesta racional preparada. Y es que los seres humanos somos muy malos razonando, pero muy buenos racionalizando. Actuamos por impulso, por hábito, por convenciones sociales… pero nos gusta pensar que tenemos control absoluto sobre todos nuestros actos, y que actuamos siempre racionalmente según nuestros intereses, o incluso que somos tan altruistas que actuamos según los intereses de los que nos rodean.
Pero lo cierto es que está bien actuar por hábito o por seguir las convenciones sociales. Pensar racionalmente en los pros y contras antes de dar cada paso haría que nos fuera imposible hacer nada. Pero por un lado necesitas saber en qué casos te puedes fiar del hábito, de la costumbre, de la improvisación, de la convención social… y en qué casos debes pararte, reflexionar y tomar una decisión meditada.
Y sobre todo, saber cómo puedes aprovechar el hecho de que seamos irracionales para actuar de la manera más conveniente para nuestros intereses, y no con acrasia.
Procrastinación
La procrastinación es posponer nuestras tareas y obligaciones hasta un punto que se vuelve perjudicial para nosotros mismos. Es, por tanto, una forma de acrasia. No es exactamente holgazanería, porque el procrastinador no deja de cumplir con su obligación para salir de juerga o tumbarse a la bartola, sino que se dedica a lo secundario posponiendo lo obligatorio.
Por poner algún ejemplo: holgazanería es ver la tele cuando tienes un examen. Procrastinación es preparar un trabajo que tienes que entregar dentro de un mes cuando tienes un examen pasado mañana.
Si nuestro comportamiento fuera racional, la procrastinación no existiría. Tendríamos perfectamente categorizadas nuestras obligaciones según su prioridad, sabríamos las fechas de entrega de cada una de ellas y programaríamos nuestro tiempo para cumplir todo con eficacia.
Pero no somos racionales. Tenemos apetitos, preferencias, rechazos… y hay tareas que por diversos motivos nos resultan desagradables, mientras que otras son apetecibles. Puede ser miedo al fracaso, puede ser falta de motivación, puede ser que la tarea en sí sea desagradable.
Para muchas personas creativas, las tareas repetitivas son desagradables en sí mismas. Los emprendedores tienen a ser creativos, lo que hace que sea muy estimulante diseñar un producto, pero muy poco estimulante elaborar una declaración para Hacienda. Uno puede entender racionalmente que hacer la declaración es importante, y que no hacerla tendrá consecuencias negativas, pero es muy fácil encontrar motivos por los que justo ahora es preferible hacer cualquier otra cosa, que además queda mucho tiempo para presentarla, que se hace en un momentito, y que lo importante es hacer crecer nuestra empresa. Y se encuentra a unas horas de finalizar el plazo rebuscando facturas como un loco.
Cada vez que te haya pasado algo así, seguro que te has prometido a ti mismo que sería la última. Y sin embargo, tres meses más tarde la historia se repite. Y si no es con la declaración, es con una entrega de un proyecto. O con una entrada para tu blog que tienes casi terminada desde hace cinco semanas. O con cualquier otra cosa.
Porque no somos seres racionales. Podemos entender perfectamente las consecuencias negativas de la procrastinación, podemos incluso sufrirlas en nuestras propias carnes, y sin embargo seguiremos actuando en contra de nuestro propio bien. Porque somos extraordinariamente buenos dejándonos engañar, y el que mejor nos puede engañar es nuestro propio cerebro. Y en el momento clave en el que deberías dejar de dar la enésima vuelta al logo de tu empresa y ponerte a redactar un contrato, el maldito cerebro encuentra la manera de que hagas lo que te apetece y no lo que debes hacer, y además encuentra todas las razones necesarias para que tu conciencia quede tranquila.
En resumen, que cualquier método para mejorar la productividad personal tiene que tener en cuenta que no somos espíritus racionales que vivimos en un mundo ideal. Somos monos pelones que estamos dispuestos a dar una voltereta en cuanto alguien nos ofrece un plátano. Asumiendo esto, todo es mucho más fácil. Como veremos en cuando abordemos las técnicas, no se trata de razonar y desarrollar la fuerza de voluntad, sino de engañar al mono procrastinador que todos llevamos dentro.
Esa frase, recitada con tonillo musical, es la que repiten los niños en el campamento al que han ido mis hijos pequeños este verano para recordar lo que deben hacer al acostarse. Cuando tienes decenas o centenares de niños, y cada uno trae sus propias costumbres, necesitas homogeneizar el comportamiento de todos para que la cosa funcione de manera más o menos automática. No hay un papá o una mamá que pregunten cada cinco minutos “¿Ya te has lavado los dientes?” o que insistan en que el crío se ponga el pijama de una vez, así que la frasecilla es un buen truco.
Los niños agradecen que se establezca de manera clara qué deben hacer en ese momento, porque aunque la tentación de distraerse cada cinco minutos es muy fuerte, al mismo tiempo les crea una situación de estrés. Mi hija pequeña me contaba que los primeros días en el campamento lo pasó peor “porque no sabía cuándo íbamos a hacer las cosas”. Después, cuando ya tenía interiorizada la rutina de desayuno, actividades, piscina, etc., ya pudo relajarse.
Pero también a los adultos desarrollar hábitos nos facilita la vida. Me he quitado la barba este verano, lo que significa que ahora tengo una tarea más que hacer por las mañanas (afeitarme). Pues bien, incorporar esta tarea en mi rutina me ha supuesto unos días de desconcierto. Por ejemplo, a veces he salido del cuarto de baño para volver a entrar inmediatamente porque no me había lavado los dientes o no me había puesto desodorante.
¿A qué viene todo esto? Pues que el desarrollo de hábitos es una de las claves de la productividad y la mejora personal. Seguro que muchos de vosotros, a la vuelta del verano, os habéis propuesto introducir alguna mejora en vuestras vidas: dormir más, hacer más ejercicio, comer menos, estudiar inglés, escribir en el blog a diario…
El problema es que esas mejoras suponen introducir cambios en nuestras vidas, y la tendencia natural es a mantener los hábitos ya creados. El cambio supone racionalizar y realizar conscientemente unos actos que, aunque no sean difíciles en sí mismos, rompen la rutina que ya tenemos establecida. Y nuestro inconsciente tiene preparadas buenísimas excusas para permitirnos a nosotros mismos dejar nuestro propósito para más tarde, o para el día siguiente, o para el año siguiente.
Por eso, lo mejor que puedes hacer si realmente quieres cambiar algo, es hacerlo de la manera más rutinaria posible: siempre a la misma hora, de la misma manera, antes y después de otros hábitos ya formados, en el mismo entorno, con las mismas herramientas y hasta con la misma ropa si es preciso. Así conseguirás convertir tu deseo de mejorar en un hábito más, tan difícil de romper como el resto de tus hábitos.