Desencadenado

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Cómo ganar más de 100 euros por hora

La semana pasada hice algunas cuentas para explicar cómo calcular el precio por hora que debes cobrar por tus servicios si quieres trabajar como freelance.

Como vimos, si no cobras al menos 40€ es difícil que a final de mes llegues a tener ni siquiera 2.000€ limpios. Y para ganar ese dinero, sinceramente, es mejor que te busques la vida como empleado. Hace un tiempo expliqué qué tienes que hacer si quieres ganar 50.000€ al año.

La gracia de trabajar por tu cuenta es precisamente que si consigues que te vaya bien puedes ganar mucho más dinero que siendo empleado. Así que vamos a ver qué puedes hacer para ganar más dinero por hora trabajada.

Aumenta tu ratio de horas facturables

En la entrada anterior veíamos cómo uno de los problemas que tiene el profesional independiente es la dedicación a tareas no facturables. Por tanto, lo primero que debes hacer es minimizar estas horas. Si empiezas con muy pocos recursos a lo mejor no lo puedes hacer desde el principio, pero deberías siempre externalizar todas las tareas que no sean esenciales para tu negocio. Cada hora que dedicas ordenar papeles o revisar facturas es una hora que no estás facturando. Si cobras 40€ por hora facturable y pagas 20€ por hora de trabajo administrativo, te compensa dedicar el menor tiempo posible a tareas administrativas.

Mejora la proporción de impagados

Otro de los problemas que vimos era el de los impagos. Puedes hacer varias cosas para minimizar el riesgo de que alguien te deje un proyecto sin pagar:

  • Cobra siempre al menos un 30% por adelantado. Si un cliente no está dispuesto a cumplir con este requisito, no trabajes para él. Por muy importante que sea el cliente o por muy pocos proyectos que tengas. No merece la pena asumir tú todo el riesgo del proyecto, y menos aún si se lo planteas al cliente y él no está dispuesto a demostrar una mínima implicación.
  • No dejes pasar un mes sin cobrar. Si un proyecto es muy largo, no dejes que pasen varios meses hasta facturar el proyecto completo acabado. Procura que haya hitos intermedios facturables, y que sean como mucho mensuales. En cuanto el cliente deje de pagar uno de estos hitos, deja tú de trabajar en el proyecto y comunícale la situación para que la corrija lo antes posible.
  • Plantea penalizaciones por retrasos en los pagos. O descuentos por “pronto pago”, que queda mejor aunque sea lo mismo. Déjalo por escrito tanto en el contrato como en la factura: si paga en 30 días, tiene un 10% de descuento (por ejemplo). A partir de 60 días de retraso en el pago, tiene un 15% de incremento.
  • “Despide” a los clientes que pagan tarde y mal. Ya sé que es difícil plantearse dejar a uno de los pocos clientes que tienes cuando empiezas, pero a la larga te irá mucho mejor si no trabajas para clientes tóxicos.

Especialízate en algo rentable

Uno de los problemas que apuntaba algún lector en la entra anterior es que el precio no solo lo pones tú, el mercado debe estar dispuesto a pagar lo que pides. Uno de los requisitos para que alguien te pague 100€ por una hora de tu tiempo es que a cambio reciba un valor superior a esos 100€. Si no, no hay trato.

Y para que un cliente perciba esto, una de las mejores estrategias es hacer algo que muy poca gente pueda hacer. John Horton hizo hace poco un análisis de las habilidades mejor pagadas en oDesk, y llegó a esta misma conclusión.

Si te ofreces como diseñador web, desarrollador de WordPress, especialista en SEO/SEM y community manager, no te vas a comer un rosco. Aunque puedas hacer esas cuatro cosas. Ahora bien, si consigues convencer a tus clientes de que eres único creando presencia en Internet para ortodoncistas, probablemente podrás cobrar mucho más dinero por tu tiempo.

Sal de tu barrio

Si solo ofreces tus servicios a tus vecinos, es normal que te paguen poco, porque es menos probable que entre ellos esté la persona que valora lo que ofreces al precio que esperas cobrar. Para la mayoría de tus clientes potenciales lo que importa es el precio y no esa calidad “extra” o ese conocimiento especializado que tienes tú y no tiene el jovenzuelo que te hace la competencia desde su dormitorio mientras estudia tercero de ESO.

Si sales de tu barrio vas a competir con indios (de la India) que programan por dos céntimos o con diseñadores lituanos que cobran por hora menos de lo que pagas por un café. Pero también vas a acceder a clientes en países como Estados Unidos donde es normal pagar a un especialista más de 200€ por hora. Recuerda, la globalización es tu amiga, y no tienes que moverte de tu casa para trabajar para una empresa australiana.

Sé más productivo

Una de las ventajas de especializarte es que no reinventas la rueda cada vez que tienes un nuevo proyecto. Y no tienes que perder horas o días aprendiendo cosas nuevas o resolviendo problemas de principiante. Acostúmbrate a automatizar y reutilizar todo lo que puedas en tus proyectos para que el tiempo dedicado a cada uno de ellos sea menor que en el proyecto anterior.

Cobra por proyecto y no por hora

Uno de los problemas de cobrar por hora es que te penaliza más cuanto mejor profesional seas. Supongamos que diseñas páginas web en WordPress. Lo normal es que el primer proyecto que hagas te lleve al menos una semana. Pero cuando ya llevas 50 páginas hechas, un proyecto similar puedes hacerlo en un día, porque conoces mejor tus herramientas, tienes algunos procesos automatizados, no pierdes el tiempo con problemas elementales… ¿Eso significa que debes cobrar cinco veces menos por un trabajo que además seguro que tiene más calidad?

El cliente te va a pagar por un resultado (una página web), no por “echar muchas horas”. Por eso, procura siempre plantear el proyecto como algo cerrado, y no entres en las horas que te va a llevar hacerlo. Claro que planteando un precio por proyecto asumes un riesgo si al final tardas más de lo previsto en hacerlo. Pero se supone que eres bueno en lo tuyo ¿no?

Cobrando por proyecto, si consigues ser cinco veces más productivo que un novato, puedes cobrar cinco veces más que un novato. Y al mismo tiempo entregar más valor al cliente y que éste te pague más y esté más satisfecho de hacerlo.

Recicla

Seguro que en casi todos los proyectos haces cosas que al final no puedes facturar: bocetos, diseños alternativos, etc. O hay cosas reaprovechables, como un módulo de integración con Twitter o un código de validación de usuarios. Y seguramente a pesar de todos tus esfuerzos terminas con proyectos no cobrados.

No tires los desperdicios: recíclalos. Documenta bien lo que sea reaprovechable y reutilízalo en nuevos proyectos. Guarda todas tus ideas no vendidas para nuevos clientes a los que pueda encajarles. Mejor partir de un “cajón de ideas” que de un lienzo en blanco.

Crea productos

Una de las mejores cosas que puedes hacer con los “desperdicios” que acabamos de comentar es convertirlas en productos. Hay marketplaces como los de envato en los que puedes vender ese trabajo que el cliente nunca llegó a pagar, o ese diseño alternativo que no aceptó. Obviamente tendrás que pulirlos y documentarlos para que sean aceptables, pero a cambio tienes una fuente de ingresos constante e independiente de tu esfuerzo.

Y esto es algo muy interesante: tener ingresos recurrentes que no te obliguen a trabajar continuamente es una de las mejores maneras de incrementar los ingresos por hora trabajada. Y no solo los diseñadores de temas para WordPress pueden tener ingresos significativos. Cualquiera que sea tu campo de especialización puedes vender algún producto relacionado: publicar un libro en Amazon es gratis, participar en un marketplace como los de envato es gratis, montar una plataforma sencilla para vender desde tu blog es gratis. Si usas un marketplace cedes una parte de tus ingresos a cambio de la visibilidad, si lo haces por tu cuenta tienes que tener una audiencia a quien vender o debes gastar dinero en marketing.

Otra ventaja de los productos es que funcionan como herramienta de promoción. Muchos desarrolladores de WordPress publican plugins gratuitos como herramienta de marketing para sus servicios de pago. ¿Qué mejor manera de demostrar a todo el mundo que eres un gran experto en SEO para WordPress que ser el autor de uno de los plugins de SEO más usados?

Por esto, si tienes huecos entre proyecto y proyecto, e incluso si no los tienes, harás bien en pensar qué productos puedes crear a partir de tus conocimientos.

Guía para calcular el precio por hora que debes cobrar por tus servicios

Si lo que estás planteando es un negocio en el que fundamentalmente vendes tus servicios, una de las primeras cuestiones que tienes que decidir es cuánto vas a cobrar. Lo normal suele ser mirar lo que cobra tu competencia, y poner un precio menor. Al fin y al cabo, tu estás empezando ¿no? Y es mucho más que lo que cobrabas antes por hora. Aunque sean 20€, si multiplicas 20€ por 160 horas al mes no está nada mal ganar 3.200€.

Pero después, cuando ya estás frente al cliente que mira ceñudo tu propuesta, te empiezan a entrar sudores fríos pensando que este mes vas de pena, que no has vendido nada, que a ver cómo vas a pagar las facturas… y cuando te proponen una rebaja del 50% aceptas sin pestañear. Al fin y al cabo, 10€ no es para tirar cohetes pero sigue siendo un precio por hora que te permite vivir dignamente, y es mejor que nada. O eso quieres pensar.

Todo esto, que es comprensible, es la semilla del fracaso.

Vamos a ir viendo por partes cómo debes calcular tu tarifa. De entrada, el precio “de mercado” es una referencia, pero solo eso. Si rascas un poco, verás que en cualquier sector es normal que haya quien cobra esos 10€ con los que tú te conformas, mientras otros cobran por encima de los 100€. 10 veces más, o 20 veces más. (No te fijes en estas cifras, aplica el factor multiplicador que sea necesario para que se ajuste a la realidad de tu sector)

Dejaremos para más adelante cómo podemos cobrar 100€ y no 10. Ahora vamos a partir de otros datos, que son los que te vas a encontrar si sigues la estrategia que acabamos de describir.

Lo primero es que descubres que no tienes 160 horas al mes que puedas cobrar. Enseguida lo analizamos con más detalles. Lo siguiente es que no siempre cobras, y casi nunca cobras a tiempo. Y además siempre hay gastos y con muchos de ellos no habías contado. Así que si que al cabo de pocos meses descubres que aunque supuestamente deberías ingresar cada mes 3.200€ con tu tarifa de 20€ por hora, la realidad es que trabajas 60, 70 u 80 horas a la semana para no llegar ni a mil euros.

De modo que es mejor hacer las cosas al revés. Vamos a partir de lo que te gustaría ganar. Supongamos que para ti 2.000€ están bien. Ese es tu objetivo, ahora vamos a ver cuánto tienes que cobrar por hora para conseguir esos 2.000€ al final de mes.

Lo primero que debes hacer es calcular tus costes. La cuota de autónomos, el asesor fiscal, la oficina, el móvil, la conexión a Internet, el transporte. Y no te olvides de los costes del trabajo en sí: papel, impresión, material, etc. Ahora súmale al menos 200€ (un 10% de tu sueldo objetivo) que debes ahorrar para poder jubilarte dignamente. No, no vale pensar que ahora estás empezando y que ya ahorrarás más adelante cuando te vaya mejor. Añade otros 100€ (un 5%) que deberías ahorrar para tener un fondo de emergencia. ¿O es que crees que te van a pagar por no trabajar si caes enfermo? Y no se te ocurra pensar que si pasa algo tienes el ahorro de los 200€. Esos son intocables, a no ser que quieras acabar tus días en un asilo de las Hermanitas de los Pobres. Para rematar, a lo anterior añade un 25% para impuestos. Que luego ya lo ajustarás, pero de momento te vale como aproximación.

Con lo que ya tenemos que tu objetivo no es facturar 2.000€ al mes, sino 3.000€ (y esto con una economía de guerra que controle hasta el último céntimo gastado). Demos por buenos esos 3.000€. Ahora solo falta dividir esos 3.000€ (lo que voy a ingresar cada mes) entre 160 (las horas que voy a trabajar al mes) para saber cuánto tengo que cobrar por hora ¿verdad?

Pues no. Ahora viene lo complicado. Resulta que querrás cogerte vacaciones de vez en cuando. De modo que trabajas 11 meses al año y no 12. Y ahora llega el momento de decidir cuántas horas vas a trabajar a la semana. Pongamos 40, que para eso eres tu propio jefe. Resta a esas 40 horas 2 horas de gestión. Y esto porque suponemos que tu asesor es bueno y no te hace trabajar más que lo estrictamente necesario. Ahora tienes que tener en cuenta el tiempo que dedicas a vender: visitas a clientes potenciales, redacción de propuestas comerciales, negociación… Pongamos otras 10 horas, si eres bueno vendiendo. Y deberás asumir cuanto antes que hay proyectos que no vas a cobrar, porque el cliente es un sinvergüenza, porque las cosas se tuercen, porque la crisis se lo lleva por delante… puedes establecer estrategias para minimizar esto, pero que va a haber horas trabajadas que no cobrarás es tan inexorable como que el sol salga por oriente. Y tendrás que dedicar tiempo a formarte, porque de lo contrario en el mundo en el que vivimos pronto estarás obsoleto y nadie te contratará. Y algo dedicarás al marketing, aunque solo sea para editar de vez en cuando tu página web o tu portfolio. Y un poquito de networking, que nunca se sabe cuándo te va a venir bien conocer a alguien. En resumen: que si de las 40 horas que trabajas puedes facturar y cobrar 20, la cosa no va nada mal.

Así que llegamos a la conclusión de que para ganar esos 2.000€ del principio trabajando 40 horas a la semana debes cobrar tus horas al menos a 40€ (3000€ / 80 horas al mes durante 11 meses al año). Porque como se te ocurra cobrar menos acabarás trabajando 80 horas a la semana y sin vacaciones o ganando menos que si te dedicaras a fregar escaleras.

Haz tus cuentas, adapta estos cálculos a lo que quieres ganar, lo que puedes o quieres trabajar y lo que necesitas gastar. Pero ten en cuenta todo esto y no pongas un precio “20% más barato que lo que cobra el mercado” sin pensar en ello, porque acabarás arrepintiéndote de haberte metido en todo este lío para vivir peor que cuando tenías un sueldo.

La siguiente pregunta es ¿y cómo consigo cobrar 40, 50 o 100€ si el precio medio en mi sector son 35?

La próxima semana responderemos a esta interesante pregunta.

Productividad para perezosos, gratis para Kindle en Amazon

Ayer publiqué la guía “Productividad para perezosos” en Amazon. El único formato, de momento, es la versión Kindle. Tal vez recuerdes que escribí por aquí una serie de entradas hablando de esto, y básicamente lo que he hecho ha sido recopilarlas, editarlas un poco y publicar el resultado. El precio es de un euro (en realidad 1,03 porque Amazon así lo ha decidido) pero a partir de hoy y durante 5 días (hasta el lunes 24) puedes conseguirlo gratis. A ver quién mejora este precio.

Como puedes comprender, no busco ganar dinero con él. El librillo está bien, estoy seguro de que a la mayoría de los lectores les va a aportar más valor que el euro que van a pagar por él, pero no creo que venda un millón de ejemplares. No aspiro a ganar dinero, lo que quiero conseguir es esto:

  • Hacer “músculo” para cuando lance mi nuevo libro. Probar el proceso de publicación, analizar qué información debo aportar, qué tengo que hacer para que se conozca, ver cómo se mueven (o no se mueven) las ventas…
  • Valorar otro canal para dar a conocer mi blog. No sé si Amazon va a servir para esto, pero probando solo pierdo el tiempo. Subir un libro es gratis, y a lo mejor incluso alguien lo compra y así en lugar de pagar cobro por hacer publicidad.
  • Mejorar mi reputación. Con este ebook no es mi objetivo convertirme en un experto en productividad personal, pero sí que la gente perciba que soy alguien con sentido común y visión práctica. Cualidades que pretendo que estén en el núcleo del trabajo que estoy haciendo en empresa ágil. Si en un futuro estas cualidades “inmateriales” son percibidas pro un cliente y ayudan a mejorar las probabilidades de una venta real, escribir y publicar el ebook habrá sido una buena inversión.

Ahora te pido un pequeño favor. Si te descargas el ebook y lo lees, ¿puedes dedicar un par de minutos a dejar tu opinión en Amazon?

Por qué te pagan tan poco

Es habitual oír en los mentideros del sector cómo los programadores se quejan de lo mal pagados que están y cómo les explotan las cárnicas. Queja que entiendo en parte, porque yo también fui una vez un programador contratado en precario por la subcontrata de la subcontrata de la megaconsultora (la difunta Andersen Consulting). Pero ahora sé que es inevitable que los programadores estén mal pagados, sean o no sean buenos.

Para entenderlo, basta con que te des una vuelta por la zona turística de tu ciudad y veas la oferta de los restaurantes. Con toda seguridad, la inmensa mayoría ofrecen un menú con un precio muy similar y basado en platos “típicos”. Tú sabes que apenas unos centenares de metros más lejos hay restaurantes más baratos, mejores y más auténticos, y te preguntas por qué los turistas insisten en ir a los malos restaurantes.

Lo que sucede, y os habrá pasado cuando habéis sido vosotros los turistas, es que tienes muy poca información acerca de la oferta gastronómica del lugar. Cada vez más hay quien busca en Internet, pero una buena crítica online no garantiza nada. Y por otro lado, tampoco tienes incentivos para dedicar muchas horas a analizar la oferta, porque ese tiempo prefieres dedicarlo a conocer el lugar. Así que miras tres o cuatro sitios, compruebas que el precio no es muy diferente y te metes en el que te convence un poco más que el resto. Tu comportamiento, y el de otros miles de turistas poco selectivos, presiona a los restaurantes para ofrecer comida de calidad justita a un precio casi estandarizado.

Con la oferta de “desarrolladores por horas” sucede exactamente lo mismo. El cliente no tiene ninguna manera de saber a priori si el producto (es decir, tú) será bueno o malo. No sirve la reputación de la empresa, porque no hay diferencia apreciable entre los programadores que provee Consulting Megacorp SA y los programadores que provee Desarrollos Paco SL. De hecho, es normal que los programadores de Desarrollos Paco aparezcan subcontratados en proyectos de Consulting Megacorp. Tampoco el precio sirve como referencia, porque el abanico de precios es muy corto. Consulting Megacorp tiene una sede fastuosa, comerciales perfectamente trajeados y directivos con sueldos estratosféricos, pero eso lo paga con proyectos de cientos de programadores, no cobrando tres veces más.

Y no cobra tres veces más porque no quiera hacerlo, sino porque ningún cliente se lo va a pagar. Entre otras cosas, porque el cliente no es tonto y sabe que de cada tres programadores que le vienen de Consulting Megacorp uno es un principiante, otro un torpe y el tercero un subcontratado de Desarrollos Paco, y no está dispuesto a pagar una fortuna por ese elenco de estrellas.

¿Podría entonces una empresa hacerse un hueco en el mercado ofreciendo programadores de calidad, al precio al que hay que cobrarlos? Es decir, puede una empresa pagar sueldos de 50.000€ e ir a los clientes diciendo, “te ofrezco programadores realmente competentes, con 5 años de experiencia, pero tienes que pagarme 15.000€ al mes en lugar de 6.000. Recuerda que según todos los estudios un buen programador es 5-10 veces más productivo que uno malo.”

Pues no, no podría. Porque también por el lado del cliente actúa el efecto “restaurante turístico”. Cuando el cliente subcontrata programadores “al peso”, es porque los proyectos a los que los destina no son críticos. Normalmente los tiene un tiempo prolongado, con lo que se van formando sobre la marcha, y acaban con una productividad decente para lo que cuestan. No le compensa asumir el riesgo de pagar mucho más por un beneficio que no sabe si realmente va a obtener.

Para los proyectos realmente críticos, o bien cuentan con personal propio, experto en su campo, o bien contratan el proyecto, no horas de programador. Es decir, si realmente necesitan expertos, lo que hacen es trasladar el riesgo del proyecto al proveedor: “necesito un sistema que haga X para dentro de N meses. Si no hace X para dentro de N meses, no cobras”. Como hay riesgo, hay beneficio. Y entonces el proveedor sí contrata programadores a los que paga bien para que hagan un buen trabajo a tiempo.

Por tanto, para salir de la rueda de las cárnicas, lo único que puedes hacer es:

- Dejar pasar el tiempo. De esta manera, o bien te echan de la empresa o bien te consideran un senior y pueden facturar algo más por ti (y pagarte un poco más). En cualquiera de los dos casos, ya no eres el último mono.

- Formarte y especializarte. Si la empresa solo te da cursos de Java, serás como otros miles de programadores iguales a ti, de modo que procura especializarte en algo, a ser posible algo con demanda. Bien formándote por tu cuenta, bien buscando que te coloquen en proyectos punteros.

- Hacer lo anterior y establecerte como freelance. Si realmente eres bueno, y tienes poca competencia, no tienes por qué dejar que otros se lleven todo el beneficio. Puedes eliminar un nivel de subcontrata, y ganar bastante más por hora.

Angulas o mejillones

Hace tiempo desarrollé una aplicación de gestión para un distribuidor de marisco. Como pasa en estos casos, aprendes mucho de su negocio, porque tienes que entenderlo para poder informatizarlo.

Una de las cosas que se me quedó grabada es cuando me explicó que él no vendía mejillones. “Hay gente que lo hace, porque se mueven muchos, pero tienes que estar todo el día cargando sacos para ganar muy poco”. Este hombre vendía angulas y marisco “de lujo” a algunos de los mejores restaurantes y marisquerías de Madrid, pero también género más normalito a clientes más normalitos. A lo que había renunciado era a vender cosas que supusieran mover muchos kilos para ganar poco dinero por kilo.

Nada es gratis, y vender angulas tiene sus costes. De entrada, una de sus obsesiones con el programa era que le ayudara a controlar las mermas. Unos gramos de diferencia en el peso de unas angulas puede suponer un montón de dinero, así que él quería saber exactamente cuánto había comprado y cuanto había vendido.

Otro problema es que cuando decides vender angulas tienes que conseguir clientes que puedan comprarlas. Cualquier bar de barrio compra mejillones, pero no todos los restaurantes compran angulas. Más aún: al renunciar a vender mejillones te arriesgas a que quien se los compre a otros les compre también los langostinos o las almejas y le pierdas como cliente.

Cualquiera de las estrategias vale. Puedes elegir entre vender “angulas” o “mejillones”. Pero tienes que tener en cuenta las consecuencias. No puedes ir a vender angulas con una furgoneta sucia, ni puedes aspirar a ganar dinero con las angulas si no controlas la merma. Y no puedes aspirar a ganar dinero con los mejillones si no estás dispuesto a cargar muchos kilos al cabo del día. Pero si eres consciente de lo que implica tu decisión, las dos estrategias son válidas.

Lo que rara vez funciona es intentar vender mejillones y angulas a la vez. Si lo intentas acabas deslomado de cargar mejillones y no controlas los gramos de angulas. La furgoneta se te llena de sacos de 20 kilos que como no tengas cuidado se mueven y machacan una caja de langostinos. No consigues buenos precios para las angulas porque mueves pocas y no tienes infraestructura (una furgoneta grande y un mozo que te ayude a cargar) para mover mejillones. Los clientes no se aclaran contigo y no se acuerdan si eres el de las angulas o el de los mejillones, así que llaman a otro.

3000€ o nada

Hace un tiempo una organización decidió contratar a un consultor para que dirigiera un grupo de trabajo durante un día. El grupo estaba formado por directivos de la organización, y el objetivo era tomar una decisión estratégica, con grandes implicaciones económicas y de calidad del servicio prestado.

Para ello se contactó con un consultor con experiencia, un ex-directivo de una gran empresa prejubilado y que se dedica ahora a tareas de consultoría y asesoramiento a directivos. La persona adecuada para dinamizar la reunión y conseguir obtener el máximo provecho de la misma.

Lo interesante es lo que pasó con el precio. Esta persona pidió 3.000 euros por esa jornada. En total, incluyendo la preparación, no creo que fueran más de 10-12 horas. Tal vez en otras circunstancias se hubiera pagado este precio sin pestañear, pero el caso es que en ese momento era imposible.

La decisión que tomó el consultor fue hacerlo gratis.

No discutió el precio, no hizo una rebaja. Explicó que le interesaba ayudar porque el problema le parecía relevante y quería participar. Obviamente, la organización contó con él, hizo su trabajo (muy bien hecho, por cierto) y todo lo que consiguió a cambio fue un café de máquina.

¿Tiene sentido todo esto? Vayamos por partes

¿Tiene sentido pretender cobrar casi 300€ por hora de trabajo?

Por supuesto que sí, siempre que encuentres a alguien dispuesto a pagarlos. Lo cierto es que si eres capaz de ayudar a una empresa a ganar unos cuantos millones de euros con una jornada de trabajo, que solo cobres 3.000€ por esa jornada es un chollo para la empresa.

¿No sería mejor hacer una rebaja y cobrar 1.500€ en lugar de 3.000€?

No, si quieres volver a cobrar 3.000€. En el momento en el que aceptas que tu precio son 1.500€, ya es mucho más complicado volver a cobrar 3.000€ por lo mismo.

¿No sería mejor simplemente renunciar a la oportunidad, no perder esas horas y buscar a un cliente dispuesto a pagar?

En casi todos los casos, no. Si eres capaz de ganar 3.000€ en una jornada, con que trabajes un día a la semana tienes para vivir dignamente. De modo que los otros cuatro días puedes estar leyendo a Kierkegaard, jugando al mus o cualquier otra cosa que te apetezca. Salvo que algún rato tienes que dedicar a buscar esos clientes que te pagan 3.000€ por un día de trabajo.

¿Y qué mejor manera de hacerlo que haciendo una demostración práctica? Dedicando esas horas “gratis”, el consultor consiguió:

  • Ser la primera opción si en el futuro surge una oportunidad similar, pero pagada.
  • Que los directivos de la organización le conozcan y tengan buena opinión de él.
  • Que la organización, y en concreto el organizador de la jornada, le deban un favor.
  • Conocer de primera mano un problema importante de una organización importante, y a los responsables de resolverlo.
  • Es decir, si en un futuro el consultor necesita algo de la organización o de los presentes, tiene muchas probabilidades de conseguirlo. Si algún conocido de los directivos busca a un profesional con un perfil similar, recomendará al consultor. Cuando otro cliente se plantee contratarle, puede decir “ayudé a la organización XX en una ocasión, puedes hablar con ellos para pedirles referencias”.

    ¿Y tú? ¿Tienes planteada una estrategia de “rebajas”? ¿Sabes cuándo y a quién hacerle un descuento? ¿Sabes cuándo trabajar gratis es una inversión y cuándo es una estupidez?

    El valor de tu trabajo depende de ti

    Os contaré una historia, que a mi me ha hecho reflexionar. Probablemente a muchos os sonará el nombre de Robert Capa, famoso entre otras cosas por la fotografía de un miliciano cayendo muerto en la Guerra Civil.

    Capa era en realidad el seudónimo de una pareja de fotógrafos, formada por el húngaro Ernest Andrei Friedmann y la alemana Gerda Taro. A mediados de los años 30 ambos intentaban vivir de su trabajo en París, pero sus trabajos eran a menudo rechazados y siempre poco valorados. Así que se les ocurrió inventarse a un fotógrafo estadounidense, al que llamaron Robert Capa, y duplicaron el precio que pedían por sus imágenes. La operación tuvo éxito, y los mismos que antes rechazaban los trabajos de Friedman y Taro compraban los de Capa por mucho más dinero.

    ¿Qué quiere decir esto? Que el precio de nuestros servicios depende en gran medida de la percepción que el cliente tenga de nosotros. Por eso muchas veces la humildad y los precios bajos son una receta segura para el fracaso. Aunque estés empezando, debes hacerte valer y establecer unos precios que a ti te permitan vivir con dignidad y al cliente asegurarse de que lo que está contratando tiene calidad.

    Para conseguirlo, como Friedman y Taro, tienes que aportar a tu oferta algo que la distinga, y que refuerce la percepción de calidad. Si no puedes hacerte pasar por yanki, piensa qué puedes hacer para que tu cliente potencial perciba todo el valor de lo que le estás ofreciendo.

    ¿Qué pasaría si doblas el precio?

    Imagínate que tienes que doblar el precio de tu producto o servicio. Es el experimento que proponen en Freelance Switch.

    ¿Qué tendrías que hacer para que eso funcionara? Y no vale decir “es que en mi negocio no puedo hacerlo, porque la competencia se me comería”. Seguro que en tu negocio hay gente que está cobrando la mitad que tú (aunque algunos de ellos estén al otro lado del mundo, eso cada día está más cerca), y también hay gente que consigue cobrar el doble o más.

    Dicho de otro modo, la pregunta es ¿cómo puedes añadir valor a tu propuesta para conseguir que te paguen el doble de lo que te pagan ahora? O tal vez ¿cómo puedes encontrar y convencer a los clientes que están dispuestos a pagar el doble de lo que pagan tus clientes actuales?

    Equivocarse en el precio

    No vi el programa “El Aprendiz” que se estrenó la semana pasada, pero por lo que me han comentado el primer candidato descartado lo fue por haberse equivocado al poner un precio. Tanto se equivocó que estableció el precio de venta por debajo del coste.

    Este error puede parecer absurdo, aunque yo lo he visto en empresas reales. Cierto que vendían servicios y productos más complejos que unas aceitunas y con márgenes muy estrechos, pero establecer mal un precio es más frecuente de lo que uno puede pensar. Una vez me contaron el caso de una señora mayor, viuda, que puso una papelería y asignaba los precios a los artículos con el único criterio de “lo que le parecía a ella que debían costar las cosas”. Así que algunos artículos los ponía a la venta con un margen del 300% y otros muy por debajo de su coste. Cerró al poco tiempo, claro.

    Poner el precio sin tener en cuenta el coste es un error grave, pero también es peligroso hacerlo teniendo en cuenta sólo el coste. El precio es uno de los elementos de marketing más importantes. Y es que el precio es clave a la hora de convencer a un cliente potencial, entre otras cosas, porque es uno de los pocos elementos objetivos que tenemos para comparar con la competencia.

    Cualquiera de nosotros compra decenas de cosas al cabo del mes, y no puede ser experto en todas. Más bien sucede al contrario: casi todas las decisiones de compra las tomamos con información parcial. Primero, porque no tenemos tiempo para analizar todos y cada uno de los ingredientes de un producto, todas las características de un servicio y compararlo con absolutamente todas las alternativas. Después, porque nos falta formación para entender la diferencia entre las características técnicas de dos productos. ¿Este tejido es mejor que este otro? ¿Una web hecha con Flash es mejor que una que cumpla con XHTML estricto?

    De modo que nos basamos en impresiones subjetivas: el envoltorio, el comercio, el vendedor, los anuncios que hemos visto… Pero además de esas sensaciones y percepciones irracionales, agradecemos alguna información que satisfaga al lado izquierdo de nuestro cerebro. Y para esto el precio es una información excelente. El problema es interpretarlo correctamente.

    Por ejemplo, tendemos a pensar que un precio barato es sinónimo de mala calidad, y un precio alto de lo contrario. De modo que, al contrario de lo que creen muchos emprendedores, a veces la estrategia correcta no es empezar con un precio muy bajo para conseguir robar clientes a la competencia. El cliente suma el desconocimiento de nuestra marca con un precio barato y le da como resultado desconfianza. Por el contrario, un precio alto, si conseguimos asociarle una idea de exclusividad o personalización (y a esto sí puede aspirar una empresa pequeña), es percibido como señal de calidad.

    Por todas estas razones, es importante pensar en el precio desde el mismo momento en que empezamos a diseñar un producto o servicio, y utilizarlo como un instrumento más para ganar clientes.

    ¿Qué precio pongo a mi producto/servicio?

    Determinar el precio de un producto o servicio es una de las tareas más difíciles a las que se enfrenta el emprendedor. Es como describe Muñoz Seca en La Venganza de Don Mendo el juego de las siete y media:

    [...] un juego vil
    Que no hay que jugarlo a ciegas
    Pues juegas cien veces, mil
    Y de las mil ves, febril,
    Que o te pasas o no llegas.

    Y el no llegar da dolor
    Porque indica que mal tasas
    Pero ¡ay de ti si te pasas!
    Si te pasas es peor.

    Una tentación muy común es bajar los precios. El razonamiento viene a ser algo así como que para competir con los establecidos tu principal arma es el precio, ya que no cuentas con factores como el prestigio, la experiencia o las referencias. En el fondo, lo que hay detrás es desconfianza por parte del emprendedor hacia el producto o el servicio que está intentando posicionar en el mercado.

    La Harvard Business School publicó un artículo titulado Low Prices = More Customers? Not Always. Es decir, “¿Precios bajos = más clientes? No siempre”. En él se dicen cosas como ésta:

    Las bajadas de precio proactivas no te hacen diferente, ni mejor. Te hacen más pobre, a menos que tengas la evidencia, los datos, y las matemáticas que prueben otra cosa.Esto es verdad independientemente de cómo bajes los precios. Puedes bajarlos mediante reducciones directas de precio, ofreciendo cupones o descuentos, y apilando servicios para tus clientes con tal de cerrar un trato o asegurar una relación ya existente con un cliente.

    [...]

    Bajar los precios casi siempre resulta en una enorme transferencia de riqueza de los accionistas de la empresa a los clientes. Diriges una empresa, no una ONG.

    Hay que analizar cada caso, y probablemente una empresa pequeña que acaba de empezar pueda colarse en algunos clientes simplemente porque puede ofrecer precios mejores y seguir ganando dinero. Pero en general, y a largo plazo, es preferible cobrar un precio razonable y aprovechar la ventaja de costes para ofrecer mayor calidad.

    En cualquier caso, es fundamental conocer el valor que ofreces a tus clientes. Por eso es importante, para fijar el precio, basar tu propuesta en una necesidad del mercado y no en una idea genial, como explicábamos anteriormente.

    Partir de lo que nos cuesta a nosotros producir ese bien o ese servicio nos lleva a cometer errores como fijar precios muy por debajo de lo que el mercado está dispuesto a pagar o precios elevados que el mercado no está dispuesto a asumir, como en el juego de las siete y media.

    César Pérez Carballada explica muy bien por qué es importante partir del valor percibido por el usuario para determinar el precio, incluso antes de crear el producto.

    Y es que, al final, la esencia del libre mercado es esa: tu cliente valora lo que le ofreces más de lo que a ti te cuesta producirlo. Te paga por ello, y los dos salís ganando. Si a ti te cuesta 10, y lo vendes por 1.000, será porque para tu cliente eso que le ofreces vale más de 1.000. Te has ganado los 990 de diferencia.

    Habrá quien piense que en tiempos de crisis, cuando todo el mundo busca gastar lo menos posible, no es momento para ser caro. Seth Godin escribió en su blog que cuando te dicen que algo es demasiado caro, no es verdad. En realidad, “demasiado caro” significa “lo que tú me ofreces no me aporta suficiente valor como para gastarme el dinero que me pides”.

    Como dice Godin, ante esta objeción de un cliente, la primera respuesta es bajar el precio. Pero puedes optar por reformular tu propuesta, y hacérsela llegar a clientes que perciban su valor. O, lo mejor de todo, puedes hacer que merezca la pena pagar por ello.

    El precio de los servicios

    Aún así, si lo que tú ofreces son servicios, puede haber un motivo para ofrecerlos baratos: tienes una capacidad de producción (propia o con personas contratadas) que no puedes guardar en un almacén y vender más tarde. Una hora que se pasa sin facturar ya no se recupera, así que la tentación de poner un precio muy bajo “porque es mejor que nada” es muy fuerte.

    Sin embargo, el precio da una información sobre el valor de nuestros servicios. Si el precio es barato, el cliente interpreta que el valor es bajo, aunque en realidad seamos unos profesionales excelentes capaces de hacer un magnífico trabajo. Y nos contratará para tareas en las que aportemos poco valor, y en las que el riesgo sea bajo. Cuando entras en esa rueda, tus referencias acaban siendo de poco valor, y ya nadie te ve como el experto al que pagaría bien para que resolviera un problema complejo. Ángel Medinilla lo explica de manera muy gráfica con una fábula.

    Así que tenemos una situación complicada. Poner un precio alto a nuestros servicios nos permite obtener buenos márgenes y tener éxito, pero el riesgo de cerrar la empresa por no encontrar clientes dispuestos a pagar en la fase inicial es alto. Poner un precio bajo puede convertirnos en proveedores de empresitas sin mucho presupuesto, dedicados a trabajos ingratos y sustituibles por quien haga el mismo trabajo por unos pocos euros menos. Poner un precio medio no nos distingue, y puede hacer que no nos contraten ni los clientes exigentes ni los que buscan el mejor precio.

    ¿Cuál es la solución entonces? Pues haber hecho los deberes a tiempo, y tener claro desde el principio a qué mercado nos vamos a dirigir.

    ¿Queremos clientes que valoren la calidad? Entonces hay que tener claro que podemos aportar mucho valor y desarrollar una estrategia de comunicación que lo haga visible a nuestros clientes potenciales. Y eso incluye no solo oficinas de lujo, ropa de marca o tarjetas de visita con relieve, sino tener un precio acorde al valor que aportamos (alto) y no apearnos de él. Si acaso, podemos seguir la estrategia de tener una “segunda marca” que haga trabajos baratos que nos den de comer cuando falten los clientes “top”.

    ¿Queremos tener asegurado el trabajo y un flujo constante de clientes? Entonces debemos mantener una estructura de costes muy ajustada, contar con perfiles junior (baratos) para hacer el trabajo (que se irán de la empresa en cuanto tengan algo de formación y experiencia), trasladar al mercado la idea de empresa eficaz y barata para trabajos sencillos y cotidianos y no perder el tiempo cuando veamos pasar delante de nosotros oportunidades a las que solo pueden aspirar los que hayan basado su marca en la excelencia.

    ¿Cobrar por hora o por proyecto

    ¿Te gustaría cobrar 100, 200 o 500 euros por hora de trabajo? No, no es imposible. Aunque tampoco es fácil: requiere que sea muy bueno en lo que haces, que seas capaz de convencer de ello a un cliente y que estés dispuesto a asumir riesgos. Muchos emprendedores, a la hora de poner precio a sus servicios, optan por establecer un precio por hora de trabajo. En principio, la idea de cobrar por hora parece atractiva: si el proyecto se alarga, o hay dificultades, tú simplemente cobras más. Por el contrario, cuando al cliente le has dicho: “te voy a cobrar 1.000 € por desarrollar la aplicación” o “el logotipo de tu empresa te va a costar 500 €”, no cobrarás más si surgen problemas en el desarrollo o ninguno de los cien logotipos que has diseñado le satisface.

    Pero cobrar por horas también tiene sus problemas. De entrada, que no puedes cobrar más allá del precio por hora que es habitual en el mercado. Si un programador freelance cobra entre 25 y 50 euros, no puedes presentar un oferta pidiendo 100 euros por hora, aunque seas tres o cuatro veces más productivo que un programador medio.

    Y, sin embargo, cuando tienes experiencia y eres realmente bueno, eres también mucho más eficaz. Desarrollar la primera página web puede llevarte una semana, pero cuando has hecho cincuenta una página parecida apenas te lleva una mañana. ¿Debes entonces cobrar cinco veces menos por hacer un trabajo mejor y más rápido?

    Por otro lado, al cliente no le importa tanto el tiempo que dedicas a una tarea como el valor que obtiene de ella. Es ese valor percibido el que marca el precio que está dispuesto a pagar. Convence a tu cliente de que saldrá ganando con el resultado de tu trabajo, y no tendrá problemas en pagarte lo que le pidas.

    Claro que poner precio a un proyecto es mucho más difícil que poner precio a una hora de trabajo. Al fin y al cabo, es relativamente fácil saber cómo se mueve el mercado para poner un precio a tus horas que esté en consonancia, y esa suele ser una aproximación bastante buena. Cobrar por proyecto implica conocer bien tus costes, identificar los riesgos, saber el valor que aportas al cliente y ser capaz de convencerle de ello. No es sencillo, pero si lo consigues la recompensa puede ser ganar esos 100, 200 o 500 euros por hora.

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