Desencadenado

Como crear tu empresa: información para emprendedores, real como la vida misma.

¿Por qué? o ¿Para qué?

No es lo mismo plantearse una pregunta que otra.

El ¿por qué?, en el mejor de los casos, no sirve más que para satisfacer nuestra curiosidad. En el peor, para autojustificarnos y sentirnos satisfechos con lo que vamos a hacer. Gritamos “porque alguien nos ha tratado mal”. Comemos demasiado “porque estamos estresados”. Ignoramos a quien necesita nuestro tiempo “porque estamos demasiado ocupados”. Estudiamos una ingeniería o trabajamos en una multinacional “porque es lo sensato”.

El ¿para qué? puede hacernos cambiar nuestro comportamiento. Pensar en el resultado que tendrá nuestra acción y valorar si es lo mejor que podemos hacer para conseguir nuestros objetivos. Gritar, comer demasiado o ignorar al que nos pide ayuda pueden aliviarnos a corto plazo, pero los problemas volverán por mucho que gritemos o comamos. Seguir el camino seguro puede evitarnos riesgos, pero puede matar nuestra iniciativa e impedir que seamos plenamente felices.

Si nos preguntamos ¿para qué? podemos decidir actuar de otra manera: evitar la situación desagradable, actuar para que no se repita, explicar a la otra persona lo que esperamos de ella y lo que puede esperar de nosotros… O decidir que unos estudios o un trabajo son solo medios, que lo importante es lo que hagamos con nuestras vidas, y que somos libres para hacer lo que queramos con ellas.

Estrategia y táctica


Escribe hoy Seth Godin sobre estrategia y táctica. Certero, como siempre:

La táctica es fácil de plantear, porque decimos “Voy a publicar esto”. Si lo publicamos, ya hemos triunfado. La estrategia da miedo, porque describimos resultados, no acciones, y eso significa oportunidad para fracasar.
En mi experiencia, la gente se obsesiona con los detalles tácticos antes de adoptar una estrategia… y como resultado, cuando una táctica falla, empiezan a cuestionarse la estrategia que nunca llegaron a adoptar de verdad.

Cuando tu empresa se ataca a sí misma

¿Cómo saber si una empresa se ha hecho demasiado grande?

Un señal inequívoca es cuando se demanda a sí misma, y contrata a abogados diferentes para demandarse y defenderse. No es broma. Es lo que ha hecho Wells Fargo.

El banco tiene dos hipotecas en un bloque de apartamentos en Sarasota, Florida, que pertenecen todos al mismo dueño. En un caso de ejecución hipotecaria respecto a la primera de las hipotecas, ha demandado a los tenedores de las hipotecas del resto de apartamentos, lo que incluye al propio banco. Así que para defenderse de si mismo, ha contratado a una firma de abogados diferente, que por supuesto ya ha escrito para defender a Wells Fargo (el demandado) de Wells Fargo (el demandante).

Sin llegar a estos extremos, es frecuente que en empresas grandes la coordinación deje mucho que desear. Departamentos que compiten entre sí e incluso entran en guerras de precios, mensajes incoherentes al mercado, personas o equipos enteros que actúan contra el bien de la compañía…

Pero incluso en las empresas pequeñas podemos estar “disparándonos en nuestro propio pie” sin ser conscientes de ello. Después de reírte de Wells Fargo, piensa: ¿seguro que en todo lo que hace mi empresa no hay nada que no vaya contra los intereses de la misma?

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Clientes tóxicos

No, el cliente no siempre tiene la razón. A veces puede ser simplemente molesto, otras dañino y otras incluso mortal para tu empresa. Los clientes no son todos iguales, y por eso necesitas tratarlos de forma diferente.

Incluso despedirlos si es preciso.

Veamos primero qué tipo de cliente es perjudicial para tu negocio, y después qué hacer con ellos.

Clientes dañinos

Clientes no rentables. Son aquellos que te producen más gastos que ingresos. Sí, los hay. Por muchos motivos: devoluciones o necesidad de hacer correcciones en tu trabajo, clientes que solo aprovechan las ofertas en las que vas prácticamente a coste pero nunca compran nada en lo que haya margen, clientes esporádicos que cuestan más en ventas y marketing que el beneficio que dejan…

El problema con estos clientes es que cuesta ver que son un problema, porque siempre queda la esperanza de que la siguiente compra sí sea importante. Cada empresa debe analizar el nivel de “paciencia” que tiene con un cliente, pero es importante definir a partir de qué punto decidir que un cliente no interesa.

Clientes negativos. Son los que exigen más de lo que pagan. Los que nunca están satisfechos, los que critican tu trabajo continuamente, que exigen compensaciones por agravios más o menos reales. Siempre están dispuestos a ver la paja en tu ojo y no la viga en el suyo. Lo peor es que te obligan a satisfacer sus demandas, porque te hacen creer que estás en deuda permanente con ellos.

Clientes erráticos. Cambian las fechas de entrega, los requisitos, las especificaciones, desaparecen durante días o semanas dejando colgado el proyecto… y no tienen respeto por tu trabajo. Dedicas muchas más horas y recursos de los previstos para satisfacer el capricho del momento, siempre esperando que el último cambio sea de verdad el último.

Clientes que no lo son. Son los que te hacen perder el tiempo sin llegar a comprar nada nunca. Te piden ofertas, te consultan sus problemas, te hacen presentarles alternativas… pero la compra nunca llega. A veces porque solo te usan para tener la información técnica que necesitan para pedir una oferta a otro proveedor, a veces porque te usan para comparar precios, y a veces simplemente porque no tienen capacidad de comprar, les gustaría tenerla y marear a proveedores es su forma de compensar.

Clientes promesa. A veces coinciden con los anteriores. Son los que compran algo que vale 100 pero pagando solo 10 (o incluso 0), porque “es solo el principio y si esto sale habrá muchos más pedidos más adelante”. Siempre tienen contactos importantes, o son una gran empresa con gran capacidad de compra, o están en plena expansión. Pero pasa el tiempo y esa promesa se queda en eso, en promesa.

Clientes desagradables. Pueden ser maleducados, o gritones, o despectivos, o cutres, o tener problemas internos que te trasladan a ti… el caso es que cada vez que tienes una reunión con ellos sientes que te pesa el alma y te entran unas ganas cada vez más irrefrenables de salir corriendo según te vas acercando a su sede.

Clientes morosos. A veces simplemente se retrasan en los pagos, pero otras veces son caraduras que hacen del pagar lo más tarde posible (o no pagar) toda una estrategia de empresa. En realidad, poco importa que realmente no puedan pagar o que no quieran hacerlo: para tu empresa el efecto es el mismo.

Cómo tratar a los clientes difíciles

Lo primero es distinguir los problemas que son inevitables en cualquier trato entre dos o más personas de los problemas de fondo que son difícilmente resolubles. Hay circunstancias que tienen su origen en diferencias de criterio y pueden resolverse con diálogo y negociación. Por tanto, lo primero que debes hacer si no estás a gusto con un cliente es exponer la situación y tratar de reconducirla. Aunque parezca increíble, muchos clientes pueden no ser conscientes del perjuicio que te están causando con su comportamiento.

Pero en otras ocasiones el cliente es realmente tóxico. Eso sí, si tienes más de un 20% de clientes que encajan en alguna de las categorías anteriores, el problema lo tienes tú. O no sabes seleccionarlos, o tú mismo tienes un carácter problemático que saca lo peor de otras personas.

Si es el caso, analiza bien qué puedes estar haciendo mal para actuar como imán o como desencadenante de situaciones incómodas. A veces el origen puede estar incluso en mostrarse demasiado complaciente ante los clientes. Consciente o inconscientemente, pueden interpretar esa voluntad de agradar como “permiso para abusar”.

Lo normal es que los clientes difíciles sean solo un 20%, pero que generen el 80% de tus preocupaciones. Si estás en esos ratios, lo que tienes que hacer es librarte de ellos. Muchas veces esto es más fácil de decir que de hacer. Hay contratos, ingresos pendientes, esfuerzo invertido… pero puedes y debes hacerlo.

1. Da por perdidos los costes hundidos (sunk costs). Muchas veces nos vemos enfrentados al mismo dilema del jugador que ha perdido mucho y se empeña en seguir jugando para “recuperar”. Si analizando fríamente la situación ves que tu cliente va a seguir generando problemas y consumiendo toda tu energía, empieza por dar por perdido lo que hayas invertido en el proyecto. A partir de ahí te sentirás mucho más libre para tomar decisiones.

2. Orienta todas los esfuerzos al cierre del proyecto. Olvídate de contratos futuros, de ampliaciones, incluso de “quedar bien”. Tu primer objetivo debe ser salir del cliente cuanto antes. Si puede ser sin muchas heridas, mejor. Si hay un contrato que te ata, lo primero es analizar bien los términos para ver cómo puedes cumplir tu parte en poco tiempo y sufriendo lo menos posible. Puedes incluso intentar negociar una salida ordenada, si el cliente también percibe un problema por su parte.

3. Corta rápido con los caraduras. Con los que no pagan, o no contratan, muéstrate educado pero firme. No muevas ni un solo dedo hasta que no hayas cobrado todo lo que te deben, y a partir de ese momento plantéate si realmente te interesa trabajar con el riesgo de otro impago. Si decides repetir, asegúrate de cobrar al menos una parte por adelantado, y aplica un precio que compense el riesgo.

4. Sube los precios. Según el tipo de problemas que te cause el cliente, tal vez puedas compensarlos con una mejora en los ingresos que te genera. Y si decide que no le interesa, ya tendrás claro que el trato nunca hubiera sido satisfactorio para ti.

5. No vuelvas a trabajar para él. No tiene sentido montar una escena en la que “le cantes las cuarenta”, porque jamás se convence así a nadie de que su comportamiento es inadecuado. No te esfuerces en educarle, no lo conseguirás y además no es asunto tuyo. Simplemente puedes decirle que ahora mismo no puedes atenderle, que estás reorientando tu negocio y que lo que él pide ya no encaja en tu oferta. O incluso que ahora no tienes tiempo, que tal vez en otra ocasión…

No temas “despedir” a un cliente de estos, aunque creas que necesitas los ingresos que genera. Cuando lo hagas, descubrirás que tienes más tiempo y más ganas para dedicarte a clientes honestos, que merezcan la pena, que te traten con respeto, obtengan beneficios gracias a lo que tu empresa les aporta y te compensen adecuadamente por ello. A tu empresa le irá mejor y tú serás mas feliz.

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Foco

Ahora tu empresa ya está lanzada: está formalmente constituida, tienes las operaciones en marcha, estás desarrollando un plan de marketing, vendes, controlas las finanzas… ¿Qué debes hacer ahora?
Hacer caso de este párrafo del Bootstrap Manifesto de Seth Godin:

Soy un rayo láser. Las oportunidades intentarán nublar mi foco, pero no abandonaré mi objetivo ni mi plan; hasta que lo cambie. Y sé que los planes están hechos para ser cambiados.

El riesgo de aceptar cualquier cosa que se ponga a tiro

El proceso de poner en marcha una idea empresarial es ilusionante, pero el día a día puede ser muy duro. Más al principio, cuando sobran los problemas y faltan los recursos. Cuando los clientes tardan en llegar, los pagos se multiplican y el dinero con el que contabas desaparece entre tus dedos sin saber cómo.

Y surgen oportunidades que parecen atractivas. Proyectos que no son exactamente lo que tú quieres hacer, pero que te pueden hacer ingresar unos miles de euros. Clientes que no son exactamente el tipo de cliente para el que quieres trabajar, pero qué vas a hacer si otros tardan en aparecer.

En realidad, es un espejismo similar a lo que pasa con el atractivo sexual de las parejas potenciales según avanza la noche y el nivel de alcohol en sangre: lo que antes te parecía un orco de Mordor ahora podría ser portada de una revista de moda.

El problema de dejarse llevar por este espejismo es que normalmente tenías una buena razón para no embarcarse en este tipo de proyectos: dan más disgustos que dinero. Te consumen una gran cantidad de tiempo, te impiden dedicarte a tu objetivo, generan frustración y malos rollos en tu equipo…

También puede sucederte si te dedicas a los productos y no a los servicios: llevándolo al extremo, si tu idea de negocio era una tienda de productos ecológicos, no puedes poner una estantería con transgénicos, por mucho margen que dejen, porque acabas confundiendo a tus clientes, a tus colaboradores y a ti mismo.

Y también es un problema dejar el nicho de mercado que te habías propuesto conquistar. Solo puedes ser el mejor especialista en marketing de Internet para restaurantes si te dedicas por completo a los restaurantes y no aceptas trabajar para ferreterías o despachos de abogados.

Al final, cuando pierdes el foco, pierdes esa ilusión y esas ganas de dedicarte en cuerpo y alma a tu empresa que son tan necesarias para sobrevivir a los tiempos difíciles. Y acabas abandonando desmoralizado, suspirando por un trabajo normal en el que solo tengas que lidiar con un jefe y no con varios clientes irracionales.

Otra cosa, como dice Godin, es que descubras que tienes que cambiar tu plan original. Que haya una oportunidad de negocio que no hayas detectado al principio, pero que encaja en tu idea de empresa. Si es así, fenomenal: analízala, intégrala en tu oferta y asúmela como propia.

El riesgo de dispersarse

Un emprendedor es un ser inquieto por naturaleza. Tiene ideas constantemente, ve claramente oportunidades que a la mayoría se le ocultan… y esto es un grave peligro para la supervivencia de la empresa.

Poner en marcha una empresa es un proceso ilusionante que requiere creatividad, pero después el día a día puede ser agotador. En esos momentos, uno levanta la vista, descubre ideas atractivas que parecen más fáciles de llevar a cabo, conoce a emprendedores de éxito que están en negocios que parecen muy fáciles, y considera que está siendo un estúpido por empeñarse en sacar adelante una idea con tantos problemas.

Por seguir con los símiles erótico-relacionales, se trata del equivalente a la crisis que sufren muchos matrimonios después de unos años de casados. Ya conoces todos los defectos de tu pareja, y empiezas a ver por ahí gente divertida, atractiva, que aparenta no tener problemas y con los que la vida sería una continua fiesta de vino y rosas.

En realidad, esas parejas potenciales y esas ideas de negocio tienen sus propios problemas, solo que cuesta descubrirlos cuando solo les echas un vistazo superficial. Como ya hablamos en su momento, la idea de negocio no vale nada. Cuenta la ejecución. Y cuesta un gran esfuerzo sacar adelante cualquier empresa.

Por eso, procura ponerte orejeras como las de un burro, tápate las orejas como hizo Ulises para no escuchar a las sirenas, y sigue adelante con tu idea.

Y si hablas con un emprendedor exitoso, procura aprender de sus métodos, no de su idea.

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El secreto del éxito está en ser diferente

“Vosotros sed fríos o calientes, porque a los tibios les escupiré de mi boca”. Eso dice la Biblia, y algo parecido dice Seth Godin, que algo sabe de marketing.

A la hora de llevar al mercado nuestros productos, incluso a la hora de definirlos, existe la tentación de ser cobarde, de hacer lo que hace la mayoría. El ser humano es gregario, y busca la aprobación de su entorno social. Por eso es más fácil dejarse llevar y crear ofertas que sigan la “moda”.

Seguir la corriente mayoritaria es cómodo. No tienes que remar, el mercado entiende fácilmente tu propuesta porque es como la de tus competidores, en lugar de desarrollar una estrategia para el futuro puedes limitarte a reaccionar según lo haga el resto de la bandada…

El problema, claro, es que las grandes recompensas las consigue el que va contra corriente. El que se sale de la norma. Casi siempre ser radical o extremista en tus propuestas te lleva derecho al desastre, claro. Pero si ganas, ganas de verdad.

En un mundo en el que las barreras de entrada son cada vez menores en todos los sectores, diferenciarse es casi una necesidad, la única manera de mantener alejados a los competidores al menos durante un tiempo. Y al fin y al cabo, para ser mediocres también podríamos buscar un trabajo normal en lugar de meternos en el lío de crear una empresa ¿no?

Sin ánimo de ser exhaustivo, estas son formas de diferenciarse que distintas empresas han usado con éxito:

Ser más caro

Apple disputa el puesto de primer fabricante de hardware a HP y Dell, y supera en valor al otrora número uno IBM. Durante años, mientras todos los fabricantes hacían ordenadores personales indistinguibles entre sí, optó por ser diferente. Estuvo a punto de hundirse, pero al final esa estrategia de ser diferente le ha hecho ser más rentable que las otras compañías de hardware. Y ha visto como competidores de renombre cerraban o abandonaban el negocio.

Ser barato es más difícil que ser caro. Tienes que ser muy, muy eficiente para vender por debajo de tus competidores y ganar dinero. Además, necesitas conseguir volumen. Cuando estás en un negocio que apenas maneja un margen bruto del 5%, como el de los ordenadores personales, cualquier fallo hace que una operación te cueste dinero en lugar de darte beneficio.

Por el contrario, si eres caro, puedes contar con márgenes mucho mayores, que te aseguran mayor tolerancia frente a pequeñas ineficiencias. Y no necesitas un volumen grande para ganar dinero.

No es fácil conseguir, como lo consiguió Apple, que tus clientes paguen el doble o el triple por tu producto que por el de la competencia. Pero merece la pena intentarlo.

Ser mucho más barato

Si eliges ser más barato, tienes que conseguir ser mucho más barato. Escandalosamente más barato. Es el camino al éxito de IKEA o Ryanair, por ejemplo. Aunque parezca un contrasentido, ser muy barato cuesta mucho dinero. La única manera de compensar un beneficio bajo por cada cliente es tener muchos clientes, y eso requiere hacer grandes inversiones en marketing. Tienes que tener además unas operaciones preparadas para atender a una gran cantidad de clientes. Y esas operaciones tienen que funcionar como la seda, porque cualquier error supone una pérdida. Y todo esto también cuesta dinero.

Una alternativa es que descubras una manera de hacer las cosas con mucho mayor margen que los competidores instalados. Si es así, enhorabuena y adelante. De lo contrario, piensa en otra cosa.

Ser exclusivo

A veces la mejor manera de conseguir que un determinado perfil de cliente te elija es rechazar a otros, incluso a muchos. Decir “no eres bienvenido” a la inmensa mayoría de los clientes es una estrategia que les funciona muy bien a muchas empresas. ¿Ejemplos?

La cadena de tiendas de regalos Musgo es (o era, hace tiempo que no piso una) conocida por la bordería de sus dependientas, que antes de dignarse a atenderte te miraban displicentes con aires de duquesa, para después decirte con un gruñido que no tenían lo que buscabas y dedicarse a otra clienta más pija y más guay. ¿Por qué la dirección mantiene a unas dependientas más pijas que los hijos de Isabel Preysler y que maltratan a la mayoría de los clientes potenciales? Pues porque los clientes de verdad, los que se gastan una pasta, quieren saber que ellos sí son bien tratados, que esa tienda está a su nivel, que no están comprando en Ikea o en una tienda de barrio.

Las discotecas de moda fabrican colas de gente a su puerta. En parte, por mantener una proporción de “gente guapa” en el interior, que es parte del atractivo del local. Pero también porque una cola produce sensación de escasez, y aumenta el deseo de conseguir acceder al sancta sanctorum, al lugar reservado a los elegidos.

Todos los centros educativos privados (desde guarderías a universidades o escuelas de negocios) entrevistan a padres y alumnos, y rechazan sin contemplaciones a decenas o centenares de alumnos que no cumplen los criterios de admisión (dinero, recomendaciones, familia, educación, nivel social…). Aunque puedan pagar el importe de los estudios, y por tanto ser clientes rentables.

Otras empresas son más sutiles: no dicen expresamente “tú no puedes entrar”, pero mantienen una política de precios que excluye a la mayoría de los clientes. Determinados lugares de vacaciones son caros no solo porque los servicios de lujo cuesten dinero, sino porque elevando los precios se aseguran un determinado nivel de cliente, al que le gusta verse rodeado de otros que sean de la misma condición.

Es decir, rechazar al 90% de los clientes potenciales, incluso de malos modos, es una vía excelente para conseguir que el 10% restante contrate tus servicios y pague por ellos cantidades absurdamente altas. Solo porque has conseguido convertirles en diferentes a la masa de los rechazados.

Tener sentido

The Body Shop revolucionó el sector de los cosméticos introduciendo un mensaje ético en un sector basado en el lujo y el capricho. Cométicos naturales, comercio justo, no a la experimentación con animales… son mensajes que un sector importante de clientes estaba dispuesto a escuchar.

Algo parecido sucede con el software libre, que para muchos es algo más que una opción tecnológica. O con las energías renovables y la sostenibilidad, que es el mensaje actual de las eléctricas de toda la vida.

Para muchas personas, es importante sentirse parte de algo más grande, tener una causa, estar a gusto consigo mismo. Si tu propuesta tiene una base ética y eres capaz de transmitir un mensaje de este tipo, puedes encontrar un mercado deseoso de encontrar sentido y diferenciarte de los que se limitan a ofrecer un producto.

Vender experiencias

Cuando un producto es escaso, poseerlo es en sí mismo apetecible. Cuando en España empezaron a venderse los Seiscientos, todo el mundo quería uno. Cuando IBM fabricó su Personal Computer, tener un ordenador era un signo de modernidad.

En ese estadio, el que fabrica el producto puede venderlo con un margen importante, porque los clientes quieren comprarlo. En los años 80 era normal vender ordenadores personales con un margen superior al 30%.
Pero ese margen abultado atrae a la competencia como la sangre a los tiburones. Y surgen las imitaciones con más o menos calidad. El fabricante original tiene que ajustar sus precios, y el mercado se va optimizando. Un día te despiertas y tu margen está por debajo del 5%.

Una estrategia para evitar caer en la guerra de precios es vender servicios. Lo han hecho las principales empresas del sector TI: IBM, HP, Sun… uno puede diferenciarse más en sus servicios que en unos bienes “comoditizados” como los ordenadores, lo cual significa que vuelves a trabajar con márgenes decentes.

Pero sucede que la competencia, con el tiempo, hace madurar también el mercado de los servicios. Comienza la guerra de precios y te encuentras con unos márgenes que menguan a ojos vista.

¿Qué haces entonces? Una solución difícil pero extraordinariamente rentable es vender “Experiencias”. Pensad en BMW o Nike.

La publicidad de BMW no muestra un coche. Muestra una carretera y la pregunta “¿Te gusta conducir?” BMW no vende coches: vende experiencias en conducción.

Nike tampoco muestra zapatillas en sus anuncios. En algunos de ellos, ni siquiera muestra la marca. Solo el “swosh”, el archifamoso logo. No vende zapatillas, vende una forma de vivir el deporte, incluso una forma de estar en el mundo.

¿Puede hacer algo parecido un pequeño negocio que está empezando? En mi opinión, lo que no puede es hacer otra cosa. ¿Necesita el mundo otra empresa de diseño gráfico? ¿Otra consultora que instala redes de ordenadores y da soporte a Windows? ¿Otra tintorería?

Antes de embarcarte en la creación de tu empresa, piensa cómo vas a conseguir que tus clientes tengan una experiencia de su trato contigo que les haga identificarte, recordarte, desear que esa experiencia se repita e incluso recomendarla a otros.

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Bridas y velcro

Hace años tenía la responsabilidad de manejar unos armarios de red. Para los que no los conozcan, son armarios en los que se colocan servidores y electrónica de red. Como todas las comunicaciones van por cables, y algunos dispositivos de red pueden tener hasta 24, en cuanto conectas unos cuantos cacharros el lío de cables empieza a ser importante.

Además de etiquetar correctamente los cables en los dos extremos para saber qué está conectado con qué, hay que organizarlos de alguna manera para que aquello no se convierta en una maraña más difícil de desentrañar que el nudo Gordiano.

La opción tradicional es usar bridas. Son baratas, fáciles de colocar y cumplen bien con la misión de sujetar los cables entre sí y al armario. Pero tienen un problema: si necesitas recolocar los cables tienes que romper las bridas y colocar otras nuevas.

Se supone que uno no está tocando los armarios de red todo el día, pero lo cierto es que rara era la semana que no había un servidor nuevo, o había que conectar unos puntos de red, o había que reorganizar algo que al final implicaba mover los dichosos cables.

Un técnico nos dio la solución: usar velcro cortado en tiras en lugar de bridas. El velcro es también barato, muy fácil de colocar, y tiene la ventaja de que si tienes que mover los cables, lo despegas, arreglas lo que haga falta, y lo vuelves a pegar sin problemas. No es tan elegante, pero cumple muy bien con la función de organizar los cables.

Muchas veces las soluciones que buscamos a los problemas son de tipo “brida”: limpias, elegantes y perfectas para un mundo ideal y estático, pero poco prácticas para un mundo en constante cambio. Y lo que necesitamos es usar un poco de “velcro”: una solución rápida, incluso chapucera, pero que nos permita seguir avanzando y adaptándonos a los cambios sin esfuerzo.

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A los tibios escupiré de mi boca

Vosotros sed fríos o calientes, porque a los tibios les escupiré de mi boca. Eso dice la biblia, así que habrá que hacerle caso. Y si el argumento teológico no os basta, leed este post de César en Marketísimo, como siempre largo y documentado.

El caso es que lo que César aplica a la polarización en precios sirve para muchas otras características de nuestros productos o servicios. El ser humano es gregario, y busca la aprobación de su entorno social. Por eso es más fácil dejarse llevar y crear ofertas que sigan la “moda”. Y no solo hablo de ropa, obviamente.

¿Alguien ha oído hablar últimamente de sinergias? Pues hace diez años era imposible leer nada producido por una consultora que no contuviera el palabro al menos tres veces por página. Y así pasa con la mayoría de las modas: incluso el diseño, supuestamente en manos de “creativos”, es enormemente gregario. Pocas son las empresas que realmente innovan en diseño.

Dejarse llevar por la corriente mayoritaria es cómodo. No tienes que remar, el mercado entiende fácilmente tu propuesta porque es como la de tus competidores, en lugar de desarrollar una estrategia para el futuro puedes limitarte a reaccionar según lo haga el resto de la bandada…

El problema, claro, es que las grandes recompensas las consigue el que va contra corriente. El que se sale de la norma. Casi siempre ser radical o extremista en tus propuestas te lleva derecho al desastre, claro. Pero si ganas, ganas de verdad.

Mirad el caso de Apple. Ahora mismo disputa el puesto de primer fabricante de hardware a HP y Dell, y supera en valor a IBM y Sun. Durante años, mientras todos los fabricantes hacían ordenadores personales indistinguibles entre sí, optó por ser diferente. Estuvo a punto de hundirse, pero al final esa estrategia de ser diferente le ha hecho ser más rentable que las otras compañías de harware. Y ha visto como competidores de renombre cerraban o abandonaban el negocio.

Ser barato es una buena estrategia, pero es más difícil que ser caro. Tienes que ser muy, muy eficiente para vender por debajo de tus competidores y ganar dinero. Además, necesitas conseguir volumen. Cuando estás en un negocio que apenas maneja un margen bruto del 5%, como el de los ordenadores personales, cualquier fallo hace que una operación te cueste dinero en lugar de darte beneficio.

Por el contrario, si eres caro, puedes contar con márgenes mucho mayores, que te aseguran mayor tolerancia frente a pequeñas ineficiencias. Y no necesitas un volumen grande para ganar dinero.

No es fácil conseguir, como lo consiguió Apple, que tus clientes paguen el doble o el triple por tu producto que por el de la competencia. Pero merece la pena intentarlo. Leed el caso del vodka que comenta César en su post, y luego pensad si en vuestra empresa podríais ser capaces de hacer algo así.

Y si no podéis ser mucho más caros, al menos intentad ser diferentes.

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