Desencadenado

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Que aprendan creacionismo

Uno de los argumentos que se usan para defender la asignatura de Educación para la Ciudadanía es que los padres no tienen un derecho absoluto sobre la educación de sus hijos. Lo han sostenido, por ejemplo Savater o Marina.

Según ellos, permitir que los padres decidan sobre la educación de sus hijos puede llevarles a educar en “contravalores” como la violencia, el sexismo o el racismo. O puede haber, como en Estados Unidos, padres que quieran que sus hijos aprendan creacionismo en lugar de la teoría de la evolución de Darwin. El Estado, por el contrario, garantizaría una educación en la que solo se aprendieran valores auténticos y solo se enseñara ciencia verdadera.

Yo, modestamente, sostengo lo contrario: los padres (y no el Estado) tienen el deber de educar a sus hijos. Y tienen el derecho de elegir los valores que quieren transmitir a sus hijos. Incluso si eligen el creacionismo, el racismo y la homofobia. Argumentemos:

1. El Estado es ineficaz enseñando

Ejemplo: aunque en teoría en nuestros colegios se enseña la evolución darwinista, lo cierto es que la mayor parte de las personas son lamarquistas. Es decir, lo que los niños aprenden en el colegio es una explicación de la variabilidad de los seres vivos tan equivocada como el creacionismo. Así pues, ya que los niños van a aprender teorías erróneas, ¿por qué no van a poder los padres elegir qué teorías erróneas quieren que aprendan sus hijos?

2. El Estado enseña ideas acientíficas

Por ejemplo, el marxismo, que sigue (camuflado de buenismo) en muchos textos sobre economía. O un ecologismo animista. O una política que consiste en la aceptación (o la exaltación) acrítica de las estructuras de poder actuales.

Sinceramente, prefiero ser yo el que elija qué ideas indemostrables e irracionales deben aprender mis hijos.

3. El Estado quiere menos a mis hijos que yo

No es muy difícil, porque el Estado no tiene sentimientos. Pero también tiene menos interés en su futuro que yo. Yo quiero que tengan éxito en todos los órdenes de la vida, y dedico una buena parte de mis recursos a ello. El Estado se limita a procurar que sean buenos ciudadanos, que paguen sus impuestos y no cuestionen su poder.

Por tanto: ¿quién tiene más interés en que mis hijos tengan la mejor educación posible, el Estado o yo? ¿quién es más fiable, por tanto, como controlador de la calidad de la educación que mis hijos reciben: yo que tengo un interés extremo y directo en ella o un grupo de funcionarios que cobrarán sus sueldos independientemente de lo que hagan mis hijos en el colegio?

4. El Estado educa en contravalores

¿Hay padres que educan en el racismo, el sexismo o el odio? Sin duda. ¿Educar a los niños en un colegio es un antídoto ante esto? Los hechos demuestran que no es así. Es más, incluso hay casos en los que los niños aprenden en el colegio a abusar de sus compañeros, y a hacerlo con impunidad.

Los casos de padres que voluntariamente educan a sus hijos en el odio son extremadamente raros. Los casos de colegios en los que la relajación de la autoridad y la ampliación de la enseñanza obligatoria producen un ambiente en el que se fomenta la violencia son demasiado frecuentes. ¿Debemos cerrar todos los colegios porque hay casos de acoso escolar? No, pero por la misma razón tampoco debemos limitar el derecho a la educación de los padres porque haya casos de educación en contravalores.

5. El Estado es irresponsable

Hay quien usa el ejemplo de los testigos de Jehová (que no aceptan la donación de sangre) para demostrar que los padres no tienen derecho absoluto a educar a sus hijos en sus creencias, porque pueden causarles un perjuicio objetivo. Sin embargo, si la educación en unos valores determinados determina la supervivencia de un niño, el padre que le ha educado es responsable de ello, y si es preciso responderá por ello ante la justicia. Por tanto, habrá muy pocos padres cuyas creencias sean tan fuertes como para asumir un perjuicio objetivo para el niños y la responsabilidad penal aparejada.

El Estado, por el contrario, puede educar en valores que también sean perjudiciales para el niño, pero jamás será responsable de las consecuencias que esta educación tenga en el niño. Puede, por ejemplo, educar en una moral sexual que relativice el riesgo de contraer enfermedades. O, por el contrario, puede educar en una represión sexual que dificulte al adolescente el acceso a métodos anticonceptivos. Puede, cosa harto frecuente, educar al niño en la dependencia de un Estado-nodriza en lugar de estimular su responsabilidad, lo cual tendrá incidencia en sus posibilidades de éxito profesional y económico. Pero jamás tendrá que responder por una gonorrea, un embarazo adolescente o un oficinista mediocre que podría haber sido un empresario de éxito.

6. La educación en lugares ad-hoc es un constructo de nuestra sociedad

Los niños han aprendido de sus padres desde que el hombre es hombre, y aun antes. Llevarlos a un lugar concreto para que unas personas concretas les transmitan conocimientos es algo que solo a partir del siglo pasado ha sido generalizado, y no en todas las sociedades. Ese derecho del Estado a educar, por tanto, sería un derecho que no habría existido hasta hace apenas cien años. Es más, sería un derecho que solo disfrutarían los estados soportados por una sociedad lo suficientemente rica como para prescindir del trabajo de los niños durante años y pagar además a una categoría de profesionales dedicada a la educación. La educación existía antes que los estados, y existirá después si en el futuro las sociedades se organizan sin estados. Difícilmente puede ser, por tanto, un derecho de éstos.

7. Ceder la educación al Estado la hace peor

Educar, en realidad, es algo tan natural como el comer. El niño es educado en casa, sean o no los padres conscientes de ello, lo quieran o no. Pero si creen que el Estado es el que educa a sus hijos, la calidad de la educación que se recibe en casa será sin duda peor.

Si creo que el Estado es el que transmite la cultura a mis hijos, jamás les llevaré a un museo. Si creo que el Estado es el que enseña valores, no me molestaré en explicarles lo que está bien o está mal. Si creo que el Estado es el responsable de transmitirles conocimientos, no me molestaré en comprobar que saben multiplicar, escribir o leer. Sin embargo, también en ese caso los niños aprenderán de nosotros, pero aprenderán contravalores como los que tanto temen Marina y Savater.

Saber que esos pequeñajos nos tienen como modelo nos obliga a comportarnos mejor y a ser mejores para que ellos también lo sean. Pero atribuir la responsabilidad al Estado nos permite relajarnos. Y nuestros hijos aprenderán a “descansar” viendo telebasura, a procurar el mínimo esfuerzo, a evitar responsabilidades…

En resumen, si un padre quiere educar a sus hijos en ideas absurdas como que la Tierra-Gaia se queja por nuestro mal comportamiento, que en África son pobres porque nosotros somos ricos, o que las estrellas influyen en nuestro destino, tiene todo el derecho a hacerlo (y el deber de asumir las consecuencias). El que no tiene derecho a educar a mis hijos en esas ideas, ni en ninguna otra que yo no apruebe, es el Estado.

¿Qué deberíamos aprender en el instituto?


Seth Godin tiene su propia lista de cosas que deberíamos aprender en el instituto:

  • Cómo concentrarnos en un problema hasta resolverlo.
  • El beneficio de posponer la satisfacción a corto plazo a cambio del éxito a largo plazo.
  • Cómo leer críticamente.
  • El poder de ser capaz de dirigir grupos de iguales sin recibir una autoridad claramente delegada.
  • Una comprensión del extraordinario poder del método científico, en casi cualquier situación o proyecto.
  • Cómo presentar ideas de forma persuasiva en varios formatos, especialmente por escrito y delante de un grupo.
  • Gestión de proyectos. Autogestión y la gestión de ideas, proyectos y personas.
  • Finanzas personales. La comprensión de la verdad sobre el dinero, la deuda y el apalancamiento.
  • Un deseo (y una capacidad) insaciable de aprender más. Siempre.
  • Por encima de todo, la confianza que resulta de entender que el trabajo duro puede aplicarse para resolver problemas que merece la pena resolver.

Fijaros que esto deja fuera casi todo el contenido que se enseña actualmente, al menos en España. Pero pensad las asignaturas que estudiasteis en el instituto, lo útiles que os han sido desde entonces. Incluso considerando como útiles las que os han aportado “cultura general”.

Yo, estando de acuerdo con todas las que propone Godin, añadiría cuatro cosas:

  • Estadística y sistemas alejados del equilibrio. O lo que es lo mismo, cómo interpretar la realidad y distinguir lo casual y aleatorio de lo predecible.
  • Cómo disfrutar del arte.
  • Un manejo práctico del inglés, suficiente como para exponer un tema en público o mantener una reunión
  • Emprendimiento. Cómo conseguir recursos para transformar una idea en realidad.

¿Y vosotros?

Empresarios, millonarios y filántropos

Este mes hemos sabido que Bill Gates y Warren Buffet han conseguido ya más de 40 firmantes para su Giving Pledge, según el cual se comprometen a donar al menos la mitad de su fortuna, en vida o cuando fallezcan. Entre los firmantes, alguno que os sonará del mundo tecnológico, como Paul Allen, Larry Ellison o Pierre Omidyar, famosos como George Lucas o Ted Turner y multimillonarios de los de toda la vida como Barron Hilton o David Rockefeller.

Algún cínico dirá que todo es un invento para mejorar su imagen, o para pagar menos impuestos, o que infinito dividido por dos sigue siendo infinito… pero el caso es que miles de millones de dólares irán a obras de caridad.

Y supongo que casi todo el mundo piensa que esto es bueno.

Yo no.

Me explico: creo en la caridad privada de quien se priva de una parte de sus recursos para dársela a otro que los necesita, más que en la falsa “solidaridad” del estado que da a quien quiere lo que nos quita a todos. En ese sentido me parece bien que Gates, Buffet y compañía hagan con su dinero lo que les parezca mejor.

Pero en el proyecto Giving Pledge hay una idea de “estamos devolviendo a la sociedad parte de lo que nos ha dado”. Bill y Melinda Gates lo afirman así, casi literalmente, en su carta de compromiso. Y aquí está el problema: en que la mayoría de los firmantes, empezando por Gates y Buffet, no han heredado sus fortunas, sino que las han conseguido por sí mismos.

¿Y eso qué significa? pues que si han conseguido ese dinero ha sido, en todos los casos que conozco de la lista, porque han sido capaces de ofrecer a la sociedad algo suficientemente valioso como para que la sociedad (en forma de personas o de empresas, que es lo que existe realmente) les pagara por ello las fortunas que tienen ahora. Por tanto Gates, en contra de lo que él mismo afirma, no tiene que devolver nada a la sociedad.

Hay otra cuestión además. El capitalismo es muy eficiente resolviendo problemas, y prácticamente todos los de la lista han creado con sus empresas algo que ha hecho vivir mejor a la inmensa mayoría de la sociedad. Al menos, de la que vive en países con una economía aproximadamente de libre mercado. Estos señores, para conseguir sus fortunas, han tenido que competir continuamente con otros emprendedores que ofrecían soluciones peores, o soluciones mejores peor llevadas al mercado, que para el caso es lo mismo.

Me parece estupendo que entre sus proyectos esté conseguir más vacunas para los niños del tercer mundo, o mejor educación para los más desfavorecidos. La pregunta es ¿por qué en lugar de donar el dinero a una ONG no piensan en la manera de hacer negocio con esto?

Ya sé que a estas alturas alguno se estará revolviendo en su asiento al leer esto “¡¡Hacer negocio con las vacunas!! ¡¡Explotar aún más a los niños pobres cobrándoles por la educación!! ¡¡¡Horror, espanto y pavor!!!”. Pues sí, eso es lo que estoy diciendo. O más bien, estoy diciendo que para que un proyecto humano sea eficiente y eficaz, tiene que competir con otros y alguien tiene que ganar dinero con él.

¿Por qué esta gente que ha demostrado que es capaz de ser eficiente y eficaz llevando a las masas sistemas operativos, noticias o comercio electrónico no cree en la misma solución para proporcionar vacunas o educación?

De la Educación

Un lector, JCasinos, escribió la semana pasada un interesante comentario en una entrada de hace un par de años sobre la educación económica, en el que entre otras cosas me animaba a escribir sobre esto:

Te lanzo el guante, y dispara con un post en referencia a un sistema educativo donde prima la falta de creatividad, el bueno es el que se calla en clase, se comporta y hace pocas preguntas, la mejor nota se la lleva el que vomita lo que está en el libro (y no el que tiene un pensamiento crítico, pues hace tambalear el status quo), y el niño de 5 años con mala caligrafía se siente fracasado al suspender en una asignatura que en el siglo XXI es un arte, no una herramienta de trabajo.

El tema me importa, y mucho, teniendo como tengo tres hijos estudiantes, así que recojo el guante y disparo.

La educación actual responde a necesidades de hace 100 años

¿Por qué hasta hace poco más de 100 años la inmensa mayoría de las personas no sabían leer ni escribir? No, no es porque ni los socialistas, ni los reformistas conservadores, ni ningún otro bienintencionado hubieran conseguido todavía torcer el brazo a los poderosos y explotadores. Se trataba, simplemente, de que la inmensa mayoría no necesitaba saber leer ni escribir para nada.

Prácticamente todo el mundo trabajaba en tareas agrícolas, para las que no se requería más cualificación que observar lo que hacía la gente a tu alrededor. Era más interesante para cualquier familia que un crío diera de comer a las gallinas o fuera a buscar agua al río que dejarle en un aula aprendiendo a juntar letras.

Pero hace 100 años, con la extensión de la industrialización y la creciente complejidad de las relaciones económicas, surgió la necesidad de contar con un ejército de contables, de administrativos, de secretarias. Así que se hizo preciso extender la educación básica, hasta esel momento solo al alcance de unos pocos, a la inmensa mayoría.

Incluso para los obreros menos especializados, la educación básica cumplía un propósito: enseñar a unos niños, por naturaleza alocados y propensos a corretear por ahí, a permanecer horas y horas en un espacio cerrado, realizando tareas repetitivas y carentes de sentido. El miedo al profesor preparaba para el miedo al capataz.

Obviamente, la educación permitía, además, descubrir a los más brillantes, que en épocas anteriores hubieran permanecido uncidos al arado, y aprovecharlos para puestos de mérito. Todos ganaban, así que los padres, deseosos de un futuro mejor para sus hijos, les empujaban a asistir a la escuela.

Y pronto el Estado descubrió que, ya que los padres entregaban a sus retoños durante varias horas al día, año tras año, podía aprovechar para adoctrinar a sus futuros ciudadanos. Cuando se puede, de forma descarada en asignaturas como Formación del Espíritu Nacional o Educación para la Ciudadanía. Cuando no se puede, en la orientación de los libros de texto obligatorios. Y como el Estado, las órdenes religiosas o los grupos ideológicos de cualquier tipo.

De modo que el sistema educativo que tenemos ahora busca producir autómatas disciplinados, entrenados en memorizar y repetir, dispuestos a actuar sin reflexionar y capaces de pasar horas sentados frente a una mesa haciendo lo que se les dice.

Y hasta ahora mismo, eso estaba bien, porque siendo uno de esos autómatas el sistema te encontraba un hueco y te garantizaba una vida cómoda.

A estas alturas, supongo que una gran parte de los lectores estará ya escandalizada y preguntándose ¿Y el derecho a la educación? ¿y dónde queda eso de “Un pueblo que no sabe leer y escribir es un pueblo facil de dominar”?

Lo del pueblo que no sabe leer es pura propaganda. Los alemanes en los años 30 eran uno de los pueblos más cultos de Europa, y fueron bien fáciles de dominar. Por no hablar de los que sufrieron las dictaduras comunistas en Europa, o la sufren todavía en Cuba. Si Franco amplió la obligatoriedad de la escolarización de los 9 hasta los 12 primero y luego hasta los 14 años, no fue precisamente para conseguir un pueblo más difícil de dominar. No, la educación no es requisito para la libertad, sino la garantía para el Estado de contar con un número suficiente de súbditos obedientes.

En cuanto al derecho a la educación, no pretendo entrar en ese debate. Prefiero aprovecharlo para reflexionar si esto que tenemos ahora es realmente educación.

El problema de la educación hoy

Nada ha cambiado desde hace cien años en las escuelas. Ahora tal vez el niño se dirija al profesor como “oye tú” en lugar de decir “con su permiso, Don Anselmo”, y se aprende el uso de los métodos anticonceptivos en lugar de cantar “Con Flores a María”, pero insisto, nada sustancial ha cambiado.

Se sigue encargando el mismo tipo de trabajos que cuando no existía la Wikipedia. Se sigue insistiendo en memorizar cuando tenemos cualquier dato a un click. Se hacen operaciones de cálculo, una y otra vez, castigando los errores, cuando todos los niños a su alcance una calculadora. Se enseñan unas ciencias estáticas, que no sirven ni para describir el mundo ni mucho menos para interpretarlo. No se enseña a redactar ni a usar el idioma, sino que se obliga a realizar un análisis sintáctico tan inútil que cambia sus conceptos fundamentales cada pocos años.

El problema es que esto ahora ya no sirve. Ya no hay suficientes puestos de trabajo para autómatas disciplinados. Ahora los ejércitos de contables que requería cualquier gran empresa han sido sustituidos por ordenadores. Ahora ya no se trata de hacer bien tu trabajo, sino de inventar tu trabajo cada día, porque todo cambia tan rápido que no te pueden estar dando instrucciones a cada momento. Ahora no se trata de hacer tareas repetitivas encerrado en un cubículo, se trata de salir, relacionarte, crear, hacer. Y la educación no solo no te prepara para ello, sino todo lo contrario.

A un niño de 5 años se le machaca para que aprenda a escribir con buena letra, pero sale del colegio sin tener ni idea de tipografía o composición de documentos. Y en el futuro tendrá que producir documentos con ordenador todos los días, pero rara vez alguien leerá lo que escriba a mano. Y nadie le habrá explicado que aunque puedes poner cinco tipos de letra distintos en una página, no debes hacerlo. Ni porqué esa letra que te parece tan chula no puedes usarla para un documento que pretende ser serio. Ni cómo puedes conseguir que un mamotreto de 200 páginas sea legible.

Otro ejemplo. Mi hijo de 12 años ha decidido de repente que quiere ser arquitecto. Así que el sábado cogió la regla, la escuadra y el cartabón y se puso a hacer perspectivas de edificios. Porque es lo que le han enseñado en dibujo técnico. Cuando le mostré SketchUp alucinó, pero me dijo “los verdaderos arquitectos no usan esto”. Tuve que explicarle que no, que lo que no usan los verdaderos arquitectos es un lápiz y una escuadra.

Otro tema que tampoco se enseña es economía. Según la orientación que escoja, uno puede salir del colegio cargadito de sobresalientes y sin tener ni idea de lo que es un coste de oportunidad. Y sin saber lo que es un coste de oportunidad, uno no tiene la mínima base para tomar una decisión económica sensata. Mirad este examen de economía de una niña de 8 años (de Estados Unidos, obviamente):
http://freakonomics.blogs.nytimes.com/2010/01/20/a-third-grade-economics-quiz/

Traduzco la parte donde explica con un ejemplo qué es un coste de oportunidad, para que veáis cómo es un concepto que puede entender perfectamente una niña pequeña:

Había una fiesta de cumpleaños de mi nuevo amigo. Y una película con mi antiguo amigo. Elegí la fiesta porque podemos conseguir otra película pero solo hay una fiesta de cumpleaños en un año. Así que mi coste de oportunidad es la película.

Podría seguir con decenas de ejemplos, pero creo que es suficiente para dejar claro que la educación actual, aunque formalmente cumple con los requisitos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no sirve en absoluto para preparar a los niños a enfrentarse al mundo que se encontrarán cuando sean adultos.

¿Qué hacemos?

Si fuera más joven y más ingenuo, diría ¡Exijamos la gobierno que cambie el sistema educativo!

A mi edad sé que eso no va a suceder. Primero, porque el Estado es el primer interesado en que la educación siga igual. Si entiendes lo que es un coste de oportunidad, entiendes que el Estado no tiene recursos infinitos y cuando subvenciona el coche eléctrico está dejando de gastar el dinero en otras cosas más importantes o urgentes. Si entiendes un gráfico o una estadística, no puedes tragarte la propaganda sobre la fabulosa política económica del Gobierno. Si no te educan para obedecer y aceptar las normas, eres un problema.

Además, los implicados en la educación tampoco tienen interés en que algo cambie. ¿Qué explicación hay para que a estas alturas del siglo XXI se enseñe a los niños dibujo técnico sin usar un ordenador? Que los libros de texto ya están escritos, los profesores formados y no hay aulas con ordenadores para todos. Sencillamente.

Los pedagogos viven en su propio mundo, creyentes de una seudociencia con menos logros reales que la homepatía, incapaces de reconocer el fracaso rotundo de unas teorías que han sido incapaces de “moldear al hombre nuevo”. O al hombre nuevo y la mujer nueva, como es de rigor.

Ni siquiera la inmensa mayoría de los padres están dispuestos a un cambio de modelo educativo, que suponga por ejemplo que los niños pasen menos horas concentrados. ¿Qué iban a hacer con ellos mientras trabajan?

De modo que lo único que se puede hacer es procurar que tus hijos pasen lo mejor posible el trago del colegio, y prepararles para lo que de verdad les deparará el futuro. Que el que quiere ser arquitecto empiece desde ya a jugar con SketchUp, que el que quiere ser periodista empiece a escribir en un blog. Que aprendan economía, que sean capaces de manejar su dinero. Que aprendan a razonar, a ser críticos, a interpretar la realidad. Que desarrollen habilidades que no les enseñan en el colegio, como hablar en público o redactar correctamente. Que viajen, conozcan personas de otros países y puedan comunicarse en otros idiomas, aunque no tengan ni idea de gramática.

Si lo consigues, nunca tendrán que pasar por el trago de “buscar trabajo”, de “empezar como becarios y luego ya veremos”, de quedarse en el paro.

Todo esto es perfectamente posible, independientemente de tus recursos. La ventaja de que nuestros hijos vivan ahora es que en el propio problema (el cambio revolucionario producido por las tecnologías de la información y las comunicaciones) está la solución. Supone un esfuerzo, abandonar la idea de que en el colegio, o en la universidad, les van a preparar para el futuro, pero se puede hacer.

Todo el conocimiento y todas las oportunidades están a un click.

Educar en el uso del dinero: primeros resultados

Ya se ha cumplido una semana, y tenemos los primeros resultados de la experiencia de instaurar un sistema de pago por tarea en la provisión de dinero de bolsillo para los niños. Antes de compartirlos, unos comentarios:

  • El objetivo de todo esto no es educar en la realización de tareas domésticas, como han interpretado algunos lectores, sino en el uso del dinero. Es decir, el dinero no es el medio para que los niños hagan tareas, sino que las tareas son el medio para que los niños aprendan a ganar dinero.
  • Una tarea la hace quien primero se la pide. Puede aceptar ayuda de otro (y repartirse los ingresos) si le parece bien.
  • Los niños tienen tareas “obligatorias” y no remuneradas, que consisten básicamente en ocuparse de “lo suyo”: deben hacer su cama, recoger su ropa (echar la sucia al cesto y guardar en sus armarios la limpia), recoger su habitación, etc. Si no cumplen con ellas, no tienen derecho a participar en las voluntarias.
  • Las tareas por las que se puede cobrar están tasadas. Si se les pide un favor que no esté incluido, pueden hacerlo o no, como siempre, pero no pueden cobrar por ello. Lo digo por los que vaticinan que mis hijos se convertirán en unos usureros que no moverán un dedo si no es cobrando.
  • Respecto a si habrá tareas devaluadas, que nadie quiera hacer y otras por las que se peleen, la idea es modificar los pagos en función del “mercado”: si todo el mundo quiere hacer una tarea, habrá que bajarle el precio, y si nadie quiere hacer otra habrá que pagarla mejor.

Aclarado esto, vamos con los resultados de la semana:

- El mayor ha ganado 12 €. Hemos salido 2 veces, con lo que eso ya le ha supuesto 10€ y ha hecho alguna otra tarea que le resulta rentable: recoger el lavaplatos 3 veces, un recadillo, etc. Hasta ahora tenía asegurados 10 € a la semana, y hacía prácticamente lo mismo.

- El mediano ha ganado 2,90. Ha realizado tareas de todo tipo (excepto poner la mesa, que parece que está infravalorada). Hasta ahora recibía 2 €.

- La pequeña ha ganado 40 céntimos. Solo ha realizado dos tareas. Pero ayer, al ir a comprar una revista con un dinerillo ahorrado más sus 40 céntimos, después de pensarlo mucho dijo: “es que 2,95 € es muy caro”, y la dejó en el quiosco. Creo que es la primera vez que se plantea lo que cuesta una cosa antes de comprarla (al menos una cosa de las que compras con monedas). Probablemente esta semana tenga más actividad, para ganar más. Hasta ahora, recibía un euro a la semana.

Educar en el uso del dinero

Tengo tres hijos de 17, 12 y 8 años, y uno de los temas que no terminamos de tener bien resuelto en su educación es el del dinero. Creo que es una de las carencias formativas que más daño nos hacen en la vida adulta, porque una mala decisión económica puede perjudicarte durante muchos años.

Y educar a los hijos en el uso del dinero no consiste en explicarles la regla del interés compuesto. Se trata de que igual que aprenden a decir gracias, a comer con la boca cerrada o a negociar cuando tienen un conflicto, aprendan la economía esencial para no tener problemas económicos en su vida adulta.

Hasta hora, mis hijos tenían una asignación semanal, variable en función de la edad. En teoría había una serie de tareas asignadas que debían realizar para conseguir esa paga, pero lo cierto es que no siempre cumplían. Más grave: en ocasiones, cuando tenían algún gasto extraordinario, su madre o yo completábamos la asignación.

Dicho de otro modo: les estábamos enseñando a comportarse como funcionarios o asalariados de una gran empresa. Su sueldo era en la práctica independiente de su aportación a las tareas de la familia, aumentaba con la antigüedad, y en caso de necesidad los padres acudíamos a socorrerles, como si fuéramos el Estado otorgando subvenciones.

Lo cierto es que esta manera de proporcionar dinero de bolsillo es la que utilizaron mis padres conmigo y, al menos por lo que he visto en la gente que me rodea, la más común en España. Y tal vez tenga mucho que ver con el hecho de que luego de mayores todos queramos ser funcionarios o trabajar en un puesto cómodo en una gran empresa.

Así que desde esta semana hemos cambiado el sistema. Hemos hecho una lista de “trabajos”, y hemos asignado un precio a cada trabajo: poner la mesa son 10 céntimos, recoger el lavaplatos 40, bajar a comprar el pan 50, etc. El que quiere ganar dinero, se apunta al trabajo que le resulta más rentable / atractivo y a final de semana sumamos lo “ganado” y se lo damos a cada uno. Los precios están puestos de tal manera que la suma de lo que pueden ganar, si hacen todos los trabajos posibles, casi duplica lo que cobraban antes “fijo”.
Es decir, hemos pasado del modelo “asalariado” al modelo “freelance”: tanto haces, tanto cobras, y si no trabajas no tienes ingresos.

Ya os iré contando como va el experimento, pero de momento ya están pasando cosas interesantes: el mayor se reserva las tareas más rentables (la mejor pagada, y que además solo puede hacer él, es encargarse de sus hermanos cuando nosotros salimos por la noche) y desprecia el resto; el mediano se apunta a un bombardeo, y anuncia a voz en grito sus ingresos acumulados cada vez que hace una nueva tarea; la pequeña se limita a hacer lo que le apetece, sin mirar mucho la rentabilidad.

ACTUALIZACIÓN: Los resultados de la primera semana, y algunas aclaraciones, aquí.

Eso que no te enseñaron de niño


Ahora tal vez sea distinto, pero me temo que no. Cuando yo era niño, el tema era tabú en casa. Era una cosa de mayores, y los pequeños no debíamos interesarnos ni preguntar. Tampoco había educación sobre el tema en el colegio (ahora creo que hay alguna asignatura en la que se explica algo). Así que crecimos informándonos por amigos, por lo que leíamos o veíamos por ahí, experimentando y aprendiendo a trompicones, a base de errores. Probablemente influyera en esto la moral católica, que lo veía como algo sucio, algo que solo era tolerable por la debilidad humana, pero que no existiría en el paraíso. Los curas de mi colegio siempre ponían como ejemplo de santidad a los que renunciaban a ello.

No, no me refiero al sexo, sino al dinero. Sí, eso que para muchos es la fuente de todos los males, de todas las injusticias. Incluso mucha gente de izquierdas, que proclama con orgullo que está en las antípodas de la iglesia católica, coincide en esta visión del dinero como algo impuro, contaminante, que convierte en sospechoso al rico, a menos que haya conseguido su fortuna mediante un juego de azar .

El caso es que esa visión del dinero como negativo influye en la educación que recibimos. En el colegio se enseña a leer, a escribir, a hacer derivadas o calcular sistemas de ecuaciones, pero no se nos enseña a manejar el dinero. En muchas casas, el asunto de cuánto gana el padre o la madre es secreto, no vayan a comparar con los padres de sus amigos. Como mucho, cuando el niño pide algo especialmente caro obtiene una respuesta del tipo “¿pero te crees que somos millonarios?” .

Así que, unos años después, cuando uno empieza a ganar dinero, lo primero que hace es malgastarlo. Poca gente entiende de ahorro, de inversiones, de rentabilidad. Peor aún, poca gente entiende de deuda. Pero los bancos, y los grandes comercios, están más que dispuestos a entregarnos una tarjeta para que gastemos más de lo que ganamos, o a prestarnos dinero para comprar un coche o ropa con los que impresionar al sexo contrario. A nadie le enseñan cómo funciona un préstamo hipotecario, y cómo influye eso del interés y los plazos en lo que vamos a pagar los próximos decenios.

Mucha gente afirma sin pestañear que le gustaría ser rico, pero busca un trabajo con un horario fijo y un sueldo fijo. Ese sueldo, que va subiendo con los años según va aumentando la experiencia del que va dejando de ser un jovenzuelo, siempre se acaba un poco antes del día 30 de cada mes. Aunque ahora sea el triple que cuando empezó a trabajar, misteriosamente los gastos también se le han triplicado.

Por eso, una de las cosas más importantes que puedes hacer como padre es enseñar a tus hijos a manejar el dinero. Que entiendan lo que es el ahorro, el interés compuesto, que sepan cómo funciona la bolsa. Que sepan lo que es un préstamo, cómo funciona una tarjeta de crédito. Que aprendan a hacer un presupuesto, a planificar un gasto.

¿O prefieres que tus hijos empiecen a manejar su dinero sabiendo tan poco como tú sabías?

Apaga el movil


Una de las peores muestras de mala educación en el ámbito profesional es dar prioridad a las llamadas de teléfono antes que a la persona con la que estás en ese momento.

Tanto si esa persona ha ido a verte como si eres tú el que le estás visitando, te ha dedicado un tiempo en exclusiva. Ha pospuesto otras tareas, se ha desplazado, ha preparado la reunión… Si le interrumpes para atender una llamada, le estás diciendo: “no eres importante para mí”.

El que te llama, por el contrario, no tiene que tener asegurada tu disponibilidad absoluta las 24 horas del día. No pasa nada por atenderle media hora más tarde. Puede volver a llamar, o puede dejar un mensaje.

Y no solo por educación, sino por eficacia. Yo recuerdo haber sufrido a un jefe que cada vez que intentabas hablar con él no solo cogía todas las llamadas que le pasaban por el fijo y las del móvil, sino que al hacer amago de salir del despacho te hacía gestos para que te quedaras. Al final, una cuestión que se podía haber resuelto en 10 minutos me llevaba más de una hora. ¿Realmente el mejor uso que se podía hacer de mi tiempo era permanecer en el despacho del jefe hojeando revistas?

Incluso si la persona con la que estás no es de tu organización, respeta y valora su tiempo, y no se lo hagas perder interrumpiendo la reunión y obligándola a escuchar tus conversaciones.

La mala educación


Después de más de treinta años trabajando en el Banco de Vizcaya (ahora BBVA) mi padre pidió una excedencia y se fue a otra empresa. El motivo, un jefe inaguantable. No contó muchos detalles, pero se quejó de una cosa que a mí, en aquél momento, me llamó la atención: era un maleducado que hablaba usando palabrotas. Recuerdo que pensé que mi padre, el pobre, se había quedado antiguo, que era normal en aquellos tiempos utilizar un “coño” o un “cabrón” en el lenguaje cotidiano.

Como en tantas otras situaciones, ahora comprendo lo que mi padre quería decir con lo de la mala educación. Y sí, es muy grave. Tanto que, cuando tengáis empleados (y los tendréis si la empresa va bien), cuidar la educación delante de ellos puede significar la diferencia entre el éxito y el fracaso, porque es fundamental para su motivación.

Poneos en situación. Estáis trabajando para un tipo que utiliza frecuentemente expresiones del tipo “dile a Fulanito que se vaya a tomar por culo”, “me la pela”, “a ver si a esa histérica alguien le hace un favor, se la folla y se relaja un poco”, “como esos dos imbéciles hayan metido la pata les voy a dar una patada en los cojones” y así. ¿Cuál sería vuestra reacción?

Ojo, no estoy hablando de insultos directos a un empleado, lo cual entraría en la categoría de acoso laboral. Simplemente, el que en reuniones o conversaciones se utilice un lenguaje soez como el descrito, referido a terceros que no están presentes.

Antes o después los empleados acaban pensando que si el jefe tiene tan poco respeto por los ausentes, tampoco tendrá respeto hacia ellos. Si el jefe no cuida las formas en las reuniones, si no “sabe estar”, pronto los empleados dejarán de esforzarse en actuar correctamente.

La educación en un entorno profesional es algo más que responder a los correos electrónicos con celeridad. Supone respetar al otro, sea cliente, proveedor o colega, y entender que tiene otras obligaciones y otras prioridades, pero que tienes que colaborar con él para que ambos consigáis vuestros objetivos. Y supone saber que pedir las cosas por favor, con una sonrisa y dando las gracias después consigue más resultados que un par de tacos y un grito.

Os contaré una anécdota. Cuando era Ministro de Sanidad Romay Beccaría, un técnico que trabajaba para mí tuvo que ir a una reunión con él para dar apoyo con un portátil y un proyector (por aquél entonces utilizar este tipo de soportes era novedoso). El Ministro, que era gallego y ejercía de tal, tenía la costumbre de regalar un CD de Carlos Núñez a las visitas. Pues bien, Romay Beccaría saludó atentamente al técnico, le agradeció su trabajo, y le regaló el mismo disco que al Director General y los altos cargos a los que acompañaba.

Ese es el tipo de persona que consigue que la gente trabaje a su alrededor a gusto. El técnico sintió que su trabajo era apreciado, que era una persona valorada por los responsables más altos de su organización. Por el contrario, es frecuentísimo ver a mindundis a los que el cargo se les ha subido a la cabeza y son incapaces ni de dar los buenos días a nadie de nivel inferior que se encuentren por el pasillo. Pero esos a los que no saludan son personas que sienten y padecen, y que no pueden sentirse motivados trabajando para alguien que demuestra que ni siquiera merecen un “buenos días”.

De modo que, si queréis que vuestros empleados se impliquen en la empresa, si queréis que rindan al máximo, ya sabéis: tratadles con educación.

Cuatro comerciales


El viernes estuve en el Salón del Automóvil interesándome por varios coches de distintas marcas. Hablé con cuatro comerciales, y os cuento mis impresiones:

  • Uno de ellos, que llamaremos A, estaba hablando con una azafata del stand, y cuando me acerqué procuró ignorarme hasta que le tuve que pedir que me atendiera. Seguramente, esto se debe a que yo soy menos atractivo que la azafata. Cuando le pregunté por el modelo que me interesaba, sólo me ofrecía una opción “con una superoferta para la feria”, pero con extras que yo no quería. Intenté que me ofreciera una alternativa sin esos extras, aunque no tuviera “la superoferta”, pero no lo conseguí. Me fui del stand sin que hubiera tenido el detalle de enseñarme el coche, sin un folleto, y sin siquiera el precio apuntado en un post-it.
  • B me lleva al ordenador después de mostrame el coche por encima, me hace un presupuesto con las opciones que quiero, me informa del precio para la feria y me entrega un papel con el presupuesto y un folleto del modelo.
  • C me explica con detalle las ventajas del coche, me muestra como se retiran los asientos y los compartimentos para guardar cosas, me explica las opciones de motor y accesorios y qué promoción tienen para la feria. Después me lleva a una salita, donde me explica las posibilidades de financiación, me calcula la tasación del vehículo que voy a entregar y después de charlar un rato y conocer mis necesidades me recomienda esperar a Noviembre para comprarlo.
  • D me enseña un coche, le explico que dudo entre dos alternativas de la marca, pregunto por uno que he visto expuesto y me dice “ese no se comercializa”. Cuando indago más, me explica “es que es más caro que lo que quieres pagar”. Yo no le había dicho cuánto quería pagar. Después me lleva a una mesa, me da los precios de los dos modelos entre los que dudo (con el descuento correspondiente por la feria) y me dice “entonces ¿cual de los dos quieres? ten en cuenta que si luego no estás interesado te devolvemos la señal sin problemas”. Tuve que explicarle que no estaba en fase de comprar, sino de analizar posibilidades, y que no iba a dar ninguna señal.

Esto me ha hecho pensar en cuál es la actitud más eficaz para vender. Ojo, no para caer bien al cliente, sino para vender.

  • Lógicamente, debemos descartar a A, más preocupado de sus cosas (la azafata) que de atender al cliente. Es posible que hiciera un screening rápido y me descartara como cliente válido, pero si es así, se equivocó. Yo voy a comprar un coche en menos de seis meses, y el suyo era una de las opciones. Seleccionando a los clientes ahorras tiempo, pero tienes que asegurarte de no dejar fuera ninguno que sea interesante.
  • B tampoco hizo bien su trabajo. Esperaba que yo comprara el coche, pero no hizo ningún esfuerzo por vendérmelo él. Esto sólo funciona cuando tienes un producto de esos que “te los quitan de las manos”. Pero claro, para vender algo así no hace falta un comercial…
  • D hizo bien una parte del trabajo: explicó las ventajas del producto, y consiguió que fuera apetecible. Pero estaba más preocupado por vender que por entender al cliente, y al final resultó asfixiante en su apremio por cerrar la venta, y provocó rechazo.
  • Aparentemente, C tampoco cumplió su objetivo (vender). Pero hizo algo casi tan importante: generó confianza. ¿Cómo? Simplemente escuchando mis necesidades, pensando en ellas, y aconsejándome lo que a mí me conviene, no lo que a él le interesa vender. Si el modelo de coche que elijo es el de su marca, no duden de que se lo compraré a él. Si es otro, buscaré cualquier concesionario, pero no el de los otros comerciales que me atendieron.

Es muy difícil tener la suerte de que alguien esté dispuesto a comprar tu producto la primera vez que te conoce. Por eso, con un cliente potencial, lo mejor es invertir en crear confianza, y procurar que vuelva tantas veces como haga falta hasta que se produzca la venta.