Desencadenado

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Razones para escribir un eBook

Probablemente nunca hayas pensado en ser escritor. Los escritores son esos seres extraños que se encierran en una casita entre montañas, o que viven en un piso del centro rodeados de estanterías con miles de libros y fuman en pipa.

Y sin embargo, tienes razones poderosas para escribir un eBook. Entre ellas no están ganar el Nobel de Literatura, ni conseguir un sillón en la RAE, pero son muy importantes para el éxito de tu negocio:

1. Un libro te identifica como experto

Si llevas más de 4 o 5 años trabajando en algo, seguro que puedes escribir algo útil para quien esté empezando. Muy poca gente lo hace, por lo que si tú eres uno de ellos automáticamente te conviertes en experto ante tus lectores. Cómo aproveches esta posición es cosa tuya, pero lo que está claro es que te puede abrir muchas puertas.

2. Difundir tu conocimiento atrae a nuevos clientes

Para muchos negocios, conseguir un cliente nuevo es cuestión de confianza. El problema es que esa confianza se consigue después de años de trabajo y de decenas de clientes satisfechos, con lo que entramos en un círculo vicioso en el que no consigues clientes porque no puedes demostrar tu valía y no puedes demostrar tu valía porque no consigues clientes.

Y no, una página web en la que expliques que tu empresa está formada por profesionales jóvenes pero de reconocido prestigio y con experiencia en el sector no genera ni un miligramo de confianza en el cliente. Un blog ayuda, pero requiere un esfuerzo por parte del cliente potencial, que necesita navegar por unas cuantas entradas para ver que lo que escribes es sólido y tiene fundamento.

En este caso, un libro puede ayudarte mucho a conseguir esos clientes. Aunque parezca que regalar tu conocimiento va a provocar que los clientes potenciales resuelvan su problema por sí mismos aprovechándose de la información que aportas, lo cierto es que la inmensa mayoría ni siquiera va a intentar hacerlo por su cuenta y preferirá contratar los servicios de un experto. Es decir, los tuyos.

3. Un libro puede convertirse en una fuente de ingresos adicional

Muy poca gente se hace rica escribiendo libros, pero un libro técnico con información relevante puede venderse a buen precio si va dirigido a un público que necesita esa información y que puede ganar dinero con ella. Si eres capaz de escribir un libro así, puedes venderlo por un precio de entre 20 y 50 €, tal vez más si el valor es muy alto y hay muy pocas alternativas en el mercado. Con que vendas unos cuantos al mes, tienes una fuente de ingresos complementaria a tu actividad, y que además funciona incluso cuando estás de vacaciones.

¿Y no es muy difícil escribir un libro?

Sí y no. Es muy difícil, porque aunque mucha gente fantasea con la idea de escribir un libro, pocos tienen la iniciativa de ponerse a escribir, y menos aún tienen la constancia de seguir escribiendo un día y otro y otro. Y todavía menos gente tiene el sentido común como para decir que el libro ya es suficientemente bueno y está terminado. Es muy frecuente encontrar prefeccionistas que siempre creen que falta un capítulo, que habría que revisar otro, que tendría que incorporar más referencias…

Hasta ahora, escribir un libro tenía el problema de que el proceso editorial suponía una fortísima barrera de entrada. O conseguías un editor, o el libro se quedaba en un cajón. Pero ahora puedes publicar un libro y venderlo online, en tu web o incluso en Amazon, sin pedir permiso a nadie. Tú eres la única persona que puede impedirte escribir y publicar.

Claro que hay muchas cosas que tienes que tener en cuenta a la hora de plantear el tema, de escribir, de darle un acabado profesional, de promocionarlo, de venderlo… hacer todo esto correctamente puede ser la diferencia entre un eBook que te compren un par de amigos más por cariño que por otra cosa y una herramienta que consigue alcanzar los objetivos de notoriedad o ingresos que te hayas marcado.

Y aquí no puedo más que recomendarte usar las herramientas que ha creado mi amigo Franck Scipion. Franck ha hecho un trabajo excelente para ayudarte en todos los pasos que debes seguir para crear tu eBook. Hay un producto de pago, que merece la pena si te vas a tomar el proyecto de escribir en serio, porque vas a recuperar esa pequeña inversión con creces. Pero también hay información gratuita que seguro que te será muy útil, así que te recomiendo que le eches un vistazo, que aprendas lo que puedas y que te pongas manos a la obra cuanto antes. En unas semanas tendrás un eBook que podrás usar para mejorar tu marketing, tus ventas o conseguir ingresos adicionales.

El precio del eBook es de 37€, pero he acordado con Franck un descuento de 10€ para los lectores de Desencadenado. Este descuento solo estará operativo durante 48 horas, por lo que si te interesa debes darte prisa. Se acabó el descuento, pero puedes seguir comprando el eBook pulsando

El problema de regalar tu esfuerzo


La entrada que ha escrito Andrés es imprescindible, porque pone de manifiesto uno de los problemas principales a los que se enfrenta cualquier persona que empieza a crear su negocio: el de los gorrones.

Andrés habla del factor “virtual”, ese que hace que cuando escribes un post dando consejos sobre como presentar tu empresa te lleguen correos electrónicos pidiéndote poco menos que un powerpoint ya hecho, como me pasa a mi con cierta frecuencia. Esto nos pasa a los que “regalamos” nuestro conocimiento en forma de blog. Pero también hay otro caso muy común que es el de los conocidos que nos piden un pequeño favor “ya que tú sabes de esto”.

A veces somos nosotros mismos los culpables de que esto pase. Os cuento un par de casos.

Una persona próxima es odontóloga, y cuando abrió su consulta no cobraba a los familiares. Esto fue un problema para nosotros, porque nos veíamos en la obligación de hacerle un regalo. Lo que no solo te cuesta dinero, sino que además pierdes mucho tiempo buscando y comprando algo adecuado. Tanto que nos planteamos dejar de ir a su consulta por lo incómodo de la situación. Al final, estableció un descuento para familiares y amigos, con lo que todos estamos contentos, nosotros por estar muy bien tratados y pagar menos y ella por no perder dinero.

Uno de mis hijos pasó por la consulta de mi hermana. Cuando le pregunté, me pasó con una de sus socias (que es experta en el problema que tenía mi hijo), y fue ella la que le trató y la que me dijo cuál era la tarifa con descuento.

Como veis, la mejor solución tanto para que tu “cliente” próximo no se sienta incómodo como para que tú no te sientas estafado, es establecer un mejor precio y exponerlo claramente. Si alguien cree que estás intentando aprovecharte por cobrarle, pues con no usar tus servicios, tan amigos.

Otra persona conocida, que pinta (y vende) cuadros, me dijo una vez que nunca había que regalar nada que hubieras pintado. Podías venderlo barato, pero regalar nunca. Porque si tú no valoras lo que haces, nadie lo va a hacer.

¿Y cómo se concilia esto con escribir en un blog y regalar tu conocimiento a todos los lectores? ¿Cómo puede esto ser compatible con lo que escribí una vez sobre cómo regalar cosas a los clientes?

El modelo freemium (gratis+premium) funciona porque la mejor manera de convencer a un cliente de que eres un experto es demostrarlo. Y es mucho mejor que el cliente lo pueda comprobar por sí mismo, no que tú presumas de lo bueno que eres en tu página web.

Pongo el caso de Andrés Pérez Ortega, ya que ha sido su entrada la que ha provocado que escriba esto. Si en su página pusiera algo así como “nuestras excelentes capacidades de sinergia con el cliente van encaminados a la excelencia en el aprovechamiento de los recursos humanos” y otras frases similares junto a unas imágenes de stock de tipos estrechándose la mano, la confianza del usuario que llega a esa página sería CERO.

En Marcapropia, por el contrario, puedes pasarte días enteros leyendo y aprendiendo sobre marca personal. Seguro que la mayoría de sus visitantes simplemente lee algo, aprende algo (o no) y se va. Pero un porcentaje de los lectores piensa “tengo un problema, y este tipo puede ayudarme”, y le contrata. Y hay otro factor: el que escribe Marcapropia es una persona, con sus opiniones, y lo demuestra. Eso supone que a muchos les rechinará y no le querrán ver ni en pintura, pero es el precio que hay que pagar para que otros te vean como un ser humano real y no un robot corporativo.

Como digo, la clave es saber qué regalas y qué vendes. Por ejemplo, puedes regalar el tiempo “común”, es decir, el que dedicas a escribir algo que vale para muchos, pero cobrar el tiempo “individual”, el que dedicas a una sola persona. O puedes regalar las entradas de tu blog, pero cobrar un material estructurado y con mayor profundidad. Como ves, no hay una receta para todos: un eBook que para uno puede ser un material “regalable”, para otro es un producto pro el que debe cobrar.

Toda esta forma de hacer negocios está empezando. Para mí es mucho más motivador y estimulante que hacer negocios basándote en a quién conoces o cuánto dinero tienes para promocionarte. Y es mucho más desafiante cuando no hay reglas, sino que vamos haciendo las reglas por el camino.

No puedo resistirme a hacer la cuña publicitaria. Si crees que una página web puede ayudarte a conseguir más clientes demostrando lo que sabes y puedes hacer, pero la parte técnica es una barrera, prueba a contratar las páginas web para profesionales XpertSells.

La clave para conseguir nuevos clientes


Si hay algo determinante para conseguir nuevos clientes, es la confianza. Para un cliente, es arriesgado comprarte por primera vez: desconoce la calidad de lo que ofreces, no sabe cómo respondes ante los problemas, no sabe si el precio es proporcionado…

La publicidad intenta superar esto con un mensaje del tipo “has visto nuestra marca en todas partes, somos grandes, muchos nos compran, tú también puedes hacerlo”. Pero una empresa pequeña, o recién creada, no puede pagar una campaña promocional que llegue a millones de clientes potenciales, así que esta solución está descartada.

Otra solución es usar un canal de venta que ya tenga entrada en el cliente. Si ves un producto en El Corte Inglés, por ejemplo, supones que tiene un mínimo de calidad. Si tu asesor fiscal te recomienda una nueva inversión, supones que ha verificado que es rentable. El vendedor se queda con una parte de los ingresos, pero a cambio llegas a muchos más clientes.

Si tienes suerte y lo haces bien, con el tiempo tus clientes irán recomendado tu empresa a sus conocidos. Aunque puedes forzar esto con programas de recomendación, es un proceso lento, y que controlas muy poco (puedes pedir recomendaciones, pero poco más).

También puedes usar medidas paliativas que reduzcan el riesgo, como establecer garantías de devolución o permitir periodos de prueba gratuitos. Estas medidas son eficaces, pero tienen un coste que hay que medir muy bien, porque te arriesgas a perder dinero.

Todas estas soluciones, como veis, son medidas paliativas. Lo ideal sería ir a la raíz del problema y ser capaz de generar confianza en el cliente. Que para él comprarnos sea la solución natural a su problema, que sea él mismo el que esté decida que podemos ayudarle.

Esto se puede conseguir, pero tiene un precio. No sólo económico, sino sobre todo en tiempo y esfuerzo. Tradicionalmente la clave era publicar artículos en un medio escrito o ser ponente en congresos y eventos. Lo cual tiene el problema de que hay un “guardián” que decide quién publica y quién habla, y eso es otro obstáculo que hay que saltar.

Pero ahora Internet ha cambiado todo esto. Ahora puedes tener un blog en el que demuestres que sabes de qué va tu negocio. Ahora puedes darte a conocer en redes sociales, responder a las preguntas de tus clientes potenciales, hablar con ellos, descubrir qué les preocupa, analizar qué buscan cuando piensan en contratarte, crear nuevas formas de ayudarles.

Ya no necesitas permiso de nadie para demostrar que eres un experto. Solo tienes que creer que tienes algo que aportar, y dedicar el tiempo y el esfuerzo necesario para hacerlo. No es inmediato, pero si realmente eres bueno en lo tuyo y consigues demostrarlo, la recompensa llegará con toda certeza.

En esta línea, Alanta (la empresa que fundé hace tiempo y a la que echo una mano cuando puedo) ha creado un servicio de creación y soporte de páginas web para profesionales liberales (médicos, abogados, psicólogos, arquitectos, asesores…), que les sirvan como plataforma para demostrar sus conocimientos y experiencia, y puedan así conseguir más clientes.

Está claro que la página es solo el vehículo, y que si quieres hacer el viaje tienes que poner combustible y conducir, pero reducir la complejidad técnica supone salvar la primera barrera. Si tu problema es el tiempo, compensa que otro te ayude con lo que puede ser más complicado.

Si te lo quieres hacer tú mismo y tienes más tiempo que dinero, una buena opción es seguir el curso de Franck Scipion, que ha llamado la Dieta Casanova, y en el que explica paso por paso cómo crear tu página web y usarla como plataforma para generar confianza y conseguir nuevos clientes.

Cómo ganar dinero con un blog


Ya he explicado otras veces que ganar dinero con un blog es muy, muy difícil. Conseguir el volumen de visitas que necesitas para que los ingresos por publicidad te den para vivir requiere tanto esfuerzo y tiempo que te iría mejor como peón caminero o limpiando oficinas.

Pero un blog puede ser una excelente manera de ganar dinero. La clave es que tu negocio, lo que te da dinero, no sea el blog. Que el blog sea una manera de promocionar ese negocio. Esto funciona bien, porque un blog, si sabes de lo que hablas, te posiciona como experto en el tema y es más fácil que un cliente te compre a ti, que estás continuamente demostrando lo que sabes, que a un desconocido.

Últimamente he ayudado a mi hermana y a sus socias a renovar la página web para su centro de psicología. Me decidí a hacerlo con WordPress porque, además de ser un CMS que les permite a ellas actualizar el contenido sin ser expertas y sin esfuerzo por mi parte, el formato de blog es natural.

Poco a poco, cuando alguien busque en Google algo relacionado con los niños y los videojuegos, con el estrés o con la constancia, aparecerá el contenido de Betania Psicología. La mayor parte de los lectores aprenderán algo (o no) y se irán. Otros apuntarán la dirección y volverán de vez en cuando. Y alguno, cuando tenga un problema, les pedirá ayuda. Al final se trata de números: cuanta más gente visite tu página, más personas llegarán al final de ese proceso y se convertirán en clientes.

Escribir sobre algo que conoces a fondo no es tan difícil, solo requiere algo de tiempo, y la recompensa puede ser muy grande si consigues que las ventas se hagan “solas”.

El problema no es tanto escribir como todos los aspectos que rodean a la creación del blog, a su difusión, saber cómo, cuándo y de qué escribir, cómo conseguir una lista de seguidores, como relacionarte con ellos, cómo manejar la frontera entre lo comercial y lo gratuito…

Básicamente tienes tres opciones.

La primera es pagar a alguien para que te ayude: que te registre el dominio, lo aloje, monte WordPress, personalice el diseño, te enseñe a crear contenido, etc. O tienes un “pringadillo” en la familia como yo que sepa de qué va todo esto y te lo hace gratis, o pagas entre 1.000 o 3.000€ para tener un apoyo mínimamente profesional (y más si quieres un soporte continuado). La ventaja es que es rápido y no tienes que preocuparte de ningún detalle técnico. Si tienes dinero para invertir, es la opción más sencilla.

La segunda es hacer todo tú mismo. Es casi gratis (un alojamiento básico para WordPress cuesta alrededor de 100€ al año) pero a cambio debes prepararte a dedicar horas y horas a aprender todo lo que necesitas saber. Y debes estar atento a medir continuamente los resultados y corregir continuamente las equivocaciones. Porque te vas a equivocar, yo llevo blogueando seis años (más de cuatro con Desencadenado) y cosas tan tontas como no empezar directamente con un dominio propio me han supuesto muchos meses de retraso en número de visitas. Si no tienes nada de dinero y tienes mucho tiempo, por ejemplo si estás parado, esta puede ser la opción mejor.

La tercera opción es que alguien te enseñe a hacerlo. Y aquí interviene Franck Scipion. Franck ha creado un curso que ha llamado la Dieta Casanova, en el que explica, paso por paso y con todo detalle, todo lo que debes hacer para crear un blog que te ayude a promocionar tu negocio y conseguir más ventas.

Franck me habló de la Dieta Casanova hace unas semanas, y me ha dejado acceder a todo el contenido. Lo cierto es que entre lo que cuenta no hay ningún gran secreto. Como he dicho, puedes llegar a saber todo lo que se explica en la Dieta buscando en Internet. La clave está en el tiempo y esfuerzo que debes dedicar si lo haces por tu cuenta frente a la alternativa de ir siguiendo paso a paso lo que explica Franck.

El curso está compuesto de vídeos y de material escrito, incluye las transcripciones de los vídeos para los que preferimos leer y un eBook de 252 páginas. Franck ha publicado una serie de vídeo tutoriales gratuitos que sirven como presentación para que los interesados puedan ver cómo es el curso.

El precio de la Dieta Casanova es de 147€. Si los dedicaras a contratar a alguien para que hiciera las cosas por ti, apenas daría para entre 3 y 5 horas. Por otro lado, puede ahorrarte fácilmente al menos 100 horas de aprender buscando en Google y haciendo las cosas por ensayo y error, de modo que si ganas más de 1,5€ por hora te compensa ahorrarte el esfuerzo.

Como creo que el programa de Franck puede ser interesante para muchos de vosotros, he hablado con él y ofrece, solo durante 24 horas (es decir, hasta mañana día 9 a las 10) un descuento del 25%, con lo que el curso se queda en 117€.

Para los suspicaces: yo gano una comisión por vender el curso de Franck. Como buen emprendedor, creo que es justo ganar dinero por ofrecer valor, y eso es lo que hago al daros a conocer el trabajo que ha hecho Franck. Jamás lo recomendaría si no creyera sinceramente que es un buen producto, con gran cantidad de información útil y práctica y sobre todo que os ayudará a ahorrar tiempo, dinero y errores.

Os recomiendo que veáis los vídeos gratuitos para haceros una idea de cómo funciona el curso, y si queréis probarlo, tenéis la garantía de que si no os convence se os devolverá el dinero sin problemas y sin preguntas. Tenéis nada menos que 60 días para usarlo, trabajar con él, y comprobar si a vosotros os da resultado.

El efecto de los penes de Craigslist


Ramit Sethi explicaba hace tiempo en su blog lo que él llama el efecto de los penes de Craigslist. Según le contaron varias amigas, al poner un anuncio en Craigslist del tipo “chica busca chico” se encuentran en su correo electrónico entre 50 y 80 imágenes de penes que les han enviado otros tantos pretendientes. De modo que siendo simplemente normal y razonablemente educado, destacas entre la multitud de cretinos que creen que triunfarán enviando una imagen de su herramienta.

Curiosidades sociológicas aparte, lo cierto es que el efecto de los penes de Craigslist puede hacerte triunfar ante tu competencia. En mi última entrada en el curso Desencadéname, hablaba de cómo ser mejor que la competencia ya te permite diferenciarte. Muchos emprendedores se obsesionan con ser excelentes (qué daño hizo aquel libro de los 80) antes de lanzar su producto, sin caer en la cuenta de que cuando los demás están enviando fotos de sus penes, basta con que escribas un mensaje simpático y educado.

Y hay muchas empresas ahí fuera enviando fotos de sus penes. Los fontaneros que arreglan una cosa y estropean cuatro, los diseñadores que hacen un bodrio y además plagiado, los programadores que producen más bugs que líneas de código, los consultores que cobran por decir obviedades…

Si puedes ser mejor que tu competencia, eso basta. Empeñarse en la excelencia es perder el tiempo y desperdiciar recursos.

Discrimina a tus clientes

No todos los clientes son iguales, en esto estoy de acuerdo con Oliver Carreira. Pero no con las conclusiones de su post en Pymes y Autónomos. Leedlo para tener el contexto, pero os resumo: habla de dos experiencias en comercios de pintura y fontanería, áreas en las que es inexperto. En el de pintura le dedican mucho tiempo, haciendo esperar a sus clientes profesionales, y en la fontanería le hacen esperar para atender primero a los profesionales.

Él asegura que fue la tienda de pinturas quien actuó correctamente, porque (cito literalmente) “me fui contento y sabiendo dónde voy a comprar la pintura de aquí en adelante”. El problema es que al dedicarle a Oliver 15 minutos, hizo esperar a sus clientes profesionales, que sabían a lo que venían y no tenían mucho tiempo que perder en la tienda. Es decir, causó una molestia a cuatro o cinco clientes para atender excelentemente a uno. En la fontanería sucedió lo contrario: atendió correctamente a cuatro o cinco clientes, pero molestó a uno.

Ahora bien, no todos los clientes son iguales. El profesional es probable que gaste unos cientos de euros al mes en ese comercio. Oliver, que asegura que ya sabe donde comprará las pinturas a partir de ahora, no es probable que gaste más de unas decenas de euros al año, y eso los años que decida pintar su casa o hacer una pequeña reforma.

De modo que el vendedor de pinturas ha corrido el riesgo de perder a uno o más clientes importantes por atender a un cliente ocasional, que apenas deja beneficio y que no tiene ninguna posibilidad de convertirse en habitual.

Claramente, y a pesar de que como Oliver personalmente preferiría que me atendiera el primer vendedor, el que actuó correctamente fue el segundo.

Contra la perseverancia

He hablado alguna vez de que uno de los requisitos para ser un emprendedor de éxito es la perseverancia. Ser un cabezota, vaya. Empeñarte en sacar algo adelante, esforzarte, y seguir haciéndolo sin dejarte derribar por los problemas.

Pero como pasa con todo, también hay un problema en el exceso de perseverancia. A veces la perseverancia es lo que nos impide progresar.

Por ejemplo, cuando seguimos día tras día en un trabajo que no nos satisface, soñando que alguna vez lo dejaremos para siempre y sin llegar a dar el paso.

Cuando seguimos haciendo las mismas cosas, pretendiendo no reconocer que todo a nuestro alrededor ha cambiado y lo que hace años nos daba resultado ahora ya no funciona.

Cuando seguimos contando con los mismos empleados o colaboradores, a pesar de que sabemos que no son los mejores que podríamos tener, pensando que alguna vez cambiarán y todo irá mejor.

Cuando seguimos atendiendo a clientes que dan más disgustos y trabajo que beneficios, en lugar de salir a buscar nuevos clientes.

Cuando actuamos de una manera determinada porque es lo que se ha hecho siempre, o es lo que hace todo el mundo, en lugar de estar siempre atentos a las oportunidades de innovación y mejora que surgen en cada una de nuestras actividades.

La perseverancia es cómoda, pero puede llegar a asfixiarte. Por eso, ¿qué vas a cambiar hoy?

Creative Commons License photo credit: Daniele Butera

Clientes tóxicos

No, el cliente no siempre tiene la razón. A veces puede ser simplemente molesto, otras dañino y otras incluso mortal para tu empresa. Los clientes no son todos iguales, y por eso necesitas tratarlos de forma diferente.

Incluso despedirlos si es preciso.

Veamos primero qué tipo de cliente es perjudicial para tu negocio, y después qué hacer con ellos.

Clientes dañinos

Clientes no rentables. Son aquellos que te producen más gastos que ingresos. Sí, los hay. Por muchos motivos: devoluciones o necesidad de hacer correcciones en tu trabajo, clientes que solo aprovechan las ofertas en las que vas prácticamente a coste pero nunca compran nada en lo que haya margen, clientes esporádicos que cuestan más en ventas y marketing que el beneficio que dejan…

El problema con estos clientes es que cuesta ver que son un problema, porque siempre queda la esperanza de que la siguiente compra sí sea importante. Cada empresa debe analizar el nivel de “paciencia” que tiene con un cliente, pero es importante definir a partir de qué punto decidir que un cliente no interesa.

Clientes negativos. Son los que exigen más de lo que pagan. Los que nunca están satisfechos, los que critican tu trabajo continuamente, que exigen compensaciones por agravios más o menos reales. Siempre están dispuestos a ver la paja en tu ojo y no la viga en el suyo. Lo peor es que te obligan a satisfacer sus demandas, porque te hacen creer que estás en deuda permanente con ellos.

Clientes erráticos. Cambian las fechas de entrega, los requisitos, las especificaciones, desaparecen durante días o semanas dejando colgado el proyecto… y no tienen respeto por tu trabajo. Dedicas muchas más horas y recursos de los previstos para satisfacer el capricho del momento, siempre esperando que el último cambio sea de verdad el último.

Clientes que no lo son. Son los que te hacen perder el tiempo sin llegar a comprar nada nunca. Te piden ofertas, te consultan sus problemas, te hacen presentarles alternativas… pero la compra nunca llega. A veces porque solo te usan para tener la información técnica que necesitan para pedir una oferta a otro proveedor, a veces porque te usan para comparar precios, y a veces simplemente porque no tienen capacidad de comprar, les gustaría tenerla y marear a proveedores es su forma de compensar.

Clientes promesa. A veces coinciden con los anteriores. Son los que compran algo que vale 100 pero pagando solo 10 (o incluso 0), porque “es solo el principio y si esto sale habrá muchos más pedidos más adelante”. Siempre tienen contactos importantes, o son una gran empresa con gran capacidad de compra, o están en plena expansión. Pero pasa el tiempo y esa promesa se queda en eso, en promesa.

Clientes desagradables. Pueden ser maleducados, o gritones, o despectivos, o cutres, o tener problemas internos que te trasladan a ti… el caso es que cada vez que tienes una reunión con ellos sientes que te pesa el alma y te entran unas ganas cada vez más irrefrenables de salir corriendo según te vas acercando a su sede.

Clientes morosos. A veces simplemente se retrasan en los pagos, pero otras veces son caraduras que hacen del pagar lo más tarde posible (o no pagar) toda una estrategia de empresa. En realidad, poco importa que realmente no puedan pagar o que no quieran hacerlo: para tu empresa el efecto es el mismo.

Cómo tratar a los clientes difíciles

Lo primero es distinguir los problemas que son inevitables en cualquier trato entre dos o más personas de los problemas de fondo que son difícilmente resolubles. Hay circunstancias que tienen su origen en diferencias de criterio y pueden resolverse con diálogo y negociación. Por tanto, lo primero que debes hacer si no estás a gusto con un cliente es exponer la situación y tratar de reconducirla. Aunque parezca increíble, muchos clientes pueden no ser conscientes del perjuicio que te están causando con su comportamiento.

Pero en otras ocasiones el cliente es realmente tóxico. Eso sí, si tienes más de un 20% de clientes que encajan en alguna de las categorías anteriores, el problema lo tienes tú. O no sabes seleccionarlos, o tú mismo tienes un carácter problemático que saca lo peor de otras personas.

Si es el caso, analiza bien qué puedes estar haciendo mal para actuar como imán o como desencadenante de situaciones incómodas. A veces el origen puede estar incluso en mostrarse demasiado complaciente ante los clientes. Consciente o inconscientemente, pueden interpretar esa voluntad de agradar como “permiso para abusar”.

Lo normal es que los clientes difíciles sean solo un 20%, pero que generen el 80% de tus preocupaciones. Si estás en esos ratios, lo que tienes que hacer es librarte de ellos. Muchas veces esto es más fácil de decir que de hacer. Hay contratos, ingresos pendientes, esfuerzo invertido… pero puedes y debes hacerlo.

1. Da por perdidos los costes hundidos (sunk costs). Muchas veces nos vemos enfrentados al mismo dilema del jugador que ha perdido mucho y se empeña en seguir jugando para “recuperar”. Si analizando fríamente la situación ves que tu cliente va a seguir generando problemas y consumiendo toda tu energía, empieza por dar por perdido lo que hayas invertido en el proyecto. A partir de ahí te sentirás mucho más libre para tomar decisiones.

2. Orienta todas los esfuerzos al cierre del proyecto. Olvídate de contratos futuros, de ampliaciones, incluso de “quedar bien”. Tu primer objetivo debe ser salir del cliente cuanto antes. Si puede ser sin muchas heridas, mejor. Si hay un contrato que te ata, lo primero es analizar bien los términos para ver cómo puedes cumplir tu parte en poco tiempo y sufriendo lo menos posible. Puedes incluso intentar negociar una salida ordenada, si el cliente también percibe un problema por su parte.

3. Corta rápido con los caraduras. Con los que no pagan, o no contratan, muéstrate educado pero firme. No muevas ni un solo dedo hasta que no hayas cobrado todo lo que te deben, y a partir de ese momento plantéate si realmente te interesa trabajar con el riesgo de otro impago. Si decides repetir, asegúrate de cobrar al menos una parte por adelantado, y aplica un precio que compense el riesgo.

4. Sube los precios. Según el tipo de problemas que te cause el cliente, tal vez puedas compensarlos con una mejora en los ingresos que te genera. Y si decide que no le interesa, ya tendrás claro que el trato nunca hubiera sido satisfactorio para ti.

5. No vuelvas a trabajar para él. No tiene sentido montar una escena en la que “le cantes las cuarenta”, porque jamás se convence así a nadie de que su comportamiento es inadecuado. No te esfuerces en educarle, no lo conseguirás y además no es asunto tuyo. Simplemente puedes decirle que ahora mismo no puedes atenderle, que estás reorientando tu negocio y que lo que él pide ya no encaja en tu oferta. O incluso que ahora no tienes tiempo, que tal vez en otra ocasión…

No temas “despedir” a un cliente de estos, aunque creas que necesitas los ingresos que genera. Cuando lo hagas, descubrirás que tienes más tiempo y más ganas para dedicarte a clientes honestos, que merezcan la pena, que te traten con respeto, obtengan beneficios gracias a lo que tu empresa les aporta y te compensen adecuadamente por ello. A tu empresa le irá mejor y tú serás mas feliz.

Creative Commons License photo credit: frankh

Cómo conseguir clientes

Una vez que tienes un producto o servicio, un mensaje y un precio solo te falta una cosa para vender: credibilidad. La credibilidad es lo que te permite convertir a alguien interesado en alguien que paga por lo que ofreces.

Si tu empresa está recién creada tienes que ponerte en el lugar del cliente potencial: suponiendo que tiene que comprar lo que tú ofreces ¿por qué comprártelo a ti y no a otro? Incluso si tu oferta es mejor en precio y en prestaciones ¿realmente hay tanta diferencia como para compensar el riesgo de contratar a una empresita de la que no tienes referencias y que puede desaparecer en cualquier momento?

El problema es que la credibilidad, entre otras cosas, te la da el tener ya unos cuantos clientes. A todo el mundo le cuesta mucho más ser el primero que seguir a otros que se han aventurado antes, por lo que si tienes un portfolio interesante o una “ensalada de logos” que mostrar, todo se hace más fácil.

Pero claro, si estás empezando no tienes clientes, y por tanto no puedes conseguir credibilidad, lo que te impide a su vez conseguir clientes. ¿Cómo rompes ese círculo?

La estrategia del camello

Una buena estrategia es la que se cuenta en una historia de beduinos. Habla de un camello que en la fría noche del desierto pidió a su amo que le dejara meter el hocico en su tienda, para al menos tener la nariz resguardada. El dueño accedió, y el camello le pidió meter la cabeza, porque los ojos le lloraban de frío. Después el cuello, porque enfermaría de la garganta. Poco a poco, el camello acabó durmiendo en la tienda del amo.

¿A qué viene esto? Pues a que la estrategia del camello es la mejor para conseguir nuevos clientes. Lo más difícil es meter el hocico. A partir de ahí, a poco bien que hagas las cosas en seguida tendrás todo el cuerpo calentándose dentro de la tienda.

Es la estrategia que siguen muchas empresas de la web, desde 37signals (basecamp) a Salesforce: ofrecer una versión del producto gratuita o muy barata, para que el cliente empiece a usarlo. Después, cuando le surgen nuevas necesidades, la opción más sencilla para él no es buscar otras alternativas, sino optar por la versión “completa” del producto, con más coste. Es lo que se ha dado en llamar modelo “Freemium”, de Free+Premium.

Se ha argumentado que Microsoft no ha luchado activamente contra la piratería en pequeñas cuentas, porque los usuarios de productos pirateados se convierten en clientes de pago cuando crecen o cuando necesitan soporte del fabricante. En cualquier caso, es preferible que un cliente use tu producto, aunque sea sin pagar, a que use el de la competencia.

Este principio puede aplicarse también a empresas que no vendan aplicaciones web, ni software empaquetado. Se trata de crear una “oferta de introducción” fácil de aceptar para un cliente potencial. Puedes ofrecer algo incluso por debajo de tu coste, como hace 37signals al ofrecer una versión gratuita del producto. Tanto si vendes productos como si vendes servicios, diseña un “pack” que sea un auténtico regalo: incluye horas de consultoría gratuita, muestras de productos, un mes gratis de acceso a tus instalaciones…

No tienes por qué ofrecerlo gratis, pero sí a un precio que facilite la “compra por impulso”. Si le das al cliente tiempo (o motivo) para pensarlo, pierdes la oportunidad.

A partir de ahí, una vez que has metido el hocico en su tienda, el reto es venderle lo suficiente como para ganar dinero. Es fundamental medir el ratio de conversión: debes saber lo que te cuesta el “pack de introducción”, el número de clientes que pasan a ser de pago por cada cien clientes “gratuitos o baratos” y el dinero que ganas con cada cliente de pago.

Evidentemente, para que la cosa sea rentable, el resultado de multiplicar el ratio de clientes de pago por el beneficio que te deja cada cliente debe ser mayor que el resultado de multiplicar el coste del “pack de introducción” por 100.

Si te salen los números, ¡bingo! Ya tienes una máquina de hacer dinero. Cuantos más clientes “gratuitos”, más clientes de pago y más beneficios.

Haz un regalo primero

Si haces un regalo a un cliente potencial es más probable que acceda a comprar tus productos o servicios. No es una cuestión de “justicia cósmica”, karma ni nada parecido. Es simple sentido común.

Primero, porque nuestra cultura nos ha hecho así. Recibir un regalo obliga a corresponder, o a ser condenado al desprecio por “tacaño” y egoísta. Por eso muchas empresas invitan a comidas o regalan objetos promocionales a sus clientes potenciales. Lógicamente, para que el juego funcione el receptor del regalo tiene que percibir que éste es sincero, porque de lo contrario no se siente vinculado por ese contrato no escrito de reciprocidad. Hoy en día no se puede esperar conseguir una venta regalando unos bolígrafos o una camiseta, porque todo el mundo sabe que están hechos para vender más que para agradar al que los recibe.

Ser generoso tiene además otra función más profunda. Demuestra voluntad de establecer una relación con la persona que recibe nuestro “regalo”. Pensad que cuando hacemos una oferta a un cliente le estamos pidiendo que nos entregue su dinero a cambio de algo que cree que puede ser de valor para él. Pero no tiene la certeza de que será de valor mientras no disponga de ello. Hasta entonces debe confiar en nuestra palabra para creer que es así.

Si nosotros damos el primer paso y regalamos algo, estamos demostrando confianza en el cliente, porque hemos “invertido” en la relación. Así reforzamos la confianza que él pueda tener en nosotros.

¿Se corren riesgos? Evidentemente. Hay gente que se aprovechará de nuestra generosidad sin dar nada a cambio. Pero incluso esto puede ser una ventaja: un cliente así es un mal cliente, y es mejor conocerle (y evitarle) antes de que nos involucremos con un contrato que nos obligue a trabajar para él, y probablemente a perder dinero.

Y cuando funciona, puede llegar a hacerlo muy bien: yo he visto empresas que han conseguido contratos de más de un millón de euros invirtiendo sólo unos pocos miles de euros en resolver algún problema urgente del cliente.

Aporta garantías extraordinarias

Gran parte de el éxito de El Corte Inglés se debe a su política de permitir devoluciones sin hacer preguntas. Es mucho más fácil comprar algo por impulso si sabes que si después te arrepientes puedes devolverlo y recuperar tu dinero. Aunque en la práctica pocas veces lo hagas.

Si garantizas al cliente que no perderá su dinero si por cualquier motivo no queda satisfecho con tu trabajo, eliminas una de las barreras que le impide comprarte a ti. Demuestras además confianza en la calidad de tu oferta (y más te vale que esté basada en algo real, porque de lo contrario las devoluciones te arruinarán).

Lógicamente, debes tener previsto que haya quien pretenda abusar de la oferta, pero en general la inmensa mayoría de tus clientes serán gente honrada.

Hay negocios en los que es difícil hacer algo así, porque implican gastos elevados que no son recuperables (no se los puedes vender a otro cliente, como por ejemplo horas de trabajo). Aún así, si no puedes dar una garantía completa de devolución, al menos piensa en cómo puedes reducir el riesgo para el cliente. Todo lo que puedas aportar en ese sentido facilita su decisión.

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