Desencadenado

Como crear tu empresa: información para emprendedores, real como la vida misma.

Leche con agua

A mi abuela Lola le tocó vivir la posguerra con tres hijos que alimentar y un marido que lo había perdido todo por ser socialista (salvó la vida de milagro). Así que para conseguir algo de dinero, aprovechó que tenía familia en el pueblo para vender la leche de sus vacas en Bilbao.

Eran tiempos en los que la leche no salía de los bricks, sino que iba de la vaca al cántaro, y ya cada uno se la hervía en casa. El caso es que mi abuela por cada cántaro de leche que traía vendía dos. Sencillamente, le echaba agua. Como digo, eran otros tiempos, y los inspectores de consumo ni estaban ni se les esperaba.

¿Era mi abuela una estafadora? Ella tenía la conciencia muy tranquila. Recuerdo cuando, con la sencillez de la gente del campo, me explicó por qué lo hacía: “todas querían leche, y no había para todas. Si le echaba agua, yo ganaba más, ellas tenían leche, y todas contentas”.

Os recuerdo que era época de hambre, de achicoria en lugar de café, de pan moreno, de lentejas con piedras. ¿Sabían las clientas de mi abuela que lo que les vendía era leche al 50%? Pues claro. Nadie que haya probado la leche de vaca ordeñada y sin tratar (no lo que sale del brick) puede confundirla con un producto desleído en agua. Pero no había dinero para comprar leche auténtica, y gracias a mi abuela ellas podían dar leche a su familia.

Cuando la cosa fue mejorando, ya no tuvo sentido seguir con el negocio. Mi abuelo consiguió un trabajo con el que alimentar a sus hijos, e incluso el pequeño pudo ir a la universidad. Y nos fuimos haciendo más ricos y más exigentes, y ahora no aceptamos que las lentejas tengan piedras, el café achicoria y la leche agua.

Ahora hay inspectores de consumo, regulaciones y multas. Ahora nadie podría vender leche con agua. Pero yo pienso si en algunos casos no será preferible poder comprar leche con agua a no poder comprar leche en absoluto. No estoy hablando de vender como comida nada claramente perjudicial para la salud como el aceite de colza, que eso es otra historia.

Lo que me pregunto es si alguien vende leche con agua, a un precio inferior al de la leche auténtica, y hay quien prefiere pagar por un producto de mala calidad, ¿tiene el estado derecho a impedírselo?

El portátil rojo

Me encanta la anécdota que cuenta Sergio Montoro sobre la usuaria que, tras consultar características técnicas de varios portátiles, se decide por uno de color rojo porque es el más bonito.

Me parece un excelente criterio para elegir portátil. Sergio apunta, en un tono que creo interpretar como crítico, que cada vez importan menos las características técnicas y más la apariencia. Yo creo que es inevitable que sea así. Hace 20 años, un megaloquesea más o menos suponía una gran diferencia. Ahora cualquier ordenador nuevo tiene prestaciones suficientes para cualquiera de esos clientes que no saben si su ordenador lleva microprocesador o funciona con chips de silicio. Y si ya no tienes que preocuparte por saber si 37MHz serán suficientes o necesitas 73MHz para que Windows vaya rápido ¿por qué no elegir el portátil de color rojo que hace juego con tu bolso? ¿o el que tenga un diseño más futurista? ¿o el que parezca más resistente?

Aún hay más: ¿estamos seguros de que los clientes nos compran nuestros productos por las ventajas que nosotros vemos en ellos? ¿o tienen criterios propios? ¿tal vez el motivo de que compren a la competencia cuando nuestro producto es “objetivamente” mejor es que hay valores subjetivos que son más importantes para los clientes?

Dicho de otra manera, ¿qué será más rentable para una empresa de hardware, contratar a un excelente ingeniero o contratar a un excelente diseñador?

¿Cuándo está listo tu producto?

Cuando el emprendedor primerizo e ilusionado se lanza a definir el producto que va a poner en el mercado, normalmente tiene claro lo que quiere: “lo mejor de lo mejor”. Calidad de la buena, nada de fabricado en China. Algo que “le van a quitar de las manos”. Y si es un servicio, no lo prestarán técnicos de medio pelo, sino profesionales experimentados con años de curriculum a sus espaldas.

El problema, claro, es que como dice el refrán “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Y hacer el producto perfecto, además de caro, muchas veces es imposible. Entre otras cosas, porque supone dedicar mucho tiempo y esfuerzo a limar aristas, a hacer retoques, a cambiar una pequeña cosita que resulta que tiene impacto en otras “pequeñas cositas…” Y al final después de meses uno se encuentra con que el producto no se ha terminado, pero el dinero sí.

Leed este mensaje de la lista de desarrolladores de Django. Después de años estaban dispuestos por fin a lanzar la versión 1.0, y su planteamiento puede ser muy útil para tomar ejemplo.

  1. Pusieron una fecha límite para el lanzamiento. Sin ese límite, los días se convierten en semanas, las semanas en meses, y al final el tiempo ha pasado y nunca has alcanzado tu objetivo.
  2. Como la fecha límite marca un tope para las cosas que puedes hacer, priorizaron la funcionalidad que tendría esa versión del producto según 3 criterios:
  • Cosas que deben estar obligatoriamente en la versión 1, y que pueden retrasar el lanzamiento si no están listas.
  • Cosas que sería bueno que estuvieran, pero si no da tiempo se quedarán para más adelante.
  • Cosas que ya saben que quedarán fuera, aunque sea una pena. Ya habrá una versión 1.1, o 2.0.

Como veis, el software libre no solo es útil en si mismo, sino que además el proceso abierto y público de desarrollo nos permite descubrir prácticas que podemos incorporar en nuestras empresas.

¿Queréis otro ejemplo? Cuando Apple lanzó la primera versión del iPhone, se criticó que no tuviera GPS y que no fuera 3G. Ahora estas funciones están ahí, y por la mitad de precio que antes. Pero lanzando una primera versión que ya era rompedora, aunque todavía no hubieran conseguido embutirle también el 3G y el GPS, Apple consiguió varias cosas. Primero, vender una cantidad disparatada de teléfonos, que no es poco. Pero además, posicionarse como el líder en teléfonos “pijos”, mirando por encima del hombro a competidores establecidos como Nokia o HTC. Y todavía más: aprender lo suficiente del negocio y de la tecnología como para sacar un dispositivo mejor, más barato y que les reportará muchos más beneficios.

Ya hemos hablado de Autodesk, que primero acudió a una feria con poco más que unos folletos y después desarrolló el producto (AutoCad) basándose en la información que obtuvieron de los visitantes interesados. Es interesante leer esto que escribió su fundador, John Walker:

De lo que estoy hablando es del “Culto del Diseño” – la idea completamente absurda de que con una investigación adecuada, nuestro poderoso intelecto, junto a procesos de gestión innovadores y, ah sí, herramientas de diseño, modelado y simulación rompedoras, podemos crear, ab initio, productos que pueden ser fabricados en masa desde cero exactamente con los costes y niveles de calidad previstos, que sean aceptados inmediatamente por los consumidores identificados y retornen el beneficio esperado a sus desarrolladores.

Que montón de gilipolleces. [...]

Rotundamente la única manera que conozco de tener éxito con un producto innovador es juntar algo rápidamente, sacarlo por la puerta, persuadir a algunos early-adopters pirados de que empiecen a usarlo, y después evolucionarlo rápidamente en un ciclo de mejora basado en la aceptación del mercado y dirigido por una lista de deseos de usuarios reales.

Otro caso paradigmático es el de Vignette. Para los que no lo conozcan, Vignette es una herramienta de gestión de contenidos (como pueden ser WordPress, Joomla o Drupal) de clase empresarial. Es decir, que sirve para hacer webs todo lo grandes y complejas que necesitemos, en las que pueden intervenir equipos de centenares de personas distribuidas por todo el mundo. Es el software que está detrás de las webs de grandes empresas como el Grupo Santander y organizaciones como el Ayuntamiento de Madrid.

No es un software nada barato. Sólo en licencias una instalación de Vignette puede costar cientos de miles de euros, y si agregas los servicios, lo habitual es que el proyecto salga por unos cuantos millones. Hasta ahí, lo normal en entornos de software corporativo.

Lo que no es tan habitual es lo que recibías hasta hace poco a cambio de esos cientos miles de euros. No una caja troquelada con unos CD estampados, un manual de usuario y unos hologramas que certifican la autenticidad, como cualquier producto de Microsoft. Ni siquiera unos bits, algo virtual pero que tiene un procedimiento de instalación y a partir de ahí es usable, como las aplicaciones que descargas de Internet. Vignette consistía en código, funciones y librerías más o menos coherentes entre sí pero que requerían unos servicios de implantación especializados, porque instalarlos no era cuestión de arrancar un programa, responder a unas preguntas y pulsar el botón “siguiente” unas cuantas veces.

Dicho de otro modo: Vignette, un producto que se vendía por cientos de miles de euros, no era un producto “terminado”. La empresa no había perdido el tiempo creando instaladores, puliendo la interfaz de usuario, editando manuales o fabricando CDs. Tenían algo tan valioso como para que grandes empresas estuvieran dispuestas a pagar mucho por el “producto”, y al fin y al cabo quien tenía que acceder directamente al producto no era el cliente final, sino el especialista que lo instalaba y configuraba. Así que tenía todo el sentido no perder el tiempo en “adornos” ni en facilitar la vida a usuarios casuales, y centrarse en ofrecer más funcionalidad a los expertos.

No es que fuera muy elegante, pero ganaron mucho dinero siendo de los primeros en tener algo que ofrecer cuando a finales de los noventa las puntocom y las grandes empresas demandaban soluciones de gestión de contenidos. Si hubieran esperado a tener un producto “redondo” y perfecto para salir al mercado, probablemente no hubieran sido capaces de sobrevivir al desastre de las puntocom.

Así que ya sabes: ponte una fecha, valora con realismo qué puedes hacer para tener un producto “terminado” ese día, y deja la perfección para más adelante.

Creative Commons License photo credit: ‘J’

Productos o servicios

Otra de las decisiones que debes tomar es si tu empresa se dedicará a vender productos o servicios.

En principio, parece que vender servicios es más fácil: no necesitas apenas inversión, tú tienes una experiencia y unos conocimientos por los que alguien te ha pagado dinero cada mes, el riesgo parece pequeño…

Como decía ayer, si lo que quieres es trabajar como freelance, vendiendo tus habilidades, no hay más problema que tus propias limitaciones. Mucha gente lo hace, y algunos consiguen vivir muy bien. El problema es cuando quieres, o necesitas, contratar a otras personas que presten los servicios. Es decir, cuando quieres crear una empresa de servicios.

Yo en Alanta sufrí de todo con los técnicos: hubo quien casi se pega con un cliente, quien siempre llegaba tarde (o no llegaba) a las reuniones con clientes, uno que desapareció a los dos días de estar contratado porque era soldado profesional y le llamaron para que se incorporara a no se qué destino, el que de repente dejaba de trabajar, el que solo veía problemas en cada proyecto… y en general hay que estar persiguiendo a la gente simplemente para que haga lo que tiene que hacer.

A lo que se suma, al menos en España, una legislación laboral que impone tales cargas que rompen el espinazo de cualquier empresa pequeña que tenga como modelo de negocio la venta de horas de personal especializado. Eso de cogerse bajas por enfermedad o por maternidad está muy bien cuando eres empleado. Pero si tienes que pagar a alguien que no está generando ingresos, más te vale tener una empresa lo suficientemente sólida como para que aguante. Y no, esas bajas no las paga “la seguridad social”. Hay algún descuento cuando el tema se prolonga semanas o meses, pero la parte del león la sigue pagando el empresario.

Está el problema de los despidos. Si algún trabajador no cumple con lo que se espera de él, o simplemente tienes que prescindir de alguien porque los ingresos no dan para soportar la plantilla actual, tienes que pagar 45 días por año trabajado. Es muy, muy difícil demostrar una conducta merecedora de despido en un trabajador, así que en casi todos los casos el empresario acaba pagando el máximo. Lo cual, en una empresa pequeña, puede suponer que un despido se come todos los beneficios del año. Si son varios despidos los necesarios, como está sucediendo ahora, la empresa puede verse obligada a cerrar.

Hay además otro problema insalvable: las horas facturables no se acumulan. Si vendes tornillos y tienes stock en el almacén, lo que no vendes un mes puedes venderlo el siguiente. Pero si lo que tienes son técnicos ociosos, lo que no factures este mes ya no lo facturarás el siguiente. Por eso es endiabladamente difícil gestionar empresas de “consultoría”, y por eso muchas tienen que cerrar en momentos de crisis.

Es posible que haya que distinguir dos tipos de empresas de servicio: aquellas en los que se pueden estandarizar los procesos, en las que se consigue que personas con poca formación y coste bajo sean productivas en poco tiempo, y aquellas otras en los que se requiere tener profesionales con experiencia, con responsabilidad y con iniciativa, que exigen sueldos muy altos y cuyas horas por tanto hay que facturar muy caras para que sean rentables.

Pero para que funcione una empresa de servicios estandarizados se requiere una masa crítica. Necesitas muchos clientes y muchos trabajadores, de tal manera que ese pequeño beneficio que obtienes con cada cliente, al multiplicarse por el número de clientes, genere un beneficio suficiente. Y eso supone infraestructura, gastos de publicidad, etc. Con lo cual, la ventaja de no necesitar financiación para crear una empresa de servicios se desvanece.

Además hay mucho más público para un restaurante tipo VIPS, en el que los camareros cambian cada pocas semanas (y que son relativamente económicos) que para restaurantes de lujo en el que un camarero sabe servir correctamente un arroz con bogavantes. Por tanto, si de verdad quieres emprender un negocio que se base en vender horas de técnico especializado, asegúrate antes de que tienes clientes y de que están dispuestos a pagar por el servicio de lujo.

En cuanto a los productos, en los últimos años se está haciendo cada vez más fácil crear una empresa de productos con muy poco capital. Hace unas décadas era necesario construir una fábrica, comprar materias primas, contratar obreros… ahora puedes simplemente encargar lo que quieras vque te fabriquen en China o en cualquier país del sudeste asiático. Puedes crear una tienda online por muy poco dinero, o recurrir a eBay para vender sin pagar a intermediarios. La globalización es tu aliada.

Otra alternativa es vender productos electrónicos. No necesitas inventario, se pueden vender en Internet, una vez descontado el tiempo que te lleva crearlos el margen es muy elevado… Un diseñador puede crear, por ejemplo, temas para personalizar WordPress y así obtener ingresos recurrentes. Un fotógrafo vender sus imágenes en dreamstime o iStockphoto. Hablaremos más en profundidad de este tipo de empresa, o de cómo utilizar los productos electrónicos para complementar los ingresos por servicios.

Por último, existe la posibilidad de tener una empresa mixta, al menos durante algún tiempo.

Algunas empresas comienzan siendo de servicios y acaban generando productos. Es muy frecuente, por ejemplo, en empresas de desarrollo de software, que empiezan creando una aplicación para el fontanero de la esquina y después la comercializan como “FontaPlus 3.1″.

En otros casos está claro que el objetivo es desarrollar y vender un producto, pero los servicios son la vía para conseguir ingresos con los que sobrevivir hasta que se consigue tener un producto terminado que colocar en el mercado.

Lo difícil, en estos casos en los que se mezclan productos y servicios, es tener la cabeza fría y mantener la estrategia, evitando que los resultados a corto plazo impidan conseguir los verdaderos objetivos de la empresa.

Creative Commons License photo credit: ruurmo

Desarrollando el producto perfecto


Cuando el emprendedor primerizo e ilusionado se lanza a definir el producto que va a poner en el mercado, normalmente tiene claro lo que quiere: “lo mejor de lo mejor”. Calidad de la buena, nada de fabricado en China. Algo que “le van a quitar de las manos”.

El problema, claro, es que como dice el refrán “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Y hacer el producto perfecto, además de caro, muchas veces es imposible. Entre otras cosas, porque supone dedicar mucho tiempo y esfuerzo a limar aristas, a hacer retoques, a cambiar una pequeña cosita que resulta que tiene impacto en otras “pequeñas cositas…” Y al final después de meses uno se encuentra con que el producto no se ha terminado, pero el dinero sí.

Leed este mensaje de la lista de desarrolladores de Django. Por fin van a lanzar la versión 1.0, y su planteamiento puede ser muy útil para tomar ejemplo.

  1. Han puesto una fecha límite para el lanzamiento. Sin ese límite, los días se convierten en semanas, las semanas en meses, y al final el tiempo ha pasado y nunca has alcanzado tu objetivo.
  2. Como la fecha límite marca un tope para las cosas que puedes hacer, han priorizado la funcionalidad que tendrá el producto según 3 criterios:
  • Cosas que deben estar obligatoriamente en la versión 1, y que pueden retrasar el lanzamiento si no están listas.
  • Cosas que sería bueno que estuvieran, pero si no da tiempo se quedarán para más adelante.
  • Cosas que ya saben que quedarán fuera, aunque sea una pena. Ya habrá una versión 1.1, o 2.0.

Como veis, el software libre no solo es útil en si mismo, sino que además el proceso abierto y público de desarrollo nos permite descubrir prácticas que podemos incorporar en nuestras empresas.

¿Queréis otro ejemplo? Cuando Apple lanzó la primera versión del iPhone, se criticó que no tuviera GPS y que no fuera 3G. Ahora estas funciones están ahí, y por la mitad de precio que antes. Pero lanzando una primera versión que ya era rompedora, aunque todavía no hubieran conseguido embutirle también el 3G y el GPS, Apple consiguió varias cosas. Primero, vender una cantidad disparatada de teléfonos, que no es poco. Pero además, posicionarse como el líder en teléfonos “pijos”, mirando por encima del hombro a competidores establecidos como Nokia o HTC. Y todavía más: aprender lo suficiente del negocio y de la tecnología como para sacar un dispositivo mejor, más barato y que les reportará muchos más beneficios.

Así que ya sabes: si tienes una idea ponte una fecha, valora con realismo qué puedes hacer para tener un producto “terminado” ese día, y deja la perfección para más adelante.

Proverbios del Emprendedor: el producto

  • Las buenas ideas son inútiles sin grandes necesidades. Este es el error clásico de los emprendedores ingenieros (o al menos me gusta pensarlo, porque yo lo cometí). A los técnicos les encanta la tecnología, y una nueva tecnología puede generar un montón de empresas que en realidad no satisfacen una necesidad. Mejor empezar por la necesidad, y después ver cómo lo que sabes puede producir una respuesta mejor a esa necesidad. (Los de marketing tienden al problema contrario: necesidades reales y urgentes con soluciones completamente inoperantes).
  • Construye la cosa más simple que puedas. Para los ingenieros esto es lo más difícil, no sobrediseñar para la necesidad a la que se dirigen. Haz el producto más simple posible que suponga un impacto significativo en esa necesidad, y te resultará mejor que resolver dos o tres necesidades de una vez. La simplicidad conduce a la claridad en todo lo que haces.
  • Resuelve problemas, no problemas potenciales. Puedes desperdiciar un montón de dinero implementando soluciones para problemas que todavía no tienes, y puede que nunca tengas. Trabaja en los problemas más grandes y más urgentes de hoy, y deja de lado todo lo demás.
  • Prueba todo con gente real. Es increíble lo útil que es esto. Busca a vecinos, gente real que usa ordenadores porque tienen que hacerlo y no porque les encanten. Búscalos en el Starbucks, en la biblioteca, o en el aula de informática de la universidad. Dales 20 dólares por veinte minutos, y ganarás el ciento por uno.

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Proverbios del emprendedor: la gente
Proverbios del emprendedor: la idea
Los proverbios del emprendedor