Seguro que cuando eras un becario imberbe que empezaba a dar sus primeros pasitos en el proceloso mundo de las empresas pensabas “si algún día soy jefe, tendré en cuenta la opinión de mis subordinados, me ocuparé de que trabajen a gusto, evitaré gritarles y exigirles…”. E incluso es posible unos años más tarde te hayas visto en la situación de tener que dirigir a otros y hayas intentado poner en práctica esas ideas.
Al fin y al cabo, es lo que recomienda todo el mundo: crear un buen ambiente de trabajo, apoyar las iniciativas de los empleados, empowerment y palabrejas semejantes de los gurús americanos, etc.
Pues resulta que es probable que eso no sea tan bueno para ti. Un artículo de la Harvard Business Review titulado Why Fair Bosses Fall Behind (Por qué los buenos jefes se quedan atrás) explica que puede ser mejor para la carrera de un jefe mostrarse duro, exigente e incluso gritar y enfadarse a ser un jefe amable, que razona y que trata a sus empleados con dignidad.
El motivo es que a los jefes amables se les percibe como menos poderosos, con menos control sobre los recursos y con menos capacidad de premiar o castigar. Y eso puede dañar sus posibilidades de promocionar a puestos con más “nivel de exigencia”.
Además de la conclusión de los autores del artículo (interesante para los que tengan como objetivo hacer carrera en una multinacional) me pregunto si esto puede tener implicaciones también para un emprendedor. Si resulta que la tendencia a respetar al gorila que más fuerte se golpea el pecho sigue más arraigada en nuestro comportamiento de lo que nos gustaría admitir, ¿puede tener más sentido demostrar a nuestros empleados quién es el macho dominante que respetarles como personas? ¿depende tal vez de la situación de la empresa, por ejemplo cuando hay una crisis y los empleados pueden preferir tener un líder fuerte antes que a un pusilánime que llevará a la tribu al desastre?