Desencadenado

Como crear tu empresa: información para emprendedores, real como la vida misma.

Primer encuentro de emprendedores liberales

He hablado muchas veces de lo solitario que es ser emprendedor y de la necesidad de relacionarte con otros emprendedores con los que compartir ideas, penas y alegrías. Bien, pues si hace frío ahí fuera siendo emprendedor, mucho más si además de ser emprendedor eres liberal.

Por eso se nos ha ocurrido a Lucas y a mi organizar algo que todavía no sabemos lo que será (ni si será) pero que empieza este domingo a las siete, en algún lugar de Madrid que determinaremos en función del número de asistentes.

El objetivo es tomar unas cervezas, conocernos y ver qué podemos hacer en torno a tres ideas:

- Crear un cuerpo de investigación / análisis en torno a la intervención del estado en el emprendimiento, sus problemas y plantear alternativas.

- Contribuir a la formación básica de emprendedores que intuyen que la ideología socialdemócrata o democristiana no se compadece con lo que viven en su día a día, pero ignoran que existan alternativas.

- Si es posible, hacer lobby y plantear demandas alternativas a las de los “representantes sociales”, léase sindicatos y representantes del capitalismo de estado.

Si te interesa, lee por favor el manifiesto que hemos redactado y si te ves reflejado en ese planteamiento, o por lo menos tienes curiosidad por aprender más, contacta conmigo a través del formulario de este blog o mediante un DM en twitter (soy @borjaprieto) y cuando tengamos cerrado el sitio te lo comunicaré.

Prefiero ser un siervo feudal

Interesantes los comentarios a mi último post. Entre los argumentos en contra hay dos que comparto: que es simplificador y demagógico hablar de “pobres” y “ricos” y que los ricos no pagan impuestos. Pero precisamente estos argumentos sirven también para negar la posibilidad de “aumentar los impuestos a los ricos y bajarlos a los pobres”.

Hay algún otro que implícita o explícitamente alude al “contrato social”. Es decir, tenemos que pagar impuestos porque vivimos en sociedad y el Estado simplemente organiza unos servicios cuyo gasto y beneficio repartimos entre todos. Esto tiene más miga, porque se podría analizar si ese contrato social es un contrato válido, pero esto es otro tema.

Ahora lo que quería proponer es otra idea. Algún comentarista proponía (supongo que irónicamente) pasar al esclavismo. No me parece disparatado, de hecho a quien no la haya visto le recomiendo ver Stico, una película en la que el protagonista (Fernando Fernán Gómez) es un catedrático de derecho que se ofrece como esclavo a un ex-alumno que ha triunfado.

Pero yo prefiero el feudalismo al esclavismo. Y al “Estado del Bienestar” que tenemos ahora. Sí, preferiría ser un siervo feudal que un ciudadano en la España actual.

De entrada, el contrato entre el siervo y el señor era mucho más simple: tú pagas un 10% de impuestos y a cambio cultivas los campos de tu señor y tienes su protección (militar y policial). En todo lo demás, básicamente te deja que vivas tu vida. No te garantiza ingresos, pero tampoco te los limita.

Ahora trabajas en la propiedad de otros (los dueños de tu empresa) para aumentar su riqueza, y a cambio te entregan una cantidad fija cada mes. Pero hay otro señor (el Estado) al que tienes que pagar casi un 50% del dinero que recibes. A cambio, además de protección, te da servicios como sanidad, educación, pensiones…

El problema es que con esos extras van otros que no están tan claros que nos beneficien: subvenciones para los señores dueños de la empresa, festejos populares con artistas invitados casualmente afectos al régimen, actividades de interés cultural que interesan a muy pocos, aportaciones a asociaciones con evidente ánimo de lucro…

Peor aún: como el que paga manda, y el Estado paga nuestra sanidad o nuestra educación, es inevitable que limite nuestra libertad. Así, ya nadie puede elegir qué curriculum educativo es el mejor para su hijo: unos funcionarios del ministerio han decidido cuántos años hay que estudiar, qué asignaturas cada año e incluso qué temas en cada asignatura. Y hay infinidad de leyes cuyo fin es protegernos de nosotros mismos, y que solo se explican porque el Estado es quien se hace cargo si hay problemas. Por ejemplo, la obligación de usar el cinturón de seguridad.

Antes de que alguien diga “sí, pero en la Edad Media te morías de hambre si había una sequía, no había sanidad, los niños no estaban escolarizados…” por favor tened en cuenta el nivel de desarrollo y riqueza relativo en la España de hace 1.000 años y en la actual. Si con el desarrollo actual tuviéramos un sistema feudal, tendríamos garantizada la seguridad, y podríamos dedicar ese 40% de nuestros ingresos que ahora nos quita el Estado a pagar cada uno la sanidad, la educación o la pensión que quisiera.

Y las fiestas de los pueblos no tendrían actuaciones de Victor Manuel y Ana Belén o Miguel Bosé. Todo ventajas.

Subir los impuestos a los pobres y bajarlos a los ricos

Ahora los gobiernos, desde Estados Unidos hasta el sur de Europa, se encuentran sin recursos para atender a las obligaciones que impone el estado del bienestar. Y buscando de dónde sacar ese dinero que falta, la idea más popular es “subir los impuestos a los ricos”.

Yo propongo lo contrario: bajar los impuestos a los ricos y subirlos a los pobres. Al menos, a los mayores de 40 años.

Me explico: una de las principales justificaciones para los impuestos es que el Estado es mejor que los individuos a la hora de gestionar cosas como la sanidad, la educación, las pensiones, el desempleo… Así oímos cosas como que la sanidad es un desastre en Estados Unidos porque cada cual tiene que pagar un seguro privado y muchos no lo hacen, mientras que en España todos disfrutamos de sanidad “gratuita” porque nos quitan el dinero de la nómina antes de cobrarlo.

Pues bien, a los 40 años uno lleva entre 15 y 20 manejando su propio dinero. Y si alguien es rico a esa edad, es porque ha sabido administrarlo. Incluso en el caso de que lo haya heredado, al menos no lo ha dilapidado en fiestas con mujeres de moral distraída. Por tanto, se ha ganado el derecho a disponer de él. Y es lo mejor para la sociedad, ya que aunque solo sea por interés y egoísmo invertirá ese dinero en crear empresas, hacer más grandes a las que ya son suyas o invertir en las de otros. Es decir, creará riqueza y generará puestos de trabajo que beneficiarán a todos.

Por el contrario, el que sea pobre pasados los 40 tiene muchas papeletas para serlo siempre. En este caso sí es más adecuado que el Estado le retire dinero para asegurar su sanidad, su pensión o la educación de los hijos. Incluso un torpe funcionario será mejor que él asegurando estas prestaciones.

Si no estás de acuerdo ¿podrías explicar por qué? a ser posible, razonando y sin insultos ni demagogias.

Quién tiene la culpa de la crisis

Comento la última encuesta, que ya va siendo hora. A la pregunta de ¿Quién tiene la culpa de la crisis?, un 45% de los votantes ha respondido que “el afán desmedido de riqueza”, muy por delante de la segunda opción “El sistema neoliberal que no controla al mercado”, que ha tenido el apoyo del 20%.

Hay que apuntar que los resultados han cambiado después de que el post sobre qué hacer si te quedas en paro fuera portada de menéame. Antes, mi opción favorita (La intervención de los gobiernos en la economía) tenía más del 13% en que se ha quedado.

Pero vamos al grano, ¿puede ser el afán de riqueza el causante de la crisis? Eso implicaría que el afán de riqueza ha crecido en los últimos años. Y necesitaría una justificación ¿somos los seres humanos más avariciosos en el siglo XXI que en el XX? ¿Eran los seres humanos más avariciosos en 1929 que veinte años antes o veinte años después? ¿Y en la crisis de 1973?

La avaricia, o el afán de riqueza, o el deseo de prosperar siempre están ahí. Pretender que no existe, o que los seres humanos deberíamos cambiar y ser mejores, tal vez esté bien como idea para tu grupo religioso/ideológico, pero tiene poco sentido práctico no contar con ello. Si dentro de X años tu religión o tu ideología consiguen cambiar a los seres humanos y hacernos a todos seres altruistas dispuestos a compartir con el que menos tiene, estupendo. Mientras tanto, lo mejor es asumir que esa avaricia lleva algunos milenios acompañándonos, y que cualquier sistema económico debe partir de que existe.

El capitalismo es bueno porque canaliza esa avaricia hacia el servicio a los demás. Como decía Adam Smith: “no es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”. El caso es que gracias al egoísmo y al afán de riqueza del panadero, tenemos pan. Él está contento ganando su dinero, y nosotros somos estamos contentos pagándole por tener pan.

Para que le paguemos, por supuesto, debe proporcionarnos un pan que nos parezca mejor que el dinero que pagamos por él. Si no lo hace así, compraremos en otra panadería, o simplemente dejaremos de comprar pan y acompañaremos la comida con arroz o con tortas de maíz.

Y lo que vale para el pan, vale para los pisos, las hipotecas o los coches. Claro que si te equivocas al comprar una barra de pan, el error que has cometido es muy leve, y no tiene más consecuencia que una comida peor. Si te equivocas al comprar una vivienda, o al contratar una hipoteca, toda tu vida puede verse afectada durante años. De modo que debes tener más cuidado e informarte mejor al comprar una vivienda que al comprar una barra de pan. Parece de Perogrullo, pero la cosa tiene miga.

Mucha gente cree que el Estado le protege de los avariciosos banqueros y empresarios que intentarían sacarle hasta el hígado de no mediar reglas, normas y vigilancia. De este modo, “cede” la responsabilidad de informarse antes de tomar una decisión que comprometerá toda su vida.

Pero lo cierto es que sucede más bien al contrario. Los Estados han contribuido más que nadie a la crisis, y desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, muchos piensan que la crisis de las subprime se debe a que la avaricia de los bancos les llevó a prestar dinero a quien no podía devolverlo, creando luego los famosos “paquetes” que endosaban a otros bancos.

Lo cierto es que fue el gobierno de Bill Clinton quien obligó a prestar a los indigentes, bajo la amenaza de denuncias por racismo. Leed este artículo del NYT, de 1.999, en el que se anunciaba que si se producían un cambio negativo en la economía, esas medidas obligarían a un rescate de las entidades financieras por parte del gobierno. Yo tengo muy poco respeto por los economistas que son prefectamente capaces de explicar a toro pasado cualquier situación económica, pero mucho por quien es capaz de predecir algo con casi diez años de antelación.

De modo que el gobierno estadounidense sí tuvo que ver con la crisis de las subprimes, pero no por vigilar poco, sino por obligar a prestar a insolventes solo porque tenían el color de piel adecuado. Y por enviar además un mensaje envenenado: “si el gobierno me obliga a prestar a un individuo que ni siquiera tiene un trabajo decente, no ve a a dejar luego en la estacada si el susodicho no paga el crédito”. Por supuesto que el afán de riqueza hizo que los bancos americanos, además de conceder préstamos basura los “empaquetaran” y se los colocaran a otros, pero ese mismo afán de riqueza les habría hecho ser mucho más prudentes si el Estado no hubiera intervenido.

Por nuestra parte, la burbuja inmobiliaria ha tenido mucho que ver con la financiación de los Ayuntamientos. ¿Que hay mucho chorizo en la construcción? Pues claro. Más o menos la misma cantidad que concejales de urbanismo corruptos. Cuando de la decisión de un cargo público depende que tu terreno valga 5 o 100, hay una gran ventana de oportunidad para que la avaricia se dirija no a satisfacer las necesidades de tus clientes, sino a conseguir el favor del cargo público.

Hay más: el Estado tiene el monopolio del dinero, y maneja los tipos de interés. Durante muchos años, los bancos centrales han estado manteniendo unos tipos de interés tan bajos que era casi irracional no entramparse. El mensaje que se nos daba desde el Gobierno era: “gasta, gasta, que tienes dinero para lo que quieras”.

El problema de gastar a crédito es que lo haces hoy con el dinero que crees que tendrás mañana. Si en tus cálculos está que tu vivienda valdrá un 20% más cada año, y que la economía siempre va a ir a mejor (al menos en lo que respecta a tus ingresos), lo más probable es que te equivoques. Y nuevamente el Gobierno, con sus mensajes de “somos la leche, la economía va a tope, y quien diga lo contrario miente”, ha contribuido a que muchas personas tardaran demasiado en darse cuenta de que sus cálculos estaban fatalmente equivocados.

Por si sirve de consuelo, hay que tener en cuenta que también los “expertos” de los bancos se equivocaron. Demasiados créditos se concedieron con criterios irresponsables, y demasiadas inversiones se hicieron sin mirar la solvencia real de los activos en que se basaban. Nuevamente el afán de riqueza, pero en un entorno en el que las relaciones no son transparentes, sino que están envenenadas por la intervención del gobierno.

La puntilla la ponen los planes de rescate. Los de Obama, los de Zapatero y los de sus colegas. En una economía sana y libre, las empresas que han cometido errores (como los bancos) y las que nos son competitivas (como la industria del automóvil) se ven obligadas a reconocer sus pérdidas, reconvertirse si están a tiempo, y cerrar o ser vendidas si ya no lo están. El dinero (por avaricia, por afán de riqueza) fluye a empresas más competitivas y más rentables, y aunque hay un periodo en el que los implicados en las empresas fracasadas (propietarios y trabajadores) sufren, al cabo la economía se sanea y la gente encuentra nuevos trabajos.

Nuevamente, el afán de riqueza es el que hace que esas otras empresas prueben suerte, intenten atender necesidades insatisfechas de los consumidores, y ganen dinero con ello.

Pero los planes de rescate retiran el dinero de las empresas solventes y de los ciudadanos que pagan sus impuestos, y se lo entregan a las empresas insolventes. Con esto, además de apuntalar empresas que deberían reconvertirse o cerrar, envían un mensaje a los avariciosos: “no arriesgues tu dinero en empresas innovadoras. Yo, que para eso soy el Estado, te garantizo que nunca perderás si lo colocas en las empresas que yo elija”.

Y envían también un mensaje a los avariciosos directivos de los bancos y empresas insolventes pero grandes: “no importa lo mal que gestiones tu empresa, yo siempre estaré aquí para apoyarte. No importa que arriesgues irresponsablemente, o que no innoves, sabes que siempre puedes contar conmigo.”

El Estado acaba siempre comportándose como el protagonista de una comedia de enredo, que para disimular que tiene una amante debe aportar cada vez explicaciones y justificaciones más alambicadas, y cada solución a un problemilla desencadena otro mayor, hasta que la situación se hace insostenible.

El problema es que mucha gente aún no ha llegado al punto en el que descubre que el gobierno le ha estado engañando con otra mientras le juraba amor eterno.