Estamos tan convencidos de que nos merecemos la maldición bíblica, que no soportamos que alguien gane dinero fácilmente. Respetamos al emprendedor que trabaja 12 horas al día, siete días a la semana, pero nos repugna el “niño de papá” que ha empezado su empresa con un capital de un par de millones prestados por su familia.
Ayer leía un post sobre los hermanos Samwer que me hizo pensar en todo esto. Para los despistados, los hermanos Samwer son dos alemanes que se han hecho un capitalito a base de clonar en Alemania startups exitosas. No hace mucho Ángel María escribía un post que generó polémica en el que afirmaba que las empresas creadas por gente como los Samwer, o un pequeño clon español de Pinterest, no son auténticas startups.
En el fondo, la idea es la misma: no te mereces el reconocimiento si lo único que haces es copiar. Aunque consigas millones de usuarios satisfechos que te entregan alegremente su dinero porque estás cubriendo un hueco que la startup original no ha sido capaz de cubrir.
Y es que ahí está la clave. El éxito en tu empresa nunca es una consecuencia del esfuerzo. Quiero decir, a veces el esfuerzo es un pre-requisito para conseguir el éxito, pero solo con el esfuerzo no consigues nada. La clave es conseguir que un cliente satisfecho te pague dinero por lo que ofrece tu empresa. Si no necesitas sudar para conseguirlo, bien por ti. Si lo haces copiando descaradamente lo que funciona en USA pero todavía no está traducido al español o al alemán, bien por ti. Has identificado un hueco en el mercado, lo has cubierto, así que te mereces la recompensa. Y te la mereces más que el emprendedor esforzado que lleva un año sin salir de casa, enfrascado de sol a sol en la creación del Producto Que Cambiará La Historia, pero que es incapaz de ponerlo delante de un solo cliente.
No importa lo que sudes para conseguir el éxito. Importa el valor que seas capaz de aportar. ¿Que eres rico de familia y has partido con la ventaja de un capital abundante para crear tu empresa? Estupendo. Suerte que tienes. Igual que si tienes un cociente intelectual de 150 y eres capaz de crear un algoritmo de búsqueda en Internet con otro compañero igual de inteligente que tú en el dormitorio de una universidad californiana.
¿Que eres como el 99% restante y ni eres rico ni tienes el cerebro de Page y Brim? Pues ya sabes lo que toca. No esforzarse, sino buscar la manera de, con tus medios y condiciones, llevar al mercado algo por lo que un cliente esté dispuesto a pagar. ¿Que no tienes otra manera de hacerlo que trabajando como un esclavo? Pues es normal, pero eso no te hace mejor que el que crea valor sin pestañear. La medida es el valor aportado, no el esfuerzo.




