Antes de empezar a ver qué podemos hacer para mejorar nuestra productividad personal, conviene tener claros algunos conceptos. Hoy definiremos procrastinación y acrasia, que son muy relevantes para lo que queremos tratar.

Acrasia

Acrasia es la actuación en contra de lo que uno mismo cree que es lo mejor. Por poner un ejemplo claro: uno sabe que el tabaco es malo para su salud, y sin embargo fuma. Platón pensaba que esto de ir contra tu propio beneficio solo podía pasar como consecuencia de la ignorancia, pero lo cierto es que se equivocaba.

Platón creía (como creen los economistas clásicos) que las personas actuamos racionalmente. Nada más lejos de la realidad. Piensa en lo que has hecho hoy, desde que te has levantado, y analiza por qué has hecho cada una de esas cosas. Con seguridad, casi todo lo que has hecho ha sido:

  • Por hábito. Porque es lo que haces todos los días después o antes de hacer otra cosa.
  • Por defecto. Porque es la opción más a mano y más simple en ese momento.
  • Porque es lo que otros esperan que hagas.
  • Porque hacerlo es, en ese momento, la opción con menos consecuencias negativas inmediatas.
  • Porque tomaste una decisión hace tiempo y sigues siendo coherente con ella.

Apostaría algo a que en cada una de las decisiones que has tenido que tomar hoy, pequeñas o grandes, no has cogido un papel y has hecho una lista de pros y contras, o una análisis de Debilidades, Amenazas, , Fortalezas y Oportunidades.

Eso sí, si después alguien te pregunta, seguro que tienes una respuesta racional preparada. Y es que los seres humanos somos muy malos razonando, pero muy buenos racionalizando. Actuamos por impulso, por hábito, por convenciones sociales… pero nos gusta pensar que tenemos control absoluto sobre todos nuestros actos, y que actuamos siempre racionalmente según nuestros intereses, o incluso que somos tan altruistas que actuamos según los intereses de los que nos rodean.

Pero lo cierto es que está bien actuar por hábito o por seguir las convenciones sociales. Pensar racionalmente en los pros y contras antes de dar cada paso haría que nos fuera imposible hacer nada. Pero por un lado necesitas saber en qué casos te puedes fiar del hábito, de la costumbre, de la improvisación, de la convención social… y en qué casos debes pararte, reflexionar y tomar una decisión meditada.

Y sobre todo, saber cómo puedes aprovechar el hecho de que seamos irracionales para actuar de la manera más conveniente para nuestros intereses, y no con acrasia.

Procrastinación

La procrastinación es posponer nuestras tareas y obligaciones hasta un punto que se vuelve perjudicial para nosotros mismos. Es, por tanto, una forma de acrasia. No es exactamente holgazanería, porque el procrastinador no deja de cumplir con su obligación para salir de juerga o tumbarse a la bartola, sino que se dedica a lo secundario posponiendo lo obligatorio.

Por poner algún ejemplo: holgazanería es ver la tele cuando tienes un examen. Procrastinación es preparar un trabajo que tienes que entregar dentro de un mes cuando tienes un examen pasado mañana.

Si nuestro comportamiento fuera racional, la procrastinación no existiría. Tendríamos perfectamente categorizadas nuestras obligaciones según su prioridad, sabríamos las fechas de entrega de cada una de ellas y programaríamos nuestro tiempo para cumplir todo con eficacia.

Pero no somos racionales. Tenemos apetitos, preferencias, rechazos… y hay tareas que por diversos motivos nos resultan desagradables, mientras que otras son apetecibles. Puede ser miedo al fracaso, puede ser falta de motivación, puede ser que la tarea en sí sea desagradable.

Para muchas personas creativas, las tareas repetitivas son desagradables en sí mismas. Los emprendedores tienen a ser creativos, lo que hace que sea muy estimulante diseñar un producto, pero muy poco estimulante elaborar una declaración para Hacienda. Uno puede entender racionalmente que hacer la declaración es importante, y que no hacerla tendrá consecuencias negativas, pero es muy fácil encontrar motivos por los que justo ahora es preferible hacer cualquier otra cosa, que además queda mucho tiempo para presentarla, que se hace en un momentito, y que lo importante es hacer crecer nuestra empresa. Y se encuentra a unas horas de finalizar el plazo rebuscando facturas como un loco.

Cada vez que te haya pasado algo así, seguro que te has prometido a ti mismo que sería la última. Y sin embargo, tres meses más tarde la historia se repite. Y si no es con la declaración, es con una entrega de un proyecto. O con una entrada para tu blog que tienes casi terminada desde hace cinco semanas. O con cualquier otra cosa.

Porque no somos seres racionales. Podemos entender perfectamente las consecuencias negativas de la procrastinación, podemos incluso sufrirlas en nuestras propias carnes, y sin embargo seguiremos actuando en contra de nuestro propio bien. Porque somos extraordinariamente buenos dejándonos engañar, y el que mejor nos puede engañar es nuestro propio cerebro. Y en el momento clave en el que deberías dejar de dar la enésima vuelta al logo de tu empresa y ponerte a redactar un contrato, el maldito cerebro encuentra la manera de que hagas lo que te apetece y no lo que debes hacer, y además encuentra todas las razones necesarias para que tu conciencia quede tranquila.

En resumen, que cualquier método para mejorar la productividad personal tiene que tener en cuenta que no somos espíritus racionales que vivimos en un mundo ideal. Somos monos pelones que estamos dispuestos a dar una voltereta en cuanto alguien nos ofrece un plátano. Asumiendo esto, todo es mucho más fácil. Como veremos en cuando abordemos las técnicas, no se trata de razonar y desarrollar la fuerza de voluntad, sino de engañar al mono procrastinador que todos llevamos dentro.