Un bien de identidad (identity good en inglés) es un objeto que tiene un valor simbólico más alto que el valor meramente funcional. Explicado en cristiano: es algo que nos ayuda a definirnos a nosotros mismos. Bienes de identidad son, por ejemplo, una camiseta de tu grupo musical favorito, unas botas de fútbol como las de Cristiano Ronaldo, un iPod o una figura de un personaje de la Guerra de las Galaxias.
Estos bienes no los apreciamos tanto por sus cualidades objetivas como porque poseerlos nos define como miembros de una tribu. De hecho, pueden ser incluso objetivamente menos funcionales o de peor calidad que otros objetos alternativos, pero eso no los hace menos valiosos.
Los discos fueron bienes de identidad, y todavía lo son para los que guardan sus vinilos de hace 30 o 40 años como tesoros, pero han dejado de serlo para la mayoría de los jóvenes. A ninguno de mis hijos se les pasa por la cabeza pagar por un CD, pero están dispuestos a gastar parte de su dinero en una camiseta, y el mayor tiene tuneado su portátil con una pegatina enorme de uno de sus grupos favoritos. Esas camisetas y esa pegatina han sustituido al vinilo como bien de identidad.
Los libros en papel siguen siendo bienes de identidad para muchos. Y no solo las enciclopedias que se compraban por metros y de un color que hiciera juego con las cortinas (que obviamente eran bienes de identidad), ni las colecciones de manuales que puedes ver en la consulta de un médico o el despacho de un abogado (que también lo son). Los libros son objetos que nos permiten definirnos como personas cultas, curiosas, románticas, imaginativas, inteligentes…
Compramos y regalamos libros aunque los podamos leer gratis tomándolos prestados de una biblioteca. Y lo hacemos porque poseer los libros es parte de lo que buscamos al leerlos. Guardamos esos libros de Enyd Blyton que tanto nos gustaban cuando éramos niños no porque nuestros hijos los vayan a leer (nunca lo hacen) sino porque gracias a esos libros nunca dejamos de ser del todo los niños que fuimos.
Un libro electrónico es más cómodo, más barato, más ecológico… pero no es un bien de identidad (tal vez lo sea el lector, pero no puede serlo el contenido). Y estoy convencido de que dentro de unos años el libro en papel tendrá tan poco sentido como bien de identidad como lo tiene ahora el disco para los jóvenes, pero aún no ha llegado ese momento.
Y es por esto que quiero editar mi libro en papel. Porque espero que el libro sea más que un conjunto de letras ordenadas con más o menos acierto. Espero que el libro sea una señal de identidad para rebeldes, para los que no se conforman con esperar que alguien les de un trabajo o una pensión, para los que están dispuestos a asumir riesgos y no se avergüenzan si consiguen grandes recompensas, para los que se atreven a tomar las riendas de su vida y afrontar las consecuencias de sus decisiones.
Por eso también la oferta inicial incluye que los libros vayan firmados, aunque eso me suponga un esfuerzo de logística, ya que tendré que manejarlos, firmarlos y enviarlos uno a uno. Pero creo que el hecho de estar firmados es la culminación de un proceso, que parte del hecho de colaborar en su financiación y pasa por conocer el desarrollo y participar en él. Y todo este proceso es importante para convertir al libro en algo mucho más valioso que unas cuantas hojas impresas y encuadernadas.
La edición electrónica puede ser más práctica y mas útil, y de hecho los que colaboren en la edición tendrán por supuesto una versión electrónica, pero el libro en papel tendrá ese valor subjetivo muy superior a un conjunto de bits, aunque contenga la misma información.
A todo esto ¿aún no has hecho tu aportación para que mi libro pueda editarse? Recuerda que puedes hacerlo fácilmente aquí, y que si el proyecto no sale se te devuelve el dinero y tan amigos (de hecho yo no recibo nada hasta que el objetivo no se haya conseguido).




