Dediqué un año entero a conocer la Revelación a través de las enseñanzas de un verdadero Maestro. Un Gurú que me mostró la Senda de la Iluminación Dospuntocérica. Todo el conocimiento al que podemos aspirar está contenido en la Senda y no hay conocimiento fuera de la Senda. Fuera de la Senda todo es 1.0.
El Maestro que creó la Senda es el Lama Lobsang. No importa como se llamaba antes de descubrir el Camino y retirarse al monasterio en Mission Peak. Lobsang es MBA por Harvard, profesor en Stanford y VC en Silicon Valley. Fundó tres puntocom que vendió en 1999 a Microsoft, AOL y Yahoo por 500 millones de dólares cada una. Un año después valían 3,50. Dólares. Las tres juntas.
Es chief editor de Fast Wire, y ha publicado dos bestsellers de lectura imprescindible: Mi Cola es Larga y El Arte de Terminar. Es un A-List blogger, y una sola palabra suya basta para que una startup reciba 20 millones de financiación o sea abandonada en masa por sus empleados.
Recuerdo como si fuera ayer el día en que conocí al Maestro. Tras una larga peregrinación, desde lo más profundo del valle, llegué al monasterio en la cima de Mission Peak. Al llegar a la puerta, un amable monje, vestido enteramente de blanco, me preguntó:
- ¿Qué buscas, viajero?
- El Conocimiento – respondí de inmediato.
El monje bajó la vista con humildad y afirmó:
- Está escrito: Hacer un viaje para encontrar el Conocimiento es como salir de casa para encontrar tu hogar.
Apenas empezaba a reflexionar sobre esto, el monje dijo en tono más alegre:
- Pero yo soy solo el portero, y no siempre pienso lo que digo. Tal vez el maestro Lobsang pueda enseñarte algo. Pasa y veremos si puede recibirte.
El monje portero me fue mostrando las dependencias del monasterio: la humilde cocina, el jardín zen, las austeras celdas de los monjes apenas equipadas con un catre, un taburete, una mesa y un MacBook…
- Ahora guarda silencio, por favor. – me advirtió – Los hermanos están trabajando.
Entramos en una gran sala, donde cien monjes escribían con hermosa caligrafía sobre largas tiras de papel de arroz. Cuando terminaban una de las tiras, otros monjes menores las recogían con devoción y las colgaban de unos bastidores preparados para ello.
- ¿Qué es lo que escriben? – susurré a mi guía.
- Son los nombres de los followers del Maestro – respondió.
Impresionado por la enormidad de la tarea, poco podía sospechar lo que encontraría en la siguiente sala. Decenas de cilindros giraban sin cesar, atendidos por otros tantos monjes. Semejaban ruedas de oración, pero eran algo más complicado y más profundo, como no tardó en explicarme el hermano portero:
- Las ruedas combinan entre sí todos los caracteres santos. Cuando alcanzan el número sagrado de 140 la combinación se imprime en una cinta, que es cuidadosamente conservada. Antes escribíamos los mensajes a mano, pero desde que tenemos las ruedas hemos avanzado mucho, hemos conseguido producir más de 10.000 mensajes cada día.
- Pero ¿por qué lo hacéis? ¿cuál es el objetivo? ¿quién los lee?
- Los leen los followers, por supuesto. – respondió – pero los mensajes no se hacen para ellos. Escribir mensajes es el fin de escribir mensajes. Cuando hayamos combinado todos los sagrados caracteres en grupos de 140 de todas las maneras posibles ya todo estará dicho, y entonces el Universo podrá llegar a su fin y todos seremos uno con la Unidad.
Profundamente impresionado, meditando sobre lo que había visto y oído y sin poder articular palabra, fui llevado por fin a la presencia del Maestro Lobsang, el de los Tres Ojos.
El Gurú estaba sentado en la postura del loto sobre una sencilla estera de fibra de bambú. Vestía un sencillo hábito de color negro con cuello de cisne, y portaba en su mano derecha un iPhone. Junto a él, un pequeño cuenco de arroz hervido a medio comer, que el hermano portero me confirmó que era su alimento para todo el día.
Me arrodillé ante él, bajé la cabeza hasta que rozó el suelo y esperé a que se dirigiera a mí.
- Si llevaras cinturón no se te verían los gayumbos. – dijo con dulzura mientras me miraba con una mirada límpida, transparente, que parecía llegar a lo más profundo de mi ser.
- Maestro, quiero alcanzar la Iluminación – me atreví a suplicar.
El Gran Gurú asintió, sonrió, miró al monje que me había guiado hasta él y pronunció las palabras que marcarían mi vida a partir de entonces:
- Hermano, dale una linterna aquí al amigo.
Con eso quedó sellada mi aceptación en el Monasterio de Mission Peak, y terminó así la primera de mis visitas al Maestro de Maestros.
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