Discrepo con Andrés Pérez Ortega: no es la hora de los ingenieros. Es la hora de los artesanos.
Me explico: Andrés habla de la gestión de proyectos, y de cómo ha servido para alcanzar el éxito en las grandes empresas del siglo XX: la aeronáutica, la aviación, etc. Así que propone llevarla a las ciencias sociales, y en concreto a la gestión de personas.
Pero hay un error fundamental en su idea. Los proyectos de ingeniería triunfan en entornos en el que la mayor parte de los datos pueden ser conocidos y objetivados. Pero en la gestión de personas, casi todos los datos importantes están ocultos, son imprecisos o están sujetos a interpretaciones de lo más variopinto. Y con esos mimbres no se puede hacer un cesto ingenieril.
Sin llegar al extremo de las ciencias sociales, sucede algo similar en la informática. A pesar de tanta gente empeñada en hablar de “ingeniería informática”, la realidad es muy tozuda: los métodos ingenieriles de gestión de proyectos fracasan una y otra vez.
Hoy tuiteaba yo una frase que acababa de oír a Sean Kenny (Vicepresidente y director general de servicios de HP): “El modelo de desarrollo en cascada ha conseguido que muchos CIOs hayan sido despedidos y muchos consultores se hayan hecho ricos”.
Para el que no lo conozca, el modelo consiste en primero dedicar un tiempo a analizar, después pasar meses desarrollando una solución y finalmente implantarla en el cliente. Es decir, el enfoque “ingenieril” de toda la vida. El problema es que fracasa, una y otra vez: el resultado no es el que el cliente esperaba, los requisitos han cambiado, los proyectos acaban tarde y mal… Se intentan aplicar técnicas de gestión de proyectos, y el resultado sigue siendo que cuanto más grande es un proyecto, más probabilidades de fracaso.
Porque el problema son las incertidumbres. En un proyecto informático, la tecnología cambia continuamente, el objeto del proyecto (el negocio del cliente) cambia continuamente, las imprecisiones en la definición de necesidades son inevitables por mucho que te empeñes… Pretender aplicar a este tipo de problemas soluciones pensadas para problemas con otro tipo de constricciones es lo que lleva al fracaso.
En el mundo del desarrollo del software, hay dos vías (no excluyentes) que están siendo útiles para soslayar el problema de la inaplicabilidad de la ingeniería. Una es el desarrollo aparentemente anárquico del software libre, que según las reglas de la ingeniería de procesos es imposible que funcione, y sin embargo tiene un éxito brutal. La meritocracia, que cada uno trabaje en resolver la parte que más le interese del problema, la coordinación por encima de la jerarquía, son formas de hacer las cosas que poco tienen que ver con la planificación centralizada de una gran mente que maneja a los programadores como un recurso más.
Y la otra vía, más interesante para lo que estamos hablando, es la “programación ágil”, que se basa en asumir la incertidumbre y el error y utilizar métodos empíricos para hacer avanzar un proyecto. Haces algo, lo pruebas, ves lo que está mal, lo corriges, añades otro elemento, pruebas otra cosa, descartas lo que no funciona, aprendes de lo que funciona…
Es algo mucho más cercano a la artesanía que a la ingeniería. Al artesano no le preocupa por qué la cerámica endurece cuando la mete en el horno. Le preocupa saber cuál es el mejor barro para el efecto que quiere conseguir, cual es la temperatura idónea, cómo conseguir que el esmalte sea más duradero… y para averiguar todo esto imita a sus mayores, prueba cosas, tira cacharros defectuosos… y acaba sabiendo cuándo una pieza está lista por intuición, sin necesidad de mirar el horno. El ingeniero analiza cada uno de los problemas, y obtiene la temperatura exacta en grados Kelvin que necesita un barro con un 7% de caliza y un 3% de arenisca. Y es el resultado óptimo, hasta que la siguiente partida de barro que usa el artesano tiene un 12% de caliza y apenas trazas de arenisca, y entonces hay que calcularlo todo otra vez.
Hay muchos problemas “ingenieriles” por resolver cada día, de modo que los ingenieros seguirán siendo necesarios. Pero cada vez más, los problemas interesantes son los no ingenieriles, los que solo pueden resolver unos artesanos con años de oficio, olfato y dispuestos a probar una y otra vez, corrigiendo humildemente sus errores hasta dar con una solución aceptable para su problema.
Es la hora de los artesanos.






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