Desencadenado

Como crear tu empresa: información para emprendedores, real como la vida misma.

Tecnología para tu empresa

Sea como sea tu negocio, necesitarás unas herramientas tecnológicas para dirigirlo y gestionarlo. Tu responsabilidad más importante es saber cómo están las cosas, y eso supone manejar información y compartirla con otros. Ahora bien, antes de lanzarte a por un ADSL, un ordenador y una impresora, debes saber qué necesitas, para qué lo necesitas, y como puedes conseguir que sea fiable y barato a la vez.

La buena noticia es que ahora cualquier microempresa puede tener, por muy poco dinero e incluso gratis, herramientas tecnológicas que antes solo estaban reservadas a las grandes. Si creara una empresa ahora, esto es lo que yo haría:

1. Compra un portátil barato para cada trabajador. Los hay por 400 euros, ya no hay diferencia de precio respecto a los sobremesa, y un portátil te permite trabajar desde cualquier sitio. Podrías comprarlo de segunda mano, pero el problema es que las baterías van dando menos tiempo útil con el uso, y te puedes encontrar con que tu portátil no aguante más de 10 minutos sin estar enchufado. Procura que sea de una marca conocida: Acer, HP/Compaq, Dell, Lenovo. Así tendrás mejor soporte, más facilidad para repararlo, encontrar drivers, etc.

En cuanto a características, con que tenga unos cuantos puertos USB, ya vale. Lo demás (memoria, procesador, disco…) seguro que viene en cantidades de sobra para tus necesidades.

No se te ocurra usar el mismo equipo que tienes en casa para que los niños hagan los deberes o que usas tú para jugar. Primero por la tentación que supone echar una partidita a un juego que ya tienes instalado, luego por la mala imagen si lo llevas a un cliente y aparecen iconos de juegos (o imágenes guarras, que todo puede pasar), y por útlimo porque te juegas que en plena entrega de proyecto, cuando más lo necesitas, hagan su efecto los virus que has ido pillando por ahí.

2. Instala Ubuntu. Aprender a usarlo puede tener una pequeña curva de aprendizaje, pero te será rentable en el tiempo que ahorras a medio plazo. Tienes ya preinstalado la mayor parte del software que necesitas, y las actualizaciones no pueden ser más sencillas. Cuando hay que actualizar algo, Ubuntu te lo propone, das a aceptar y él se encarga de todo. Nunca tendrás un virus, ni tendrás que reinstalarlo entero porque el registro se ha ido corrompiendo al instalar y desinstalar software. Si necesitas ejecutar un software de Windows, puedes usar Wine (se ejecuta como si fuera una aplicación Linux) o VirtualBox (se instala muy fácilmente, y es una máquina virtual, lo que supone tener un Windows completo ejecutándose dentro de Ubuntu).

Ah, y con Ubuntu todas las aplicaciones son libres y gratis, con lo que no tienes que elegir entre pagar cientos de euros por una licencia o estar en una situación legalmente precaria.

3. Contrata un móvil para la empresa. Aunque la empresa seas tú solo y ya tengas tu móvil particular. Conviene distinguir entre uno y otro, que no te llame un amiguete en mitad de una reunión importante, o que el tono sea demasiado “festivo”, o que se te mezclen en la agenda contactos profesionales con familiares. Y sobre todo, que puedas tener una factura separada y conozcas los costes que supone la telefonía móvil para tu empresa.

4. Valora la conexión a Internet móvil. Si solo trabajas desde casa no te hace falta, pero si te mueves puedes ser mucho más productivo si eres capaz de conectarte en cualquier momento sin depender de wifis ajenos.

5. Registra tu dominio y abre una cuenta Google Apps para tu empresa. Registrar el dominio cuesta alrededor de 10 euros al año, y es un elemento fundamental para establecer tu marca. Google Apps es gratis para el nivel de prestaciones que requiere una pyme, y te ofrece correo electrónico con las prestaciones de Gmail pero con tu dominio propio, además de otras herramientas de colaboración.

6. Contrata un hosting para tu página web. Ahora cualquiera que se interese por tu empresa esperará encontrarla en la web, de modo que tienes que tener una. Hay hostings decentes por algo menos de 100 euros al año, de modo que tampoco es un gran gasto. Asegúrate de que tu proveedor de hosting ofrece una instalación fácil y automática para WordPress, Joomla o Drupal, que son gestores de contenidos libres que te facilitarán la creación de una web con aspecto profesional. Tienen además módulos con los que puedes hacer cosas como enviar emails a clientes que se suscriban a un servicio de noticias, hacer comercio electrónico y muchas cosas más.

7. Date de alta en LinkedIn, Facebook y Twitter. Para sacar partido a Facebook y Twitter tienes que dedicarle un tiempo (y pensar bastante tu estrategia), pero para muchas empresas incipientes son excelente herramientas de marketing. En LinkedIn puedes encontrar contactos profesionales que pueden serte de ayuda.

8. Usa aplicaciones on-line. Si vas a trabajar desde casa, colaboras con freelance o con otras empresas que no están en tu oficina, viajas, tienes que trabajar el fin de semana… necesitas tener acceso permanentemente a tus aplicaciones, estés donde estés. El portátil soluciona parte del problema, pero si tus aplicaciones están en Internet ni siquiera dependes de que tu ordenador funcione. Si ocurre un desastre puedes pillar cualquier ordenador, ir a cualquier sitio que tenga Internet y seguir trabajando con todos tus datos.

En ASPGems ofrecen desde hojas de gastos hasta aplicaciones de gestión de ventas, muy fáciles de usar y muy baratas o incluso gratuitas. Y 37Signals tiene también aplicaciones sencillas (baratas o gratis para uso básico) para gestión de proyectos o compartir ficheros.

9. Usa una aplicación de gestión de ventas. Tu tarea fundamental, lo que debes hacer todos los días sin excepción, es vender. Las ventas (y los consiguientes cobros) son el fluido vital de tu empresa. Sin ventas, no hay negocio y cierras. Así que te interesa tener muy controlado todo el proceso: con quién contactas, en qué momento del ciclo de ventas está cada oportunidad, qué acciones has hecho con cada cliente, a quién tienes que llamar o enviar una información…

Puede ser la de ASPGems, SalesForce (que es la reina en este campo, pero es posible que sea un poco compleja) o una aplicación software libre que instales en local o en tu hosting (vTiger o SugarCRM). Lo que sea, pero usa algo más que tu memoria, tu correo electrónico y tu móvil.

10. Aplicación de facturación y contabilidad. Al principio es posible que baste una hoja de cálculo, si una gestoría lleva tus papeles. Pero en cuanto las cosas se compliquen y tengas varios clientes y varias facturas al mes, necesitas un poco más de control. En softonic puedes encontrar aplicaciones gratuitas que pueden cumplir perfectamente este cometido.

11. Usa Google Docs. Aunque Ubuntu venga con OpenOffice (que también existe y es gratis para Windows), te interesa usar Google Docs. Para documentos sencillos es más que suficiente, te facilita enormemente colaborar con otros en el mismo documento, y Google se encarga de guardarlo y que siempre esté disponible en Internet, allí donde lo necesites.
Hay quien tiene problemas con la confidencialidad, pero seamos realistas: ni tu empresita ni sus documentos le importan a nadie. Si alguna vez llegas a desarrollar secretos industriales que a Google pueda tener tentaciones de robarte, a lo mejor tienes que plantearte alguna alternativa. Para el 99,9999% restante, Google Docs es perfecto.

12. Usa Firefox. No solo porque es mucho más seguro que Internet Explorer, sino porque has centenares de extensiones que pueden hacer que seas mucho más productivo en Internet.

13. Impresora multifunción. La oficina sin papeles es una utopía: lamentablemente, tendrás que imprimir alguna vez. Si ya tienes una impresora en casa puedes tirar con ella al principio, pero las máquinas no son caras (lo que es caro es la tinta) así que tener dos supone una cierta tranquilidad y no mucho más coste.

Si la impresora además tiene escáner, es conveniente que adoptes la costumbre de escanear cualquier documento según lo recibas. De este modo, y si lo ordenas bien, puedes tener fácilmente una copia siempre a mano sin necesidad de bucear en carpetas y archivadores. Y además funciona como fotocopiadora, que resulta muy cara para muchas copias, pero te evita desplazamientos si tienes que hacer pocas copias.

En cuanto al fax, no soy partidario. Aunque todavía hay quien te pide un fax de vez en cuando, en general suelen aceptar la alternativa de que envíes un correo electrónico. Y si es imprescindible enviar, siempre puedes ir a un locutorio o similar que tengan el servicio.

Aparte de esto, habrá necesidades específicas en función de tu negocio: aplicaciones de diseño, software de CAD, lo que corresponda en cada caso. Siempre es una buena práctica valorar varias alternativas y hacer un pequeño análisis de prestaciones / coste antes de elegir. Y uno de los criterios debe ser siempre la sencillez y facilidad de uso. No todo el mundo necesita PhotoShop para retocar fotos, por ejemplo. Para usos comunes (recortar o corregir luminosidad o colores), con Picasa que es gratis basta y sobra.

Lo que no es recomendable es usar software pirateado. Entre otras cosas, porque suelen ser una vía de entrada de virus. Menos aún si tienes empleados: supone una señal no verbal de que en tu empresa se aceptan comportamientos cuando menos poco elegantes.

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La Oficina

¿Has pensado en dónde vas a montar tu empresa? Mientras estás empezando, probablemente solo, puedes hacerlo desde casa, pero cuando ya te lanzas necesitas una oficina.

¿O no?

Evidentemente, hay actividades que requieren un local. Si montas un taller, un comercio, un restaurante, necesitas un local con ciertas condiciones. Pero otras muchas empresas son de las que requieren una “oficina”. Ya sabes, un sitio con mesas, despachos y salas de reuniones al que llegas a primera hora de la mañana y del que te vas a última hora de a tarde, de lunes a viernes.

Aunque vayas a contratar personas, aunque te asocies con otros para trabajar juntos, debes meditar mucho antes de decidir que necesitas una oficina.

Primero, por lo que ya hemos hablado de los costes fijos. Una oficina supone que tienes unos cientos de euros inmovilizados en una fianza, y que te has comprometido a pagar cada mes una cantidad fija. Pero además asumes gastos fijos de limpieza y de suministros, si no están incluidos en el alquiler. Todo esto, vendas o no vendas, ganes o no ganes.

Después, porque poner en marcha una oficina e va a llevar mucho tiempo y esfuerzo: viajes a IKEA o a tiendas de muebles de segunda mano, contratación de suministros, instalaciones, decoración… Aunque ahorres en todo y el dinero que eso suponga no sea mucho, sí son muchas horas dedicadas a tareas que no hacen avanzar ni un milímetro a tu empresa. Y al principio necesitas cada gota de energía para impulsar y proteger a tu frágil embrión de empresa.

Por último, la oficina te ata a una forma determinada de hacer las cosas. Empiezas a controlar el horario de tus empleados porque es más fácil que controlar su productividad, por ejemplo. Tienes reuniones que no son productivas, a las que asiste gente que no aporta nada, simplemente porque todos los asistentes están ya en la oficina y tienen que estar allí unas cuantas horas más. Te acostumbras a trabajar desde la oficina, lo que supone no tener recursos cuando estás viajando o estás en un cliente. Te acostumbras a permanecer ahí al menos ocho horas, aunque no estés haciendo nada productivo y aunque eso no evite quedarte hasta las tantas cuando hay un pico de trabajo…

En resumen, trabajas casi exactamente igual a como lo hacían nuestros bisabuelos a principios del siglo XX. Tal vez con un poco de email que sustituye a algunas comunicaciones por carta o telefónicas. Pero pocas diferencias sustantivas. Esto no tiene sentido en un mundo hiperconectado.

Piensa si puedes trabajar de una manera más imaginativa. Si cada uno puede trabajar desde casa, y reunirte periódicamente con tus colaboradores en una sala de reuniones de un centro de negocios (10-20 €/ hora, según el sitio y el número de personas). Es posible que incluso te resulte mejor hacerlo en una cafetería. Greg Olsen, fundador de CogHead, batizó como “Beduinos” a las startups que funcionan como nómadas, normalmente desde Starbuks o similares:

Una empresa podría operar como una especie de clan neo-beduino; con trabajadores como una tribu nómada errante que lleva portátiles y móviles y que puede establecerse allí donde haya una conexión a Internet, sillas, mesas y una fuente de cafeína.

Si de todas maneras crees que tu empresa requiere que trabajen en ella un grupo de personas que tienen que actuar como equipo frecuentemente, y por tanto necesitan un cuartel general, plantea así tu oficina. No asignes sitios fijos a nadie (ni siquiera a ti mismo). Prepara espacios en los que se favorezca la colaboración, el trabajo en equipo y el intercambio de información. Deja algún espacio cerrado para trabajar concentrado, o para tener reuniones privadas. Así necesitas mucho menos espacio que si cada persona tiene una mesa fija, y aprovechas mucho mejor los recursos.

Olvídate de los horarios: da libertad a tus empleados para que vayan a la oficina cuando necesiten trabajar con otros, y que se queden en casa cuando sea más conveniente. Eso supone, evidentemente, saber exactamente qué pides de cada uno de ellos y que ellos sepan lo que se espera de cada uno. Supone también invertir en tecnología para que estén conectados, pero actualmente portátiles, móviles y comunicaciones son mucho más baratos que metros cuadrados de oficina.

Supone también que no puedes contratar a cualquiera. Muchas personas necesitan tener a un jefe echándoles el aliento en el cogote para ser productivos. Simplemente, no pueden asumir la responsabilidad de sacar adelante su trabajo sin una supervisión estrecha. No puedes contar con este tipo de gente, porque se tomará la libertad como permiso para no hacer nada. Pero a cambio, puedes tener la oportunidad de contratar a gente realmente motivada y responsable que agradezca que se le trate como a un adulto.

No se trata de ciencia ficción. Hay empresas que ya lo están haciendo. E incluso es cada vez más frecuente que empresas tecnológicas tengan desarrolladores contratados en cualquier lugar del mundo. Miguel de Icaza comentaba en un congreso de Hispalinux cómo localizó por Internet a un tipo brillante, con el que le interesaba colaborar, pero que le llamó la atención que se comportara como un adolescente… ¡hasta que descubrió que tenía 16 años!

En cualquier caso, antes de empezar a buscar alquileres de oficinas por ahí, puedes valorar otras alternativas. Es posible que tengas algún vivero de empresas cerca. Si creas una SL, es posible que consigas una oficina, no muy grande, pero sí muy barata. Aunque tengas que esperar meses, puede merecer la pena. Y ahora, con la crisis, a muchas empresas les sobra espacio. Puedes intentar subarrendar una parte (es algo habitual en profesiones liberales como abogados o arquitectos, que comparten espacio y gastos). Si estás en Madrid, en Garage 30 pueden ayudarte.

Insisto, cualquier cosa con tal de reducir los costes fijos que supone una oficina.

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Primer resultado del plan de estímulo de Mark Cuban: NAKEDpizza

¿Recuerdas que Mark Cuban, el conocido emprendedor, anunció en su blog que financiaría proyectos empresariales que expusieran su plan de negocio en un comentario?

Ya hay una empresa financiada como resultado de ese post. Se trata de una compañía que hace pìzzas saludables con ingredientes naturales. Usará el dinero de Cuban para expandir su negocio creando franquicias. Mark Cuban tiene los derechos exclusivos para Texas.

La empresa se llama NAKEDpizza, y hasta ahora ha hecho casi todo su marketing usando Twitter y Facebook.

Como curiosidad, este es el “elevator pitch” que convenció a un inversor experimentado como Cuban:

Simplemente la pizza más saludable del mundo. Basado en Nueva Orleans, sabe bien. Trabajan que te cagas.

Elige bien los costes de tu empresa

En su momento ya dimos la regla de oro para cualquier emprendedor: gastar lo menos posible. Pero una vez que te pones en marcha, es inevitable que vayan surgiendo necesidades: equipamiento, tarjetas de visita, móvil, gestorías, incluso empleados u oficinas. Hablaremos más adelante de empleados y oficinas, pero ahora es importante aprender a distinguir entre distintos tipos de gastos.

Básicamente hay dos tipos de gastos importantes en la empresa: los gastos fijos, que son los que se generan independientemente de lo que vendas o produzcas (se suele decir “lo que te cuesta abrir la puerta cada mes”), y los gastos variables, que están directamente relacionados con la producción y la venta.

Ejemplos de costes fijos son el alquiler de una oficina, el servicio de asesoría fiscal, los sueldos de empleados, la Seguridad Social, el acceso a Internet, etc. Costes variables son las horas de freelance subcontratadas para un proyecto, el material con el que produces un objeto, los costes de comercialización, etc.

Tu objetivo, o más bien tu obsesión, debe ser reducir al máximo los gastos fijos. Cada vez que asumes un gasto mensual, por pequeño que sea, estás asumiendo que venderás lo suficiente como para que el margen al menos cubra ese gasto. Si te metes en gastos importantes, como alquileres o sueldos, más te vale estar seguro de que vas a vender mucho cada mes.

Siempre que puedas convertir un gasto fijo en variable, hazlo. Por ejemplo, puedes pensar que pagar a un programador freelance para que colabore en un proyecto es tirar el dinero, porque pagar un sueldo mensual a una persona con el mismo nivel saldría mucho más barato. Pero el problema es que al freelance le pagas solo cuando hay proyecto (e incluso puedes pagarle solo si lo ejecuta con éxito). Al empleado le pagas haya o no haya proyecto, e incluso debes pagarle si está enfermo y tienes que cubrir su baja con otra persona.

Cuando creé Alanta tenía un dinero para ello, y tuve además financiación no solicitada por vía F&F (familia y amigos, ya sabéis). Os confesaré que tenía mis dudas sobre si una empresa de servicios en torno al software libre era viable, y mi razonamiento entonces fue: “voy a poner en marcha la empresa con todo lo necesario. Si en unos meses no tiene resultado, cerramos y se acabó”.

Así que busqué una oficina en una ubicación presentable, contraté a dos personas con experiencia (y sueldos acordes a esa experiencia) y me fijé un sueldo inferior al que ganaba antes pero suficiente como para pagar mis facturas. Contraté además una gestoría para que llevara las cuentas y las cuestiones laborales. Además había costes de comunicaciones y algunas otras cosas. Teniendo en cuenta estos costes, la empresa tenía capacidad para aguantar seis meses sin generar ingresos, lo cual en principio parecía suficiente para comprobar su viabilidad.

Y ocurrió lo normal en estos casos: el ciclo de ventas era más largo de lo que había previsto, y también se alargaban los proyectos, el momento de la facturación y el cobro. Los gastos aumentaron, porque decidimos lanzar una campaña de telemarketing para buscar clientes, que no estaba prevista en un principio. El primer cliente no nos pagó. Eso supuso no solo dejar de cobrar más de 13.000 euros, sino pagar el IVA correspondiente.

Al cabo de cuatro o cinco meses, el dinero se iba agotando. Podría haber decidido que la empresa no era viable, pero la realidad es que sí había clientes dispuestos a implantar software libre. La respuesta a la campaña de telemarketing era buena, y empezábamos a tener clientes que sí pagaban. Abandonar en esas circunstancias parecía absurdo.

Así que opté por reducir los gastos fijos radicalmente. Cambié la oficina por un servicio de oficina virtual en un centro de negocios, donde había salas de reuniones cada vez que se necesitaba trabajar en equipo. Decidí que pagar una comida era más barato que pagar un alquiler, así que las reuniones se hacían muchas veces en un restaurante, y se contrataba una sala en el centro de negocios cuando se necesita más tranquilidad y medios como pizarras y similares.

Reduje también los gastos de personal, incluyendo los míos. Prescindí del comercial, y asumí yo esa función. Eso supuso una disminución en las ventas, pero también una mucho mayor en los gastos. Al final del proceso, los gastos fijos no eran ni un 15% de los que habían sido. Y eso significó, al cabo, la supervivencia de la empresa.

Por eso, ante cada gasto, plantéate si hay alguna posibilidad de no hacerte esclavo de él cada mes y pagar en función de tu actividad y tus ventas.

Creative Commons License photo credit: > NeoGaboX<

¿Qué precio pongo a mi producto/servicio?

Determinar el precio de un producto o servicio es una de las tareas más difíciles a las que se enfrenta el emprendedor. Es como describe Muñoz Seca en La Venganza de Don Mendo el juego de las siete y media:

[...] un juego vil
Que no hay que jugarlo a ciegas
Pues juegas cien veces, mil
Y de las mil ves, febril,
Que o te pasas o no llegas.

Y el no llegar da dolor
Porque indica que mal tasas
Pero ¡ay de ti si te pasas!
Si te pasas es peor.

Una tentación muy común es bajar los precios. El razonamiento viene a ser algo así como que para competir con los establecidos tu principal arma es el precio, ya que no cuentas con factores como el prestigio, la experiencia o las referencias. En el fondo, lo que hay detrás es desconfianza por parte del emprendedor hacia el producto o el servicio que está intentando posicionar en el mercado.

La Harvard Business School publicó un artículo titulado Low Prices = More Customers? Not Always. Es decir, “¿Precios bajos = más clientes? No siempre”. En él se dicen cosas como ésta:

Las bajadas de precio proactivas no te hacen diferente, ni mejor. Te hacen más pobre, a menos que tengas la evidencia, los datos, y las matemáticas que prueben otra cosa.Esto es verdad independientemente de cómo bajes los precios. Puedes bajarlos mediante reducciones directas de precio, ofreciendo cupones o descuentos, y apilando servicios para tus clientes con tal de cerrar un trato o asegurar una relación ya existente con un cliente.

[...]

Bajar los precios casi siempre resulta en una enorme transferencia de riqueza de los accionistas de la empresa a los clientes. Diriges una empresa, no una ONG.

Hay que analizar cada caso, y probablemente una empresa pequeña que acaba de empezar pueda colarse en algunos clientes simplemente porque puede ofrecer precios mejores y seguir ganando dinero. Pero en general, y a largo plazo, es preferible cobrar un precio razonable y aprovechar la ventaja de costes para ofrecer mayor calidad.

En cualquier caso, es fundamental conocer el valor que ofreces a tus clientes. Por eso es importante, para fijar el precio, basar tu propuesta en una necesidad del mercado y no en una idea genial, como explicábamos anteriormente.

Partir de lo que nos cuesta a nosotros producir ese bien o ese servicio nos lleva a cometer errores como fijar precios muy por debajo de lo que el mercado está dispuesto a pagar o precios elevados que el mercado no está dispuesto a asumir, como en el juego de las siete y media.

César Pérez Carballada explica muy bien por qué es importante partir del valor percibido por el usuario para determinar el precio, incluso antes de crear el producto.

Y es que, al final, la esencia del libre mercado es esa: tu cliente valora lo que le ofreces más de lo que a ti te cuesta producirlo. Te paga por ello, y los dos salís ganando. Si a ti te cuesta 10, y lo vendes por 1.000, será porque para tu cliente eso que le ofreces vale más de 1.000. Te has ganado los 990 de diferencia.

Habrá quien piense que en tiempos de crisis, cuando todo el mundo busca gastar lo menos posible, no es momento para ser caro. Seth Godin escribió en su blog que cuando te dicen que algo es demasiado caro, no es verdad. En realidad, “demasiado caro” significa “lo que tú me ofreces no me aporta suficiente valor como para gastarme el dinero que me pides”.

Como dice Godin, ante esta objeción de un cliente, la primera respuesta es bajar el precio. Pero puedes optar por reformular tu propuesta, y hacérsela llegar a clientes que perciban su valor. O, lo mejor de todo, puedes hacer que merezca la pena pagar por ello.

El precio de los servicios

Aún así, si lo que tú ofreces son servicios, puede haber un motivo para ofrecerlos baratos: tienes una capacidad de producción (propia o con personas contratadas) que no puedes guardar en un almacén y vender más tarde. Una hora que se pasa sin facturar ya no se recupera, así que la tentación de poner un precio muy bajo “porque es mejor que nada” es muy fuerte.

Sin embargo, el precio da una información sobre el valor de nuestros servicios. Si el precio es barato, el cliente interpreta que el valor es bajo, aunque en realidad seamos unos profesionales excelentes capaces de hacer un magnífico trabajo. Y nos contratará para tareas en las que aportemos poco valor, y en las que el riesgo sea bajo. Cuando entras en esa rueda, tus referencias acaban siendo de poco valor, y ya nadie te ve como el experto al que pagaría bien para que resolviera un problema complejo. Ángel Medinilla lo explica de manera muy gráfica con una fábula.

Así que tenemos una situación complicada. Poner un precio alto a nuestros servicios nos permite obtener buenos márgenes y tener éxito, pero el riesgo de cerrar la empresa por no encontrar clientes dispuestos a pagar en la fase inicial es alto. Poner un precio bajo puede convertirnos en proveedores de empresitas sin mucho presupuesto, dedicados a trabajos ingratos y sustituibles por quien haga el mismo trabajo por unos pocos euros menos. Poner un precio medio no nos distingue, y puede hacer que no nos contraten ni los clientes exigentes ni los que buscan el mejor precio.

¿Cuál es la solución entonces? Pues haber hecho los deberes a tiempo, y tener claro desde el principio a qué mercado nos vamos a dirigir.

¿Queremos clientes que valoren la calidad? Entonces hay que tener claro que podemos aportar mucho valor y desarrollar una estrategia de comunicación que lo haga visible a nuestros clientes potenciales. Y eso incluye no solo oficinas de lujo, ropa de marca o tarjetas de visita con relieve, sino tener un precio acorde al valor que aportamos (alto) y no apearnos de él. Si acaso, podemos seguir la estrategia de tener una “segunda marca” que haga trabajos baratos que nos den de comer cuando falten los clientes “top”.

¿Queremos tener asegurado el trabajo y un flujo constante de clientes? Entonces debemos mantener una estructura de costes muy ajustada, contar con perfiles junior (baratos) para hacer el trabajo (que se irán de la empresa en cuanto tengan algo de formación y experiencia), trasladar al mercado la idea de empresa eficaz y barata para trabajos sencillos y cotidianos y no perder el tiempo cuando veamos pasar delante de nosotros oportunidades a las que solo pueden aspirar los que hayan basado su marca en la excelencia.

¿Cobrar por hora o por proyecto

¿Te gustaría cobrar 100, 200 o 500 euros por hora de trabajo? No, no es imposible. Aunque tampoco es fácil: requiere que sea muy bueno en lo que haces, que seas capaz de convencer de ello a un cliente y que estés dispuesto a asumir riesgos. Muchos emprendedores, a la hora de poner precio a sus servicios, optan por establecer un precio por hora de trabajo. En principio, la idea de cobrar por hora parece atractiva: si el proyecto se alarga, o hay dificultades, tú simplemente cobras más. Por el contrario, cuando al cliente le has dicho: “te voy a cobrar 1.000 € por desarrollar la aplicación” o “el logotipo de tu empresa te va a costar 500 €”, no cobrarás más si surgen problemas en el desarrollo o ninguno de los cien logotipos que has diseñado le satisface.

Pero cobrar por horas también tiene sus problemas. De entrada, que no puedes cobrar más allá del precio por hora que es habitual en el mercado. Si un programador freelance cobra entre 25 y 50 euros, no puedes presentar un oferta pidiendo 100 euros por hora, aunque seas tres o cuatro veces más productivo que un programador medio.

Y, sin embargo, cuando tienes experiencia y eres realmente bueno, eres también mucho más eficaz. Desarrollar la primera página web puede llevarte una semana, pero cuando has hecho cincuenta una página parecida apenas te lleva una mañana. ¿Debes entonces cobrar cinco veces menos por hacer un trabajo mejor y más rápido?

Por otro lado, al cliente no le importa tanto el tiempo que dedicas a una tarea como el valor que obtiene de ella. Es ese valor percibido el que marca el precio que está dispuesto a pagar. Convence a tu cliente de que saldrá ganando con el resultado de tu trabajo, y no tendrá problemas en pagarte lo que le pidas.

Claro que poner precio a un proyecto es mucho más difícil que poner precio a una hora de trabajo. Al fin y al cabo, es relativamente fácil saber cómo se mueve el mercado para poner un precio a tus horas que esté en consonancia, y esa suele ser una aproximación bastante buena. Cobrar por proyecto implica conocer bien tus costes, identificar los riesgos, saber el valor que aportas al cliente y ser capaz de convencerle de ello. No es sencillo, pero si lo consigues la recompensa puede ser ganar esos 100, 200 o 500 euros por hora.

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¿Cuándo está listo tu producto?

Cuando el emprendedor primerizo e ilusionado se lanza a definir el producto que va a poner en el mercado, normalmente tiene claro lo que quiere: “lo mejor de lo mejor”. Calidad de la buena, nada de fabricado en China. Algo que “le van a quitar de las manos”. Y si es un servicio, no lo prestarán técnicos de medio pelo, sino profesionales experimentados con años de curriculum a sus espaldas.

El problema, claro, es que como dice el refrán “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Y hacer el producto perfecto, además de caro, muchas veces es imposible. Entre otras cosas, porque supone dedicar mucho tiempo y esfuerzo a limar aristas, a hacer retoques, a cambiar una pequeña cosita que resulta que tiene impacto en otras “pequeñas cositas…” Y al final después de meses uno se encuentra con que el producto no se ha terminado, pero el dinero sí.

Leed este mensaje de la lista de desarrolladores de Django. Después de años estaban dispuestos por fin a lanzar la versión 1.0, y su planteamiento puede ser muy útil para tomar ejemplo.

  1. Pusieron una fecha límite para el lanzamiento. Sin ese límite, los días se convierten en semanas, las semanas en meses, y al final el tiempo ha pasado y nunca has alcanzado tu objetivo.
  2. Como la fecha límite marca un tope para las cosas que puedes hacer, priorizaron la funcionalidad que tendría esa versión del producto según 3 criterios:
  • Cosas que deben estar obligatoriamente en la versión 1, y que pueden retrasar el lanzamiento si no están listas.
  • Cosas que sería bueno que estuvieran, pero si no da tiempo se quedarán para más adelante.
  • Cosas que ya saben que quedarán fuera, aunque sea una pena. Ya habrá una versión 1.1, o 2.0.

Como veis, el software libre no solo es útil en si mismo, sino que además el proceso abierto y público de desarrollo nos permite descubrir prácticas que podemos incorporar en nuestras empresas.

¿Queréis otro ejemplo? Cuando Apple lanzó la primera versión del iPhone, se criticó que no tuviera GPS y que no fuera 3G. Ahora estas funciones están ahí, y por la mitad de precio que antes. Pero lanzando una primera versión que ya era rompedora, aunque todavía no hubieran conseguido embutirle también el 3G y el GPS, Apple consiguió varias cosas. Primero, vender una cantidad disparatada de teléfonos, que no es poco. Pero además, posicionarse como el líder en teléfonos “pijos”, mirando por encima del hombro a competidores establecidos como Nokia o HTC. Y todavía más: aprender lo suficiente del negocio y de la tecnología como para sacar un dispositivo mejor, más barato y que les reportará muchos más beneficios.

Ya hemos hablado de Autodesk, que primero acudió a una feria con poco más que unos folletos y después desarrolló el producto (AutoCad) basándose en la información que obtuvieron de los visitantes interesados. Es interesante leer esto que escribió su fundador, John Walker:

De lo que estoy hablando es del “Culto del Diseño” – la idea completamente absurda de que con una investigación adecuada, nuestro poderoso intelecto, junto a procesos de gestión innovadores y, ah sí, herramientas de diseño, modelado y simulación rompedoras, podemos crear, ab initio, productos que pueden ser fabricados en masa desde cero exactamente con los costes y niveles de calidad previstos, que sean aceptados inmediatamente por los consumidores identificados y retornen el beneficio esperado a sus desarrolladores.

Que montón de gilipolleces. [...]

Rotundamente la única manera que conozco de tener éxito con un producto innovador es juntar algo rápidamente, sacarlo por la puerta, persuadir a algunos early-adopters pirados de que empiecen a usarlo, y después evolucionarlo rápidamente en un ciclo de mejora basado en la aceptación del mercado y dirigido por una lista de deseos de usuarios reales.

Otro caso paradigmático es el de Vignette. Para los que no lo conozcan, Vignette es una herramienta de gestión de contenidos (como pueden ser WordPress, Joomla o Drupal) de clase empresarial. Es decir, que sirve para hacer webs todo lo grandes y complejas que necesitemos, en las que pueden intervenir equipos de centenares de personas distribuidas por todo el mundo. Es el software que está detrás de las webs de grandes empresas como el Grupo Santander y organizaciones como el Ayuntamiento de Madrid.

No es un software nada barato. Sólo en licencias una instalación de Vignette puede costar cientos de miles de euros, y si agregas los servicios, lo habitual es que el proyecto salga por unos cuantos millones. Hasta ahí, lo normal en entornos de software corporativo.

Lo que no es tan habitual es lo que recibías hasta hace poco a cambio de esos cientos miles de euros. No una caja troquelada con unos CD estampados, un manual de usuario y unos hologramas que certifican la autenticidad, como cualquier producto de Microsoft. Ni siquiera unos bits, algo virtual pero que tiene un procedimiento de instalación y a partir de ahí es usable, como las aplicaciones que descargas de Internet. Vignette consistía en código, funciones y librerías más o menos coherentes entre sí pero que requerían unos servicios de implantación especializados, porque instalarlos no era cuestión de arrancar un programa, responder a unas preguntas y pulsar el botón “siguiente” unas cuantas veces.

Dicho de otro modo: Vignette, un producto que se vendía por cientos de miles de euros, no era un producto “terminado”. La empresa no había perdido el tiempo creando instaladores, puliendo la interfaz de usuario, editando manuales o fabricando CDs. Tenían algo tan valioso como para que grandes empresas estuvieran dispuestas a pagar mucho por el “producto”, y al fin y al cabo quien tenía que acceder directamente al producto no era el cliente final, sino el especialista que lo instalaba y configuraba. Así que tenía todo el sentido no perder el tiempo en “adornos” ni en facilitar la vida a usuarios casuales, y centrarse en ofrecer más funcionalidad a los expertos.

No es que fuera muy elegante, pero ganaron mucho dinero siendo de los primeros en tener algo que ofrecer cuando a finales de los noventa las puntocom y las grandes empresas demandaban soluciones de gestión de contenidos. Si hubieran esperado a tener un producto “redondo” y perfecto para salir al mercado, probablemente no hubieran sido capaces de sobrevivir al desastre de las puntocom.

Así que ya sabes: ponte una fecha, valora con realismo qué puedes hacer para tener un producto “terminado” ese día, y deja la perfección para más adelante.

Creative Commons License photo credit: ‘J’

Elegir el nombre de la empresa

What’s in a name? That which we call a rose
By any other word would smell as sweet.

William Shakespeare, from Romeo and Juliet (II, ii, 1-2)

Sí, una rosa olería igual de bien si la llamáramos con otro nombre. Pero ¿funcionaría igual de bien una empresa con otro nombre?

Cuando ya has comprobado que tu empresa puede ser viable, tienes claro cómo vas a organizar las operaciones, cómo vas a producir y cómo vas a vender, llega el momento de decidir el nombre de la empresa. Si te equivocas con él, es para siempre, así que conviene tener en cuenta algunas cosas:

- Debe ser fácil de escribir, de pronunciar, de leer y de recordar. Al menos en el lenguaje del primer mercado, pero conviene que no suene demasiado extraño tampoco en inglés, por si acaso algún día hay que tener tratos con gente de fuera.

No es fácil cumplir con los cuatro requisitos, y además hacerlo en dos idiomas, pero es fundamental si no queremos perder clientes que recuerdan una publicidad de un producto pero no recuerdan el nombre de la empresa que lo ofrece.

Y es fundamental que sea fácil de pronunciar, si queremos que nuestros clientes no pidan el producto de la competencia simplemente por miedo al ridículo de pronunciar mal el nuestro.

- Conviene que empiece por la letra ‘a’, o una de las primeras del alfabeto. Esto no es imprescindible si nuestros clientes nos encuentran en la calle o en la estantería de un comercio, pero si hay alguna posibilidad de que nos busquen en un listado, conviene estar entre los primeros.

En Alanta conseguimos un contrato con el Ministerio de Administraciones Públicas gracias a que el nombre de la empresa empieza por A. En realidad, nos conocían de una charla que había dado yo unos meses antes, y después hubo que pelear la oferta con la competencia y demostrar que la nuestra era la mejor, pero el hecho es que nos llamaron porque nos vieron en un listado de empresas que por aquél entonces ofrecía la web de Hispalinux en la primera página, y entonces se acordaron de la charla.

- Procura que evoque a qué se dedica tu negocio. No es imprescindible llamar a tu empresa “Taller de chapa y pintura Gutiérrez”, pero ¿por qué no ayudar a tus clientes a que identifiquen a qué te dedicas?. Analiza los nombres de tu competencia, descubre qué tienen en común la mayoría (alguna palabreja en inglés si se dedican a la tecnología, algún nombre italiano o francés si están en el sector de la moda, etc.) y utiliza ese conocimiento para buscar o crear un nombre que sea original pero no se aleje demasiado del estándar.

- Asegúrate de que te sientes cómodo con el nombre. Ese nombre que sonaba tan bien en un pub a las dos de la madrugada puede no ser tan adecuado el día siguiente por la mañana. Antes de imprimir las tarjetas de visita y reservar el dominio, pronuncia el nombre en voz alta delante del espejo, imaginando que te presentas a pedir un crédito al director de un banco, y díselo también a amigos y familiares. Si no se parten de risa, y a tí no te da vergüenza, adelante.

- Google es tu amigo. Comprueba que no hay otra empresa (especialmente si es de tu sector) utilizando el mismo nombre, y ya de paso verifica también que hay un dominio decente disponible. Mejor un .com o un .es (si tu mercado se limita a España), porque muchas personas los ponen por defecto, pero puede ser un .org o un .net. En cualquier registrador de dominios puedes comprobar si el que buscas está disponible.

Si tienes tiempo, puedes comprobar también que no hay connotaciones negativas en el nombre. Por ejemplo, que no es el apellido de un asesino en serie. E incluso puedes utilizar Google e Internet para ayudarte con la inspiración, buscando palabras relacionadas con el concepto que quieres transmitir con tu nombre.

- Distingue entre el nombre de la empresa y el nombre del producto. Al principio es muy probable que tu empresa ofrezca un solo producto y que los nombres coincidan. Pero los productos tienen una vida más corta que las empresas, así que es mejor no verte obligado a cambiar el nombre de tu empresa porque el producto que vendías ya no la define.

Y poco más. Si el nombre que has elegido pasa todos los filtros, prepara tres variantes (pueden ser una coletilla añadida al nombre que has elegido) y corre a registrarlo.

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2.000$ si te vas de la empresa nada más empezar

Zappos tiene la política de hacer una oferta sorprendente a sus nuevos empleados: cuando llevan solo una semana les ofrece 2.000$, además del sueldo correspondiente a esa semana, si dejan la empresa. Un 2-3% aceptan la oferta.

¿Por qué hace eso Zappos? Fundamentalmente, porque compensa. Zappos es una empresa que se precia de tener el mejor servicio al cliente. Eso supone empleados entusiastas, que compartan los valores de la empresa y realmente quieran trabajar en ella. Cualquiera que haya tenido que lidiar con empleados sabe que 2.000 $ por librarse de los que van a generar más problemas que beneficios es una ganga.

En la legislación laboral española están previstos los periodos de prueba, pero la realidad es que no es lo más frecuente que puedas medir la voluntad y dedicación de una persona en ese periodo. La ventaja del test de los 2.000$ es que es el propio empleado el que se decanta y muestra su preferencia (dinero a corto plazo frente a un puesto de trabajo en Zappos).

Y aún hay otra cosa: los empleados que rechazan la oferta de alguna manera “han pagado” 2.000$ por estar allí. Eso hace que, aún sin ser conscientes de ello, tengan que demostrarse a sí mismos que no se equivocaron al rechazar el dinero, y por tanto tengan más motivación para que todo vaya bien.

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Formalidades

A estas alturas alguien se estará preguntando si no debía haber constituido ya formalmente su empresa. De hecho, es posible que ya haya empezado a gastar dinero: habrá hecho alguna campaña en AdWords para tantear, tal vez haya comprado un portátil o registrado un dominio…

Mi consejo es esperar todo lo posible este momento. Todos los gastos que vayan a nuestra cuenta particular, si en el futuro constituimos una empresa con socios, podemos considerarlos aportaciones nuestras como socio de la empresa, o podemos revenderle el bien a la empresa (tanto si es algo tangible como si es un dominio o incluso un estudio de mercado).

¿Y por qué esperar? porque formalizar la actividad, tanto si se hace como autónomo como si se hace como empresa, implica retratarse ante Hacienda y la Seguridad Social, y a partir de ese momento empieza la sangría. Ya no puedes dejar de pagar, de hacer declaraciones, papeleos, trámites.. lo que te obliga a contratar los servicios de una gestoría que te asegure que no cometes errores.

Si en cualquier momento decides dejarlo, ya no puedes hacerlo fácilmente.

De modo que lo mejor es esperar, cuanto más, mejor. Formalizar la empresa es imprescindible para dos cosas: contratar personas y facturar. Hasta que no tengas que hacer ninguna de las dos, espera.

¿Sociedad limitada o autónomo?

La duda, cuando vas a formalizar tu empresa, es qué forma legal elegir. Para una pequeña empresa como la que puede crear un parado sin mucho capital, básicamente hay dos opciones: hacerse autónomo o crear una Sociedad Limitada. Yo soy más partidario de la Sociedad Limitada, por estas razones:

1. Confianza y respetabilidad. Cualquier empresa tiene que interactuar con otros agentes económicos: bancos, administraciones, otras empresas… Tendrán que alquilar un local, comprar muebles, tal vez pedir financiación. Para todas estas cosas, una SL siempre da más confianza que un autónomo.

El problema con los autónomos es que cualquier problema, incluso de salud, puede hacer que deje el negocio. El que le va a alquilar el local, o el banco al que solicita el préstamo, sabe que una SL seguirá existiendo aunque uno de los socios se retire. Y el problema es aún más grave con clientes potenciales: una SL da imagen de seriedad, es un ente que permanece, pero un autónomo puede estar hoy trabajando y dejarlo mañana. Por tanto, un proyecto largo, complejo o importante no se le puede confiar a un autónomo, salvo que exista una relación previa de mucha confianza.

2. Formalismo para entradas y salidas de socios. Cuando dos o más personas se reunen para crear una empresa, cada una tiene diferentes expectativas. Uno puede estar dispuesto a trabajar 24 horas al día y apostar todo su capital para sacar adelante la empresa, mientras que para otro puede ser simplemente una actividad entretenida. Uno puede tener interés en obtener beneficios lo antes posible, y otro preferirá reinvertir para consolidar la empresa.

Este tipo de diferencias acaba generando tensiones, y si no existe un marco formal que defina las entradas y salidas de socios, la empresa se romperá en el primer envite. Una SL permite acotar qué participación tiene cada uno de los socios, y define una vía para la salida (la venta de esta participación). Lógicamente, una SL no es una varita mágica que evite los problemas entre socios, pero al menos es un entorno más seguro que un simple acuerdo verbal entre autónomos.

3. Limitación de responsabilidad. Esto es muy importante. Aunque uno esté protegido por seguros de responsabilidad civil, si es un autónomo cuando hay un problema que no esté cubierto por ningún seguro responde de él con su patrimonio. Con todo su patrimonio, incluyendo la casa en la que viven sus hijos.

Una SL responde sólo con los recursos propios de la empresa, y protege el patrimonio de sus socios. Es muy improbable verse en una situación así, pero aunque sólo sea por precaución ya compensa crear la Sociedad.

4. Una SL es una inversión. Si la empresa funciona bien y va facturando, ganando dinero y creciendo cada año, su valor crece. Esos 3.000 euros que se han invertido en un principio pueden convertirse con el tiempo en 300.000, o en tres millones. Si al cabo del tiempo uno de los socios decide salir, puede vender su participación y obtener un dinero como compensación por todo el valor que ha contribuido a generar.

Si un autónomo decide abandonar al cabo de unos años, no puede llevarse con él nada más que los conocimientos y experiencias adquiridos. Habrá ganado más o menos dinero en esos años, pero no podrá vender a otros su negocio.

En mi opinión, estas son razones suficientes para optar por la Sociedad Limitada. Evidentemente, una SL tiene sus complicaciones: es más costosa de poner en marcha, hay compromisos ineludibles con Hacienda y la Seguridad Social, hay que llevar una contabilidad oficial, debemos pasar por el notario para hacer cualquier cambio… Pero precisamente estos formalismos están orientados a darle estabilidad y garantizar su viabilidad.

Respecto al coste de la SL, es importante saber que los 3.000 euros de capital social solo tienes que tenerlos físicamente en el banco en el momento de constituir la sociedad. Después los puede usar la empresa. No es una situación ideal tener que tirar de ellos, pero si es necesario puedes tener que hacerlo hasta que empieces a ingresar el dinero que vayas facturando.

Para constituir la sociedad puedes usar el portal CIRCE, donde además de consultar información sobre los distintos tipos de empresa puedes constituir la tuya telemáticamente.

Otros tipos de sociedad

Hay otros tipos de sociedad, pero son menos aconsejables que la SL para un emprendedor con pocos recursos:

Sociedad Anónima. Tiene más requisitos formales y un capital social más elevado que una SL. Si puedes constituir una SA no deberías estar leyendo esto.

Sociedad laboral. A veces se recomienda esta forma cuando la empresa la impulsan dos o tres socios que van a ser también los trabajadores de la misma. Tiene algunas ventajas en cuanto a ayudas y subvenciones, pero el problema es que es muy rígida en su regulación: tienes problemas para incorporar socios capitalistas o para contratar personal que no sea socio. A largo plazo, si la empresa pretende crecer, no es una buena opción.

SL Nueva Empresa. Aunque puede parecer atractiva porque los trámites son muy rápidos y on-line, tiene también algunos problemas. Por ejemplo, que el nombre de la sociedad debe coincidir con el del socio principal. Como alternativa a la figura de autónomo, si tienes claro que la empresa es y será unipersonal, puede servir, pero no para cualquier otra cosa.ACTUALIZACIÓN: Gracias a josempelaez, que aclara que puedes cambiar el nombre a la SLNE en los tres primeros meses sin coste. Siendo así, la rapidez en la tramitación puede hacerla más conveniente que la SL tradicional.

Para los trámites, además de lo que ofrece CIRCE puedes acudir a tu cámara de comercio, donde deberían tener un punto de asesoramiento y tramitación para la constitución de empresas.

En cuanto tengas la empresa formalizada, debes contratar un servicio de asesoría fiscal, contable y laboral. Aunque sepas algo de estos asuntos, lo mejor es aprovechar ese conocimiento para verificar que hacen bien su trabajo, o para decidir en caso de que un asunto tenga varios enfoques posibles. Pero tu tiempo es mejor dedicarlo a conseguir que la empresa salga adelante que a rellenar formularios y pelearte con Hacienda.

En eConta, empresa del grupo BBVA, puedes tener el servicio por menos de 150 euros al mes, y funciona a través de Internet. Si prefieres el trato humano, lo mejor es visitar tres o cuatro gestorías que te pillen cerca, pedirles ofertas y quedarte con la que te inspire más confianza y tenga mejor precio.

Trabajar desde casa

Las historias de emprendedores como Steve Jobs, Jeff Bezos o Hewlett y Packard que crean una megaempresa desde el garage de su casa nos atraen a todos. Empezar desde casa, además de permitirnos ahorrar el dinero del alquiler de un despacho (cosa que no viene mal al principio, cuando necesitamos controlar cada céntimo) evita el traslado diario, y eso en una gran ciudad puede significar que tenemos una o dos horas más cada día que dedicar a la empresa.

Pero trabajar desde casa tiene sus inconvenientes, y muy serios. Es muy muy fácil, si uno se deja deslizar por la pendiente de la dejadez, encontrarse unos meses más tarde tirado en un sofá con un plan de negocio que no se llegó a terminar nunca, con una página web a medio hacer, con el dinero que teníamos para montar la empresa agotado, con algún contacto pendiente de llamar desde hace semanas y con decenas de horas invertidas cada mes en ver programas de televisión para marujas.

Así que, por si son de utilidad, aquí van mis consejos para conseguir ser productivo trabajando desde casa:

1. Madruga. Nunca deberías levantarte después de las 9, y sería mejor hacerlo antes de las 8. Hay gente que trabaja mejor por la tarde, o incluso por la noche, pero aunque uno se haya acostado a las dos de la mañana es mejor echar una siesta para compensar las horas de sueño perdidas que levantarse tarde.

Cambiar el horario con respecto al resto del mundo hace que no estés disponible cuando otros lo están. Pero sobre todo impide que tengas un horario estable, en el que haya unas horas de trabajo al día aseguradas.

2. Cuida tu aspecto todos los días. No es cuestión de ponerse chaqueta y corbata para trabajar en casa, pero no deberías prescindir de la ducha y el afeitado (o el peinado en el caso de las féminas) ni de vestirte con ropa diferente a la que has utilizado para dormir. El rito del aseo y el vestido ayuda a ponerse en situación de trabajar.

3. Lleva a los niños al colegio. Aunque a tu pareja le venga bien, hazlo tú. Te obliga a madrugar y a ponerte en funcionamiento desde primera hora del día. Además hablas con gente, aunque sea pequeñita y llorona, y eso cambia tu estado mental.

Si no tienes niños, sal a comprar el pan o el periódico. O vete al banco a hacer una gestión. Lo que sea, pero salir de casa pronto te obliga a vestirte y asearte, y ver gente y hablar con ella nos impide caer en la dejadez.

4. Planifica tu día. Aquí cada uno tiene su receta: hay quien empieza por las tareas rutinarias para quitárselas de enmedio, quien prefiere empezar por lo importante, quien organiza la jornada en bloques estrictos o quien simplemente tiene una idea general de lo que debe hacer por la mañana o por la tarde.

Eso es lo de menos, con tal de que sigas un sistema que funcione y de que al final del día hayas conseguir hacer el trabajo que te propusiste. Lo importante es saber antes de empezar qué quieres conseguir ese día, qué tareas tienes pendientes y organizar el trabajo de modo que lo más urgente no quede sin hacer.

Uno de los problemas de no tener un jefe que te exija es que puedes caer en la tentación de dedicarte a lo que más te gusta, y no siempre eso es lo más necesario para la empresa. Puede ser más gratificante desarrollar un nuevo producto que preparar una declaración de impuestos, pero no dar parte de tu tiempo (además de tu dinero) a Hacienda suele tener consecuencias desagradables.

5. Organiza tu lugar de trabajo. Es posible que no tengas un garaje que dedicar a tu empresa, pero siempre debes tener al menos un rincón exclusivo. Unas estanterías para los papeles, un puesto de trabajo con todo lo necesario y un ordenador, impresora y teléfono móvil dedicados sólo a la empresa. No, no sirve el ordenador de los niños, porque tendrá un virus justo el día que tengas que usarlo para algo importante. Y tampoco funciona tener un portátil que llevas de un lado a otro de la casa en función de lo que haga el resto de sus habitantes. Para concentrarse y ser productivo, no puedes perder el tiempo buscando cosas que no están a mano.

6. Exige respeto a los que conviven contigo. Separa claramente las horas de trabajo de las que estás disponible para el resto de la familia, negocia estas horas y una vez aceptadas por todos mantente firme a la hora de dedicarlas a tu empresa. El que estés en casa no significa que los niños pueden interrumpir tu trabajo para preguntarte una duda de matemáticas, ni que tu pareja puede pedirte que le ayudes a preparar la cena, o que seas el encargado de hacer los recados o atender al señor que viene a media mañana a reparar la lavadora.

Con toda la flexibilidad del mundo, puedes aprovechar que eres tu propio jefe para hacer una gestión para la familia en horario laboral, pero antes de hacerla deja siempre claro en qué momento vas a compensar esa hora perdida.

Si tienes una puerta que separa tu lugar de trabajo del resto de la casa, ciérrala y no la abras mientras estás trabajando salvo que haya un incendio o alguien herido. Si los niños se pelean, ya harán las paces. Si tu pareja necesita tu ayuda para una tarea doméstica, recuérdale el pacto y dile que lo harás más tarde, cuando acabe tu horario de trabajo.

7. Respeta tú mismo tu horario. No decidas a media mañana que vas a hacer un descasito para ver un vídeo en YouTube que te acaban de pasar, jugar una partidita al juego que te tiene enganchado o “desconectar” viendo la tele. No harías ninguna de estas cosas en la oficina, así que no las hagas en tu casa. Esos cinco minutitos de descanso se habrán convertido en dos o tres horas perdidas antes de que te hayas dado cuenta.

Si necesitas desconectar (y todos necesitamos desconectar cada cierto tiempo) aléjate de cualquier pantalla, sal a la calle a dar un paseo, haz algo de deporte o de yoga o simplemente prepárate un café y tómatelo mientras oyes un poco de música. Ponte un tiempo máximo de descanso (nunca más de media hora) y después vuelve al trabajo.

8. Haz un curso. Por lo menos una vez al mes, haz un curso que tenga alguna relación con tu empresa o tu sector o con la economía en general, o asiste a un seminario, o a una conferencia. Hoy en día hay multitud de actos, de presentaciones de empresas y de cursos gratuitos organizados por las administraciones o las cámaras de comercio.

Aunque pueda parecer una pérdida de tiempo, los cursos te obligan a vestir “el traje de faena” de vez en cuando y te permiten tener conversaciones “profesionales” con otros emprendedores o con gente de tu sector. Un baño de realidad de vez en cuando, además, puede proporcionarte información valiosísima que no está en Google, no sólo la que se imparte “oficialmente”, sino sobre todo los rumores y las tendencias que se comentan en los pasillos.

9. No pierdas los contactos profesionales. Si, como es habitual, estás poniendo en marcha la empresa después de unos años de experiencia profesional, tendrás una red de conocidos más o menos amplia. Preocúpate de mantener el contacto con ellos: llámales por teléfono, queda a comer con ellos, envíales un correo electrónico de vez en cuando…

Por un lado, puede venirte bien si la empresa fracasa y tienes que buscar otra salida laboral. Pueden ser también una fuente de información sobre el sector e incluso de oportunidades de negocio. Pero, sobre todo, provocan que cuentes cómo va tu proyecto (lo que te hace verlo con perspectiva), te ayudan a verte a tí mismo como un profesional en activo y te animan a seguir en el empeño. Cuando estás en medio de las dificultades propias del lanzamiento de la empresa, recordar cómo son las cosas en el mundo corporativo puede ser un buen acicate para buscar el éxito.

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