Comento la última encuesta, que ya va siendo hora. A la pregunta de ¿Quién tiene la culpa de la crisis?, un 45% de los votantes ha respondido que “el afán desmedido de riqueza”, muy por delante de la segunda opción “El sistema neoliberal que no controla al mercado”, que ha tenido el apoyo del 20%.
Hay que apuntar que los resultados han cambiado después de que el post sobre qué hacer si te quedas en paro fuera portada de menéame. Antes, mi opción favorita (La intervención de los gobiernos en la economía) tenía más del 13% en que se ha quedado.
Pero vamos al grano, ¿puede ser el afán de riqueza el causante de la crisis? Eso implicaría que el afán de riqueza ha crecido en los últimos años. Y necesitaría una justificación ¿somos los seres humanos más avariciosos en el siglo XXI que en el XX? ¿Eran los seres humanos más avariciosos en 1929 que veinte años antes o veinte años después? ¿Y en la crisis de 1973?
La avaricia, o el afán de riqueza, o el deseo de prosperar siempre están ahí. Pretender que no existe, o que los seres humanos deberíamos cambiar y ser mejores, tal vez esté bien como idea para tu grupo religioso/ideológico, pero tiene poco sentido práctico no contar con ello. Si dentro de X años tu religión o tu ideología consiguen cambiar a los seres humanos y hacernos a todos seres altruistas dispuestos a compartir con el que menos tiene, estupendo. Mientras tanto, lo mejor es asumir que esa avaricia lleva algunos milenios acompañándonos, y que cualquier sistema económico debe partir de que existe.
El capitalismo es bueno porque canaliza esa avaricia hacia el servicio a los demás. Como decía Adam Smith: “no es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”. El caso es que gracias al egoísmo y al afán de riqueza del panadero, tenemos pan. Él está contento ganando su dinero, y nosotros somos estamos contentos pagándole por tener pan.
Para que le paguemos, por supuesto, debe proporcionarnos un pan que nos parezca mejor que el dinero que pagamos por él. Si no lo hace así, compraremos en otra panadería, o simplemente dejaremos de comprar pan y acompañaremos la comida con arroz o con tortas de maíz.
Y lo que vale para el pan, vale para los pisos, las hipotecas o los coches. Claro que si te equivocas al comprar una barra de pan, el error que has cometido es muy leve, y no tiene más consecuencia que una comida peor. Si te equivocas al comprar una vivienda, o al contratar una hipoteca, toda tu vida puede verse afectada durante años. De modo que debes tener más cuidado e informarte mejor al comprar una vivienda que al comprar una barra de pan. Parece de Perogrullo, pero la cosa tiene miga.
Mucha gente cree que el Estado le protege de los avariciosos banqueros y empresarios que intentarían sacarle hasta el hígado de no mediar reglas, normas y vigilancia. De este modo, “cede” la responsabilidad de informarse antes de tomar una decisión que comprometerá toda su vida.
Pero lo cierto es que sucede más bien al contrario. Los Estados han contribuido más que nadie a la crisis, y desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, muchos piensan que la crisis de las subprime se debe a que la avaricia de los bancos les llevó a prestar dinero a quien no podía devolverlo, creando luego los famosos “paquetes” que endosaban a otros bancos.
Lo cierto es que fue el gobierno de Bill Clinton quien obligó a prestar a los indigentes, bajo la amenaza de denuncias por racismo. Leed este artículo del NYT, de 1.999, en el que se anunciaba que si se producían un cambio negativo en la economía, esas medidas obligarían a un rescate de las entidades financieras por parte del gobierno. Yo tengo muy poco respeto por los economistas que son prefectamente capaces de explicar a toro pasado cualquier situación económica, pero mucho por quien es capaz de predecir algo con casi diez años de antelación.
De modo que el gobierno estadounidense sí tuvo que ver con la crisis de las subprimes, pero no por vigilar poco, sino por obligar a prestar a insolventes solo porque tenían el color de piel adecuado. Y por enviar además un mensaje envenenado: “si el gobierno me obliga a prestar a un individuo que ni siquiera tiene un trabajo decente, no ve a a dejar luego en la estacada si el susodicho no paga el crédito”. Por supuesto que el afán de riqueza hizo que los bancos americanos, además de conceder préstamos basura los “empaquetaran” y se los colocaran a otros, pero ese mismo afán de riqueza les habría hecho ser mucho más prudentes si el Estado no hubiera intervenido.
Por nuestra parte, la burbuja inmobiliaria ha tenido mucho que ver con la financiación de los Ayuntamientos. ¿Que hay mucho chorizo en la construcción? Pues claro. Más o menos la misma cantidad que concejales de urbanismo corruptos. Cuando de la decisión de un cargo público depende que tu terreno valga 5 o 100, hay una gran ventana de oportunidad para que la avaricia se dirija no a satisfacer las necesidades de tus clientes, sino a conseguir el favor del cargo público.
Hay más: el Estado tiene el monopolio del dinero, y maneja los tipos de interés. Durante muchos años, los bancos centrales han estado manteniendo unos tipos de interés tan bajos que era casi irracional no entramparse. El mensaje que se nos daba desde el Gobierno era: “gasta, gasta, que tienes dinero para lo que quieras”.
El problema de gastar a crédito es que lo haces hoy con el dinero que crees que tendrás mañana. Si en tus cálculos está que tu vivienda valdrá un 20% más cada año, y que la economía siempre va a ir a mejor (al menos en lo que respecta a tus ingresos), lo más probable es que te equivoques. Y nuevamente el Gobierno, con sus mensajes de “somos la leche, la economía va a tope, y quien diga lo contrario miente”, ha contribuido a que muchas personas tardaran demasiado en darse cuenta de que sus cálculos estaban fatalmente equivocados.
Por si sirve de consuelo, hay que tener en cuenta que también los “expertos” de los bancos se equivocaron. Demasiados créditos se concedieron con criterios irresponsables, y demasiadas inversiones se hicieron sin mirar la solvencia real de los activos en que se basaban. Nuevamente el afán de riqueza, pero en un entorno en el que las relaciones no son transparentes, sino que están envenenadas por la intervención del gobierno.
La puntilla la ponen los planes de rescate. Los de Obama, los de Zapatero y los de sus colegas. En una economía sana y libre, las empresas que han cometido errores (como los bancos) y las que nos son competitivas (como la industria del automóvil) se ven obligadas a reconocer sus pérdidas, reconvertirse si están a tiempo, y cerrar o ser vendidas si ya no lo están. El dinero (por avaricia, por afán de riqueza) fluye a empresas más competitivas y más rentables, y aunque hay un periodo en el que los implicados en las empresas fracasadas (propietarios y trabajadores) sufren, al cabo la economía se sanea y la gente encuentra nuevos trabajos.
Nuevamente, el afán de riqueza es el que hace que esas otras empresas prueben suerte, intenten atender necesidades insatisfechas de los consumidores, y ganen dinero con ello.
Pero los planes de rescate retiran el dinero de las empresas solventes y de los ciudadanos que pagan sus impuestos, y se lo entregan a las empresas insolventes. Con esto, además de apuntalar empresas que deberían reconvertirse o cerrar, envían un mensaje a los avariciosos: “no arriesgues tu dinero en empresas innovadoras. Yo, que para eso soy el Estado, te garantizo que nunca perderás si lo colocas en las empresas que yo elija”.
Y envían también un mensaje a los avariciosos directivos de los bancos y empresas insolventes pero grandes: “no importa lo mal que gestiones tu empresa, yo siempre estaré aquí para apoyarte. No importa que arriesgues irresponsablemente, o que no innoves, sabes que siempre puedes contar conmigo.”
El Estado acaba siempre comportándose como el protagonista de una comedia de enredo, que para disimular que tiene una amante debe aportar cada vez explicaciones y justificaciones más alambicadas, y cada solución a un problemilla desencadena otro mayor, hasta que la situación se hace insostenible.
El problema es que mucha gente aún no ha llegado al punto en el que descubre que el gobierno le ha estado engañando con otra mientras le juraba amor eterno.
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