Comento los resultados de la última encuesta publicada en este blog. Según el 54% de los visitantes, el principal problema es la falta de cultura emprendedora. Para un 37% el problema son las cargas que impone la administración. Muy lejos quedan las alternativas de la envidia y la falta de inversión de capital-riesgo.
Mi voto va hacia la segunda opción: las cargas que impone la administración.
Creo que la falta de inversión puede ser un problema, pero no estoy del todo de acuerdo en que no haya cultura emprendedora. Creo que la hay, aunque muy sui generis. Quiero decir que es muy frecuente que alguien ponga un bar, o monte un servicio de reparaciones de cualquier tipo, o un comercio. Y todos estos son emprendedores.
El problema es que la figura del “trabajador autónomo” vicia a estas personas, que muchas veces se ven a sí mismas como “trabajadores” y no como “empresarios”. Aunque a todos los efectos sean lo segundo.
¿Por qué se da esto? Porque la administración ha creado esa figura extraña del autónomo, en teoría para facilitar las cosas a quien quiere abrir un negocio pero no se siente con ganas o con capacidad para crear una sociedad.
Es cierto que también hay quien ve a cualquier empresario como un individuo avaricioso cuya única misión en la vida es explotar a sus trabajadores. Y hay muchos que buscan un trabajo en el que se cumpla eso de “los garbanzos son duros, pero seguros.” Aun así, creo que por mucho que abunden estos tipos no es la falta de emprendedores el problema. El número de personas que se lanzan a crear esas miniempresas que he mencionado antes lo demuestra.
Con lo que vamos a mi opción: el problema son las cargas que impone la administración. En Gran Bretaña, por ejemplo, apenas hay requisitos para iniciar una actividad económica. Solo cuando empieza a crecer debes empezar a cumplir con formalismos (y a compartir parte de tus ingresos con el estado).
Evidentemente, eso anima a muchos a “probar suerte”, y un porcentaje de los que prueban triunfarán y tendrán empresas exitosas que crearán riqueza y empleo.
En España, antes de empezar, antes de haber generado un solo céntimo de ingresos, ya tienes que pagar: al notario, a una gestoría e inevitablemente al Estado. Crear una SL cuesta más de 500 euros, y solo consigues a cambio unos papeles que te “autorizan” a hacer negocios.
Después están los tiempos de tramitación de todo: en España poner en marcha una empresa lleva de media 47 días, y solo 2 en Australia o 5 en Dinamarca o EE.UU. Eso son 47 días en que tienes gastos, pero no puedes iniciar la actividad.
Y como se te ocurra tener empleados, ya puedes prepararte: al coste del salario debes añadir un 33% que se lleva la seguridad social, y debes tener en cuenta también los costes de despido si las cosas se tuercen, o el absentismo debido a bajas por enfermedad o maternidad.
Súmale a todo que la complejidad de la legislación hace casi inevitable contratar una gestoría para llevar incluso los asuntos de la empresa más pequeña y de gestión más simple.
Así que el problema es que cuando alguien tiene una idea de negocio (y logra no escuchar los cantos de sirena de los que le animan a buscar un trabajo con un sueldo fijo), se encuentra con que el Estado, en lugar de construir una autopista por la que su proyecto pueda ir a toda velocidad ha contruido una pista de obstáculos que solo los más hábiles o más determinados logran sortear.
photo credit: James Jordan
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