Desencadenado

Como crear tu empresa: información para emprendedores, real como la vida misma.

No siempre es bueno ser original


Muy interesante lo que escribe hoy Seth Godin en su blog:

El marketing no es hacer todo diferente. Haces muchas cosas como los demás, intencionadamente, porque “esas cosas” no son parte de tu mensaje. Es la parte diferente la que quieres que destaque, y la que cuenta tu mensaje.

Si no estás enviando un mensaje con algunos aspectos de tus decisiones de marketing, asegúrate de que ese aspecto es exactamente lo que la gente espera. Hacer otra cosa es crear ruido aleatorio, no mejorar tu marketing.

Cuando yo me dedicaba a intentar vender software libre, insistía en llevar chaqueta y corbata, y dar una imagen de empresa “seria y respetable”. Una de las cosas que hice nada más empezar es hacer a Alanta business partner de IBM. Más que nada para poder explicar que una empresa grande y solvente, de “toda la vida”, también andaba metida en eso del software libre. Prestigio por contagio, que dicen algunos.

Hace seis años, ya era difícil explicar eso de que hay software que es gratis, pero que hay que pagar por el soporte, que es mejor que el software desarrollado por empresas que cobran por ello… Si a eso, que a mucha gente le sonaba a chino, le añadimos la imagen de geek con greñas y sandalias, lo único que hacemos es generar más confusión e incertidumbre, y disminuir las probabilidades de vender.

Lo de ser rompedor, innovador, moderno, creativo… nos hace sentirnos muy bien. Pero la triste realidad es que la mayoría de la gente tiene pavor a lo nuevo. Odia el cambio. Así que, como dice Godin, no metamos ruido en lo accesorio. Deja que tu cliente potencial perciba como nuevo lo que realmente es innovador, y que todo lo demás le proporcione seguridad y tranquilidad.

¿Es buen momento para crear una empresa?

Veamos el dato: la creación de empresas ha disminuido en el primer semestre de 2008 un 24,53%. Parte de la explicación puede ser que es ahora más difícil acceder a la financiación necesaria para poner en marcha una empresa. Pero sin duda hay mucha gente que cree que ahora, con la crisis encima, es suicida arriesgarse a emprender.

Y sin embargo… Google creció en medio de la explosión de la burbuja de las puntocom. Consiguió la ronda de financiación más importante en 1999, cuando todo el mundo invertía en cualquier cosa que tuviera que ver con Internet, pero se dio a conocer masivamente en el 2.000, cuando competidores como Lycos (¿Alguien se acuerda de la compra millonaria de Telefónica?) estaban noqueados por los puñetazos de la realidad. Mientras a su alrededor todas la empresas importantes de su sector se retorcían entre espasmos agónicos y veían como el valor de sus acciones descendía por minutos, ellos seguían perfeccionando su producto, consiguiendo los primeros clientes corporativos y aventurándose en un nuevo modelo de negocio: la publicidad relevante.

De modo que, aunque es cierto que con un modelo de negocio mediocre y una ejecución mediocre una empresa que podrían sobrevivir en tiempos de bonanza morirá en tiempos de crisis, también es cierto que una ejecución brillante y un producto sólido pueden triunfar allí donde todo el mundo está fracasando.

Mark Cuban

Esta semana el empresario modelo es Mark Cuban. Sin duda es un tipo controvertido, y probablemente muchos le considerarán un bocazas y un fantasma. Pero es innegable que tiene el espíritu de emprendedor hasta en el ADN.

Empezó a crear negocios ya de niño, para pagarse unas zapatillas. En la universidad compraba y vendía sellos, envió una carta en cadena que le reportó más de 1.000 dólares y trabajó de camarero y hasta montó un bar sin tener aún la edad legal para beber.

Cuando terminó la carrera empezó a trabajar en una tienda de ordenadores y se interesó por ellos lo suficiente como para aprender a programar y crear Microsolutions, una empresa que en los años 80 promovía las ventajas de Lotus Notes, Compuserve y Carbon Copy. Después de vender la empresa en 1990, a Cuban le quedaron dos millones de dólares.

Durante un tiempo se dedicó a recorrer el mundo sin hacer nada. Bueno, no exactamente: su objetivo era recorrer el mundo bebiendo con tanta gente como le fuera posible. Lo que hizo fue comprar un pase vitalicio para dos personas en American Airlines, y preguntar a las chicas que encontraba por ahí si querían viajar con él.

Pero lo de ir de vagabundo pijo no debió llenarle, porque en poco tiempo volvió a meterse en otro proyecto: lo que un tiempo después sería Broadband. Consiguió uno de los mayores pelotazos de las puntocom tras venderle la empresa a Yahoo, se hizo multimillonario, y a partir de ahí no ha dejado de invertir en las empresas más variopintas: una productora de cine, un equipo de la NBA, la red de blogs Weblogs Inc y multitud de otras empresas.

Cuban intentó ser actor y en esto sí fracasó, pero consiguió cierta notoriedad popular participando en un concurso de baile para famosos (hubo una versión española, pero no se cómo se llamaba). Lo que no puede decirse de él es que peque de falsa modestia: en esta entrevista que le hicieron hace poco en TechCrunch dice que “cuando muera, quiero reencarnarme en mí mismo”.

¿Qué es destacable de Mark Cuban? Primero, su espíritu que le lleva a implicarse en emprender una y otra vez. Segundo, su entusiasmo por lo que hace. Tercero, la capacidad para estar en la cresta de la ola: teniendo en cuenta que estuvo en el negocio del PC en los 80, en una puntocom en los 90 y ahora en la web 2.0, yo pagaría por saber en qué se va a meter en los próximos años.

Estabular el talento

Habla tic616 en su blog sobre los problemas que supone el uso de Internet en el puesto de trabajo. Su postura es razonable, llena de sentido común. Yo casi podría estar de acuerdo, si no fuera porque creo que todo deja de ser razonable cuando vemos las cosas con un poco más de perspectiva.

La idea de pagar una cantidad de dinero fija periódicamente a cambio de que una persona dedique un número de horas fijas a trabajar para nosotros es algo extraño, aunque nos hayamos acostumbrado a ello.

¿A alguien se le ocurre que sería bueno pagar una cantidad fija al mes a la cafetería donde nos tomamos el café de la mañana? Si nos lo propusieran, probablemente lo rechazaríamos: nos obliga a no poder cambiar de cafetería si nos apetece, a tomar siempre lo mismo aunque un día nos apetezca un bollo con el café, a perder dinero si no tomamos café todos los días… Sin embargo, exactamente eso hacen las empresas cuando contratan trabajadores para que les dediquen 40 horas a la semana.

¿Por qué funciona? Pues porque en entornos de trabajo sistematizado, en los que tratas con un número elevado de personas, puedes promediar las incidencias y saber de antemano la productividad del empleado medio. Tener los recursos controlados, saber que cuentas con el personal necesario y reducir las gestiones de contratación y pago compensa las ineficacias debidas al absentismo o a las variaciones en la necesidad de personal.

Hace 50 años, muchos de los empleos “de oficina” eran equivalentes a los industriales. Las empresas requerían pools de secretarias y contables para procesar la información, y se podía saber razonablemente cuántos asientos podía anotar un contable o documentos podía teclear una secretaria. De hecho, uno de los criterios de contratación era el número de pulsaciones por minuto que era capaz de conseguir escribiendo a máquina.

Sin embargo, cada vez más los procesos industriales de las oficinas han mecanizados mediante ordenadores, de manera que los trabajadores de cuello blanco ya no se dedican a tareas repetitivas y cuantificables.

¿Y eso qué significa? Pues que la productividad ya no es tan fácil de medir. Que se contratan cantidades de horas fijas para trabajos que requieren una dedicación variable. Que no tiene sentido controlar si una persona está o no en su puesto de trabajo, porque no podemos saber si está siendo productivo. Que “la oficina” como lugar físico en el que concentrar a los trabajadores para reducir los costes de comunicación y compartir recursos deja de tener sentido en un mundo en el que podemos estar comunicados desde puntos opuestos del planeta, y es barato proporcionar herramientas de trabajo a cada empleado.

Sin embargo… en muchas organizaciones la importancia de un directivo se mide por el número de subordinados, por lo que este número tiende a crecer indefinidamente. Para progresar, lo mejor es quedarte en el puesto de trabajo por la tarde e incluso hasta la noche, aunque no haya una relación entre el número de horas trabajadas y el resultado obtenido. Se limita el acceso a determinados sitios de Internet, pero quien quiere puede seguir perdiendo horas delante del ordenador. Está mal visto (o prohibido) que los empleados jóvenes chateen con sus amigos por el messenger, pero se asume que el plasta de turno puede pasarse por tu mesa con un café para comentar con detalle el partido del domingo.

Es decir, que estamos usando el modelo “industrial”, que servía para las oficinas sin informática y sin comunicaciones de hace 50 años, pero que cada vez tiene menos sentido.

Antes o después, las empresas deberán evolucionar hacia un modelo en el que apenas haya empleados contratados para trabajar de 9 a 5. En el que los “empleados” actúen más como freelancers, a los que se les requiera para trabajos concretos, y se les pague por el resultado de esos trabajos. En el que “la oficina” se convierta en algo más parecido a un centro de negocios, con recursos (salas, despachos, impresoras, proyectores, ordenadores…) que se puedan utilizar en función de las necesidades del momento. En el que un trabajador pueda colaborar a la vez con varias empresas, y en el que el más productivo gane mucho más que el mediocre, porque a nadie se le pagará por estar sentado durante horas delante de una pantalla.

En ese contexto el debate sobre usar o no la conexión a Internet de la empresa para fines personales deja de tener sentido. ¿Que dedicas ocho horas a buscar el vuelo más barato para tus vacaciones? Es tu problema. Nadie te las va a pagar, así que tú sabrás si te compensa más dedicar ese tiempo a arañar unos euros o a generar más ingresos.

Un libro y una película


Inauguro hoy una novedad en el blog. Dedicaré un post cada domingo a recomendar un libro y una película. No todo va a ser trabajar y emprender. En general, procuraré que no sean los best-sellers del momento, y que mi recomendación pueda descubriros algo que os estabais perdiendo, aunque otras veces simplemente será algo motivador o instructivo para gente que está creando o quiere crear su empresa.

Libro: El Aleph, de Borges. Lo leí con 14 años, y lo he vuelto a leer innumerables veces desde entonces. Borges es mi escritor favorito, y en mi opinión el mejor en lengua española. No sobra ni falta ni una palabra en cada uno de sus escritos.

Película: The Pursuit of Happyness. Imprescindible para entender el espíritu que debe animar a cualquier emprendedor. La interpretación de Will Smith, espectacular (por eso la recomiendo en inglés, porque el doblaje pierde). Y es más emocionante saber que está basada en la vida real de Chris Gardner. Si el pudo ¿por qué no vas a poder tu?

Me apunto a la fiesta con Tim Ferris


Me acabo de enterar por Ángel Medinilla de que Tim Ferris estará en Madrid el 25 de Septiembre, y me acabo de apuntar. Lo que propone es charlar, reír, preguntar, beber… (cada uno se paga lo suyo, pero no hay ticket de entrada)

Así que si alguien más se apunta, ya sabéis que corréis el riesgo de tener que aguantarme. ¡Ángel, anímate, que en el AVE puedes trabajar y seguro que si te quedas en Sevilla un jueves por la tarde ya no haces nada de provecho!

¿Que no sabes quién es Tim Ferris? Pues deberías

Feeds completos


Los deseos de Consultor Anónimo son órdenes para mí… así que si dice que no corte los feeds, pues no los corto.

A decir verdad, llevo tiempo con la duda metafísica acerca de qué es mejor. La escuela de los “feedcortistas” dice que si los dejas enteros, aparecerán splogs que te los succionarán, y en algunos casos Google les dará preferencia en las búsquedas. Los “feedlarguistas” dicen que hay que asumir ese peaje, pero con los feeds completos tratas mejor a tus usuarios habituales.

A pesar de las dudas, y empujado por el consejo de Raúl, a partir de hoy me dejo los feeds largos. Si alguno todavía no está suscrito, ya no tiene escusa.

Henry Ford


Traemos hoy a la serie de “vidas ejemplares” de empresarios un clásico. Nada menos que Henry Ford.

Ford consiguió descubrir uno de los métodos más seguros de hacerse rico: poner al alcance de la mayoría un producto reservado a las élites. El automóvil, a principios de siglo, era un producto artesanal, solo al alcance de los más ricos. Ford se propuso hacer un automóvil barato y sencillo, que estuviera al alcance de una familia de clase media.

Eso implicaba dos cosas: un proceso de fabricación (la cadena de montaje) y un producto estandarizado. El Ford T, el modelo que supuso el éxito para la Ford Motor Company, no tenía opciones. Según el propio Ford “cualquier cliente puede tener el coche del color que quiera siempre y cuando sea negro”.

Al conseguir un producto tan barato, Ford pudo permitirse pagar mucho más a sus trabajadores. Esto supuso también una revolución, y le granjeó críticas en Wall Street. Pero sin duda parte del éxito de su compañía se debió a la capacidad para contratar y retener a los mejores trabajadores.

Por otro lado, las prácticas paternalistas de la época nos escandalizarían ahora. Para conseguir el aumento de sueldo, los trabajadores debían llevar una vida intachable. El juego y la bebida estaban mal vistos, y Ford creó un “Departamento de Sociología”. Su socio Harry Bennett, es-boxeador, intimidaba y amenazaba a los trabajadores que intentaban organizarse en sindicatos.

Otro aspecto de su vida que puede servir de ejemplo a muchos emprendedores es que la Ford Motor Company fue la tercera empresa que creó. En las dos primeras (La Detroit Automobile Company y la Henry Ford Company) fracasó porque tenía más interés en hacer un coche perfecto, que venciera en las carreras (en las que él mismo pilotaba) a los vehículos de sus competidores.

Moraleja: no te empeñes en desarrollar el producto perfecto. Desarrolla el producto que millones de clientes quieren comprar.

Crítica del salario mínimo


¿Por qué es perjudicial que exista un salario mínimo interprofesional, por debajo del cual no se puede contratar a nadie?

Pongamos un ejemplo:

Juan tiene un restaurante, le va bien y lo tiene lleno los viernes y sábados por la noche. Calcula que con un camarero más podría atender a tres mesas más cada noche, que le proporcionarían un beneficio de 300 euros adicionales al mes. Así que hace sus cuentas y piensa: “si pago 25 euros cada noche de trabajo, por 8 noches al mes, pago 200 euros, que con la Seguridad Social se me ponen en 266. Voy a ver si puedo contratar a alguien por ese dinero”.

Por otro lado, María es estudiante universitaria. Quiere ganar algún dinerillo para pagarse los libros y ayudar algo a sus padres, pero no quiere dedicar mucho tiempo. El trabajo de camarera en el restaurante de Juan le parece aceptable (aunque preferiría cobrar más, claro).

Juan y María podrían ponerse de acuerdo, y los dos saldrían beneficiados. Pero llega el gobierno, y dice que el salario mínimo diario en 2008 es de 28,42 euros si se trabajan menos de 120 días para la misma empresa. Juan hace sus cuentas, y con seguros sociales eso se le pone en 302,39 euros al mes. Más de lo que espera ganar con el trabajo de María. Así que Juan se queda con el personal que tiene, deja de ganar el dinero que esperaba y María deja de ingresar ese dinerillo que tan bien le podría venir.

¿Es un explotador Juan por querer pagar tan poco? No, simplemente no tiene margen para pagar más. También tendría que renunciar a ese ingreso extra si no encontrara a nadie dispuesto a trabajar por 25 euros la noche, por ejemplo. El empresario busca un recurso por un precio máximo. Si no lo encuentra, será que ahí no hay negocio, y se conformará con lo que tiene o buscará otras alternativas.

¿Estaría explotada María cobrando 25 euros por noche? No, porque nadie le obliga a aceptar ese trabajo. Si prueba y descubre que el sueldo no le compensa su esfuerzo, puede dejarlo y buscar otra alternativa.

El problema es que el SMI distorsiona la relación entre Juan y María, impidiendo que ambos obtengan un beneficio.

En general, el argumento para defender el SMI es que si no se establece un mínimo los empresarios fijarán sueldos ínfimos, y los trabajadores sin alternativa tendrán que aceptarlos.

El primer error es creer que el sueldo lo fijan unilateralmente los empresarios. Como hemos visto en el ejemplo, para que se produzca un contrato las dos partes tienen que considerar que salen beneficiadas. Si el trabajador cree que su tiempo vale más que el dinero que le ofrecen por él, no aceptará la oferta. El empresario, si tiene margen, tendrá que pagar más para conseguir empleados, y si no tiene margen tendrá que buscar otro negocio. Igual que le sucede cuando sube el precio de la electricidad, por ejemplo. Y es que el trabajador no es más que otro proveedor de la empresa. Unos proveen materias primas, otros suministros, y los trabajadores proveen tiempo (y habilidades).

Por otro lado, no solo el trabajador tiene la última palabra a la hora de aceptar un salario. Los empresarios (al menos los que yo conozco) no se reúnen en clubs atendidos por mayordomos a comer faisán, fumar puros y consultar la prensa económica con su monóculo, mientras acuerdan bajar aún más los salarios de los obreros. Los empresarios compiten entre sí por los mejores trabajadores. Si un empresario pretende aumentar su margen de beneficio reduciendo los sueldos, encontrará pronto que la competencia (que paga mejor) le roba a sus trabajadores, y él se queda con los más torpes, los que producen menos y generan menos ingresos.

Por último: si empresario y trabajador quieren llegar a un acuerdo, y la ley no se lo permite, existe la solución de contratar al margen de la ley. Solución mala para todos: el trabajador queda absolutamente desprotegido, precisamente como consecuencia de una medida que iba a proteger sus ingresos; la empresa se arriesga a sufrir las consecuencias de una inspección de trabajo; y el Gobierno pierde la oportunidad de cobrar sus impuestos.

Para muchas personas como estudiantes que buscan un empleo a tiempo parcial, inmigrantes sin conocimientos o jóvenes no cualificados en busca de su primer empleo, el SMI significa que o bien no pueden conseguir trabajo, o bien se les hacen contratos “en negro”.

Termino con una cita de Paul Samuelson, profesor del MIT, premio nobel de economía y no precisamente liberal (en 2003 firmó contra la reducción de impuestos de Bush) y que en 1970 decía:

¿Qué bien le hace a un joven negro saber que un empleador debe pagarle $2 por hora si la circunstancia de que se le debe pagar esa suma es lo que le impide conseguir un trabajo?

Vindicación del despido libre

Como lo prometido es deuda, vamos a profundizar en las dos medidas más polémicas de las que proponía la semana pasada para ayudar a las PYMEs a solucionar la crisis. Hoy, el despido libre y mañana, si el tiempo y la autoridad competente no lo impiden, la eliminación del salario mínimo.

La indemnización protege al antiguo, no al mejor

Cualquiera que tenga algo de experiencia laboral lo ha vivido: cuando una empresa se ve obligada a hacer recortes de personal, uno de los criterios fundamentales es la indemnización a pagar a los empleados. Los que tienen contratos temporales, o han entrado los últimos (y por tanto tienen indemnizaciones bajas o nulas) son los primeros en salir.

Esto no es bueno para la empresa, que no puede elegir quedarse con sus mejores trabajadores. Pero tampoco para los propios trabajadores. Un joven que acaba de empezar, con ilusión y ganas, que echa el resto, se ve en la calle mientras sus compañeros antiguos y menos eficientes se quedan atrincherados en su indemnización. El efecto en la moral y la actitud de los que se quedan es previsible.

La indemnización dificulta la contratación

Un tendero sabe que si compra un producto a 10 lo tiene que vender a 30 para ganar dinero. Si solo es capaz de venderlo a 20 porque nadie se lo compra más caro, renuncia a comerciar con ese producto.

Un empresario, cuando piensa en contratar a un empleado, calcula lo que el empleado va a producir y el coste que le supone. Si el coste no compensa, no hay contrato. Todos pierden: el empresario una oportunidad de negocio, y el trabajador un contrato. La indemnización por despido supone un sobrecoste al salario del empleado y a las cargas sociales que puede llegar al 12% del coste total. Si el empresario calcula que no será capaz de obtener el beneficio que espera, y que incluso corre el riesgo de perder dinero, no se arriesgará a contratar a esa persona.

La indemnización limita el sueldo

Por lo que hemos dicho en el punto anterior, si el empresario requiere un perfil concreto y no tuviera que amortizar los costes de despido, podría contratar un 12% más caro. Parte de ese 12% se lo llevaría la Seguridad Social, claro, pero eso para el empresario es irrelevante.

Para un sueldo bruto de 24.000 euros, el empresario tiene que añadir un 33% (aproximadamente) de Gastos Sociales, y a esa cantidad añadirle casi 3.000 euros al año de costes de indemnización por despido. Es decir, que ese sueldo bruto de 24.000 euros al empresario se le pone en casi 35.000. Si no hubiera indemnización, esa persona podría cobrar 26.000 euros, en lugar de 24.000, y al empresario le costaría lo mismo.

La indemnización fomenta el fraude

Como ya hemos dicho, el coste de la indemnización puede hacer que contratar a un trabajador no sea rentable, y que el empresario renuncie a un posible negocio. Pero el empresario poco escrupuloso, ante la tesitura de perder una oportunidad, optará por fórmulas que le permitan saltarse la obligación de indemnizar y reduzcan el coste total del empleado. Contratos ilegales, falsos autónomos, contratos de prácticas… lo que sea más conveniente.

Los plazos perjudican a todos

El empresario tiene que avisar al empleado en caso de despido por causa justificada (y darle unas horas a la semana para buscar otro trabajo), pero también el empleado tiene que avisar a la empresa de su marcha con quince días de antelación.

Si la relación es buena, no harían falta regulaciones: empresa y trabajador se pondrían de acuerdo para facilitar la transición y el traspaso de información o el cierre de proyectos durante el tiempo necesario. Pero si la relación es mala, esos periodos obligados de relación forzosa son perjudiciales para todos, y rara vez se obtiene algún beneficio. Si el empleado que se va no quiere colaborar, no le puedes sacar la información ni con el suero de la verdad, ni conseguir que termine nada.

La legislación aumenta aún más los costes y dilata los plazos

La legislación laboral es compleja, como todas, y el procedimiento de despido se alarga semanas o meses. Durante ese tiempo, es frecuente que haya que pagar salarios de tramitación, con lo que el coste para la empresa es aun mayor. Pero el trabajador también está en una situación inestable, y no puede ponerse a trabajar directamente para otra empresa.

Facilidad para despedir supone facilidad para contratar

Toda la regulación que protege a los trabajadores en España, y en Europa, produce tasas elevadas de paro. Mientras, en Estados Unidos, con un despido prácticamente libre, el paro no llega al 6% ni en tiempos de crisis.

Y todo porque el empresario sabe que puede contratar sin problemas a un empleado cuando tiene una necesidad, porque si viene una mala racha podrá reducir su plantilla según sea necesario.

Y es que lo importante no es que no te despidan, sino que puedas volver a encontrar trabajo rápidamente. Aquí todavía pretendemos vivir en el mundo de nuestros padres, cuando uno entraba a trabajar en una empresa y se jubilaba en ella. Pero el mundo ya no es así. La empresa ya no es una madre para sus empleados, y estos ya no le son más fieles que a su santa esposa.

Cuánto mejor sería vivir en una economía en la que conseguir trabajo es fácil, y quedarse en paro no tiene importancia porque es una experiencia que pasa rápido y a la vez una oportunidad para trabajar para una nueva empresa, desarrollar nuevas habilidades y enfrentarse a nuevos retos.